[Un paseo alrededor del premio Nobel, del escritor chino Mo Yan y de la memoria histórica. Publicado originalmente en Performance no. 171, periódico cultural independiente que dirige José Homero.]

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Uno.

Sucedió de nuevo. Al fin. Los augurios sobre los posibles premiados dejaron, como es usual, ríos de tinta en los periódicos del mundo. Por alguna razón, el premio Nobel de Literatura sigue teniendo más peso real que los demás, de otras categorías. Es la premiación más esperada. Apenas un interesado, o un practicante de tal o cual disciplina, podría recordar a los galardonados de Física o Química. Así sucede. La academia sueca, como cada octubre, entregó su galardón para premiar la trayectoria de una obra literaria, edificada a lo largo de varias décadas. Las expectativas y apuestas circularon por todo el mundo. Los favoritos más sonados eran Philip Roth y Haruki Murakami, que llevan años esperando recibirlo y no carecen de méritos en absoluto.

En este caso, para sorpresa de todos, la decisión recayó en el escritor chino Guan Moye (1955), conocido como “Mo Yan”, o “no hables”, en mandarín. Un autor que, difícilmente, habría imaginado él mismo ser el seleccionado. Pero esto es una rueda de la fortuna y nadie queda inmóvil a su sistema giratorio. Coincidamos en que, por más que podamos estar en desacuerdo con los criterios de Estocolmo, los autores premiados llevan tras de sí una labor literaria sustentada en la búsqueda constante, que deriva en una renovación de la estética de su tiempo. Imagino que fue el caso de Mo Yan quien es—según palabras del vocero de la propia academia—, una celebridad en China.

Pero la perplejidad y el rostro de interrogación ha sido el común denominador de la prensa mundial. Nadie tiene apenas elementos para referir algo sobre la obra del premiado y todo ha concluido en una sobrexplotación de lugares comunes, casi siempre victimizantes. Algunos de ellos: que si se opone al régimen chino, que si ha firmado peticiones para liberar escritores con problemas legales, que si representa una versión excéntrica de cierto realismo mágico trasnochado. En fin. La lista es larga. Basta teclear su nombre en Google para maravillarse con todos los vacíos críticos que giran alrededor de su obra, al menos en lengua española.

Los lectores, por su parte, acudieron enfebrecidos a las librerías sólo para encontrar que sus libros son de difícil acceso. Apenas una editorial los publica en español—Kailas, de Madrid— y sus tirajes son limitados, tienen apenas distribución o de plano no llegan a librerías pequeñas. O así lo eran, antes de la concesión del premio. Será lógico suponer que nos inundará un mare magnum de ediciones, al igual que ha sucedido en otras premiaciones de autores poco leídos en México, como fueron los casos de Herta Müller y Tomas Tranströmer.

Han circulado, vía Twitter y otras redes sociales, algunos libros electrónicos, tales como Rana (Wa). O relatos sueltos. Pero es natural desconfiar de lecturas de esta naturaleza. Se requiere un trabajo de traducción exquisito, al menos por lo que hace al idioma chino. Asimismo, de ser posible, una revisión por parte de un segundo traductor. Como se sabe, el chino es una de las lenguas más complicadas para aprender. Ya no digamos traducir. Podremos leer a Mo Yan, con fidelidad y confianza, cuando existan traducciones higiénicas. Y es que esta será, sin duda, una de las premiaciones menos comentadas, con menos impacto mediático. Quizá será recordada como una de las más literarias, hablando en términos llanos. Además: Mo Yan es un personaje taciturno, que rehúye la arena pública. No se le ve dando entrevistas. En parte por su temperamento, en parte por las restricciones propias del régimen chino.

Pero lo referido no aplica sólo al caso mexicano o al de la lengua española, en general. En sitios electrónicos internacionales de venta de libros, como Amazon.com o barnesandnoble.com, las publicaciones enlistadas de Mo Yan son escasas o están descatalogadas. Tampoco hay versiones para kindle o en formato de e-book. Supongo, en breve, esto cambiará de una manera expedita. Veremos, pues.

Ahora bien, no se deberá olvidar que median doce años entre la premiación de Mo Yan y Gao Xingjian (1940), quien obtuvo el mismo galardón en el año 2000. El famoso criterio de distribución geográfica hizo acto de presencia de nuevo en el espíritu de la premiación y los ojos de Suecia regresaron a China. Aunque es necesario decirlo: es la primera vez que el galardón recae en un escritor chino residente en el país oriental, ya que Gao Xingjian, para cuando recibe la presea, se había afincado en Francia e incluso se nacionalizó francés. Entonces, atestiguamos la premiación de un escritor chino, que vive la realidad de su país y que, de leer sus novelas, se adivina que la piensa y la padece.

China, se sabe, es un gigante en términos literarios. La tradición poética y narrativa es extensa y cubre siglos enteros. Inolvidables los poemas de Li Po y de tantos más. Además, su historia está dibujada por contradicciones que estimulan la creación y el debate de ideas—hasta donde es posible, considerando que viven bajo un régimen comunista. Y aún cuando China es un mercado muy relevante por lo que hace a la producción y compra de libros, su literatura moderna y contemporánea es apenas conocida fuera de sus fronteras.

El país del dragón no sólo es una máquina de generar efectivo, o de compra de valores en el mercado internacional. O mano de obra barata, a la que no le aplican los beneficios de los derechos humanos. China, en primer término, es un continente literario.

 

Dos.

Pareciera que no es posible para el escritor que padece los estragos de una dictadura, eludir sus aristas en la obra literaria que elabora. Es el caso de Mo Yan. Incluso su pen name significa “no hables”, porque su padre le dijo—según él mismo lo cuenta—, que era la mejor manera para relacionarse con el mundo exterior. Mutismo deliberado frente a la tragedia del mundo, ya que hablar era exponerse. Recordemos que la Revolución China acontece en 1949 y a su materialización se sucedieron los peligrosos días de los años cincuenta. Un periodo que se recuerda como sembrado de peligro, ya que las ejecuciones y los internamientos sin apenas razón estaban a la orden del día. La toma del poder exige que de inmediato se controle el pensamiento. Fue el caso.

Según palabras de la propia academia, el premio se otorgó debido a que Mo Yan, “con realismo alucinatorio funde folklor, historia y lo contemporáneo”. Así, tal cual. El comunicado de prensa no dio más detalles sobre los motivos de la premiación. Pero como sucede, no es posible sintetizar la obra de un autor en una línea y hará falta entrar a la lectura detallada de su obra reunida, una vez que se encuentre disponible.

Parece que fue en una declaración o en una charla ante estudiantes, en donde Mo Yan confesó su lectura atenta de la obra de Gabriel García Márquez. Juzgó que su colorido y expresividad de estilo se adaptaban al caso chino, además de que, leído a la distancia, lo que le impactó fue el procedimiento novelístico, mismo que el colombiano derivó de Faulkner, como se sabe. Mejor no lo hubiera dicho. A partir de ahí la prensa lo etiquetó como heredero del realismo mágico—en una versión fantástica (más mágico aún, pues)—, aunque, como sucede, cualquier simplificación en términos literarios es una apuesta arriesgada.

Claudio Magris resume su tentativa y alcances de la siguiente manera: “Hoy sabemos que para él Faulkner, junto con García Márquez (otro épico del Sur del mundo), fue y es un modelo fundamental y amado. Mo Yan es un grande; uno de los escritores más poderosos, creativos y seductores de nuestra época.” (nexos, agosto, 2008).

Esta filiación, quizá no ideada por él, pudiera tener un efecto negativo en la percepción de su obra, ya que la obra de García Márquez, si bien tiene una base amplia de lectores, se encuentra muy agotada como fuente germinal de narrativa contemporánea. Será una gran equivocación, una vez que la mayor parte de su obra se encuentre disponible en lengua española, leerla con el filtro del autor colombiano. En fin, uno de esos tesoros que el periodismo puede crear a través de una repetición incansable.

A lo anterior, cabría destacar cierta maestría técnica para relaborar, desde una óptica literaria, el drama humano a nivel primario. En sus narraciones no hay más interlocutor que el hombre mismo, en el espejo de agua en el que pretende mirarse. Más de que García Márquez Mo Yan bebe su idea de la construcción novelística de William Faulkner, aunque trasplantado a China. Yoknapatawpha en una versión de oriente, expandida en memorias que avanzan entre generaciones largas y distendidas.

 

Tres.

La trayectoria literaria de Mo Yan es, al menos, atípica, circunstancial y crepitante. Nació en la provincia de Shandong, en el seno de una familia de granjeros. Abandona la escuela durante la Revolución Cultural e ingresa a laborar a una fábrica de productos derivados de petróleo. Luego se enlista como soldado y comienza a escribir—según el reporte biográfico del sitio electrónico de la academia—, en 1981, a la edad de veintiséis años.

La crítica, en su mayoría, ha destacado la aguda visión de Mo Yan para entender las causas profundas de las dificultades chinas a nivel espiritual, sensible. No en balde la dedicatoria de su novela Grandes pechos, amplias caderas (1996), consigna: “Al alma de mi madre”. La falta de libertad de expresión y los vicios de una sociedad tradicional que tiene que vivir por fuerza en contacto con la modernidad occidental, terminan por desbaratar a las almas. Al igual que Japón, la sociedad china tiene arraigo por costumbres ancestrales que entran en conflicto con el acelerado avance de la vida actual. Y aún con todo, China es uno de los mercados más sedientos de smartphones y tabletas electrónicas. Paradojas de una modernidad que se asoma, tras la filosofía de Confucio, a la oferta interminable de vicios novedosos, como las redes sociales o la pornografía para descargar.

Al tener noticia de la premiación, de inmediato se hizo memoria de que Zhang Yimou (1951), director chino, hizo su debut con la adaptación cinematográfica de Sorgo rojo (1987), misma que obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín, al año siguiente.

El filme es una reconstrucción a través de la voz de un nieto, de la historia infeliz de sus abuelos. Mirada reconcentrada en la lejanía de los años perdidos, contada a partir de relatos pasados entre generaciones. Mo Yan, acaso haciendo un ejercicio de memoria de sus días en el campo, entra de lleno a contar la vida de los campesinos. Nada fácil. En muchos sentidos, China sigue siendo un país rural. Aún con el avance tecnológico y las obras de infraestructura, el país es más grande—mucho más—, que las avenidas informatizadas de comercio libre que asombran en Beijing y Hong Kong. La China más interior es la que aún existe en la provincia, confinada por la falta de autopistas, a prácticas milenarias, ciegas del paso veloz de los tiempos que corren.

Sorgo rojo, en su dimensión épica, es una afortunada restauración de un mundo que puede seguir existiendo en zonas rurales. Aunque falta más análisis para detallar si su obra es particularmente autobiográfica, sería lógico suponer que Mo Yan se sirvió de experiencias propias para realizar este ejercicio de memoria. Pensemos: la película transcurre en la provincia de Shandong, por los años de 1937-1945. Figuran efectivos del Ejército Imperial Japonés, al igual que los novatos guerrilleros que fundarían, años después, el régimen comunista. En sus novelas, a la manera de un eco en la lejanía, retumban los pasos de la marcha de la historia, aunque Mo Yan no se concentra en hacer una novela histórica, sino relatos personalizados de individuos con nombre y apellido. Aquí el drama, reitero, es interior. A puerta cerrada. El ciclo de la historia transcurre fuera de la puerta.

Jiu’er, protagonista de Sorgo rojo, viuda de un matrimonio arreglado, seguirá al frente de la destilería heredada de su desaparecido marido y habrá de resistir, con más coraje que valor, los vaivenes tristes de la historia china. Y esto aunque ya no exista Mo Yan, ni el régimen comunista. Esto sucederá en tanto haya lectores de su obra.

 

Cuatro.

Una obra literaria, si tiene los pies firmes, como parece ser el caso, requiere de tiempo suficiente de circulación entre sus lectores. Es verdad de Perogrullo que la concesión del premio Nobel no garantiza la permanencia de una obra. Los lectores son (somos) caprichosos. Muchos disfrutan, como es mi caso, la vereda lateral a los caminos asfaltados. Pesa una lápida sobre la forma de conceder los premios literarios, que nos impide confiar en ellos de una manera ciega. Es natural: hemos visto demasiado. Ojalá que las traducciones fiables de Mo Yan lleguen a sus lectores antes de la siguiente premiación, o el torrente del siguiente octubre podría borrarnos de la memoria la presea al autor chino.

Atestiguamos el tiempo que se nos escurre. Aparecen novedades que ya no están cuando visitamos de nuevo la librería. Uno se pregunta, ¿a dónde van a dar tantas publicaciones de baja calidad? Increíble que apenas alguien tenga libros de Mo Yan. Ejemplo: se leyó en su momento La montaña del alma (1991), de Gao Xingjian, y ahora es apenas un eco de una premiación pasada. También, la barrera del idioma complica la situación del autor chino frente a sus potenciales lectores occidentales.

Si alguna vez el premio Nobel sirvió como puntero para acercarse a literatura de calidad, ahora ya la toma de decisiones está desconcentrada—por suerte para todos—, y existen otros mecanismos de orientación para que el lector, en la librería, pueda elegir con una libertad informada. Mo Yan puede ser un autor genial, pero corre el riesgo de ser disuelto por prácticas mafiosas, tanto de la propia China, que no le permitan continuar con su labor creativa, como por el aluvión de periodistas que lo buscarán para obtener una entrevista o una declaración aislada sobre China, su literatura o lo que se les ocurra. El límite es la imaginación.

Al igual que muchos autores españoles que continúan perfilando episodios de la Guerra Civil Española, muchos autores chinos—como es el caso de Mo Yan—, se asoman con temor, asombro y también ironía a los momentos negros de la vida bajo el comunismo, además de todas las contradicciones que cruzan el siglo XX de su país. Por suerte se salva de ser un escritor que busque su armazón narrativo sólo en la historia, ya que cuenta una inteligentísima sensibilidad para darle portazo al drama histórico a secas y pasar a contar los actos mínimos de quienes actúan la historia. No pidamos más. No hace falta. Ésta es literatura.

[Foto: Johannes Kolfhaus.]

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Twitter: @LBugarini