[Texto leído en la presentación del libro Despertar con alacranes (2012), de Javier Caravantes.]

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La adolescencia, cuentan, es el territorio de la magia. Aquí el hallazgo es prolongado. Es una edad que habita coordenadas que buscan evadirse. Al imaginar que vamos hacia el norte podríamos, en realidad, andar hacia el este. O hacia el sur, incluso. Tal es la inasibilidad de su forma definitiva. De ahí su energía y los efectos perdurables que logra en la memoria.

No se pierde el recuerdo de la adolescencia, ya que sus descubrimientos—o “epifanías”, como ha dado en llamarse a estos hallazgos súbitos—, siguen alimentando nuestra idea general del mundo, de la vida y hasta de las relaciones más perdurables.

Javier Caravantes, con acierto, les denomina alacranes. O piquetes de alacrán, para ser exactos.

En este volumen de relatos el salón de clases, lo mismo que la ignorancia desdichada de no saber cómo gira el mundo, son el leit motiv que articula estas narraciones. Señalo, apenas, una virtud: las piezas son muy ceñidas y discretas. El registro es aséptico aunque no deja de lado la oportunidad para consignar un alejamiento personal de la monserga y los ejercicios de barroquismo. Impropios de la edad, por otro lado. Se dibujan espirales en la página cuando se logra poner de rodillas al lenguaje.

Y ése es logro de madurez.

Su autor releerá el libro, pasados los años, y reconocerá aquella silueta fresca y recién bañada que buscaba la forma del mundo con espíritu heroico. La épica habita en los jóvenes, quién podría negarlo, ya que son temerarios y no tienen reparo en mirar de frente. Un hábito, por cierto, que se pierde cuando nos vuelven los miedos.

En estos relatos presenciamos al guerrero medieval, que sale de caza y medita y observa y también se maravilla. Libro de horas y bestiario a un tiempo, Despertar con alacranes es un paseo a lo largo de una edad vertebral.

Ahora bien, sugiero que se pierde la inocencia ante la lectura con el trato frecuente. Puedo imaginar que varía de acuerdo al hábito de los lectores. La edad, incluso, o asimismo preferencias irrenunciables. En mi caso, fue un efecto temprano, ya que me freí los ojos desde muy joven entre libros—no el balde estos lentes, blindaje nivel tres, además de los pupilentes que van detrás. Tan lejos, siempre, del espectáculo vivo del mundo. Prefería—manía que conservo a la fecha—, deambular entre estantes a ver un partido de fútbol, ya no digamos jugarlo, o ir a votar en las elecciones presidenciales. La idea que tenía del mundo era—lo supe tiempo después—, más de Borges que de Hemingway. Oler a libro más que a sudor. El pasaje ideal para enamorarse fueron las estancias hexagonales de la biblioteca de Babel, y no el ruedo sangriento de una corrida de toros.

Este paréntesis biográfico, inoportuno, como lo son todos, deriva de que la lectura de este libro llama a reflexionar sobre un hecho cierto: la narrativa escrita por la naciente generación de los ochenta, al menos en México, registra una deliberada vocación de ser. Este no es poco mérito. Demasiadas generaciones amanecen a la historia literaria a partir del balbuceo o con ciertas taras congénitas. No es el caso. Entusiasta del detalle, vislumbro a esta generación como asombrada y asombrosa, dado su aliento de rastrearse en cada línea. El mundo se nombra de nuevo, como hace cada generación literaria, aunque aquí se percibe una voluntad cierta de arrojarse al abismo antes que describirlo. Leeremos, entonces, cómo se narra esta caída.

Ignoro si lo anterior será consecuencia del uso reiterado de las nuevas plataformas tecnológicas. Las redes sociales, esta novedosa forma del microblogging, nos conecta de manera sorprendente aunque también aterradora. Jamás sabremos, en verdad, quién está del otro lado de la pantalla. Aunque lo conozcamos.

A lo anterior, habrá que sumar que atestiguamos cómo se altera nuestra forma de leer. Balzac, en estos días, erraría con los originales de La comedia humana bajo el brazo, en busca de un editor, al que perseguiría por décadas. Mismo caso de Leopoldo “Alas” Clarín o de Benito Pérez Galdós. Cioran, por su parte, sería el autor más reditado e incluso traducido a tantísimas lenguas. Lichtenberg y tantos otros.

Corren tiempos que exigen el apunte presuroso, la línea sintética. El lector busca concreción y austeridad, además de golpe seco. Ya no hay tiempo para dejar meses en una novela copiosa. Una lectura pausada de la obra de Jonathan Franzen o Thomas Pynchon exige amor y además que sea del bueno. Es una pena que el fluir tiránico de la vida nos aleje de releer Moby Dick o Los bandidos de Río Frío. Pero la vida no espera y hay mucho qué leer. Los ciento cuarenta caracteres de Twitter obligan a destilar palabras que sobran y todos lo agradeceremos.

Así leí Despertar, como un ejercicio de síntesis.

Pero lo cierto es que en la era de las redes sociales, los lugares habituales de la consagración cultural y el renombre derivado del espectáculo, se desplazan. Se reconfiguran y pierden el centro monopólico que ordenó el camino a seguir durante décadas.

Lo que inició con los blogs, como lugares alternativos de autopublicación y rastreo de intereses comunes, en Twitter explota en proporciones desorbitadas, en todas las direcciones imaginables.

La realidad, al fin, se puede parcelar y darle “follow” o “unfollow”. Fluyen tantos datos, en tantos sentidos, que anular segmentos de realidad que consideramos inapropiados al humor del momento, se vuelve una estrategia de sobrevivencia.

Pero esto es divagación mía y no significa que esté sucediendo. Y me refiero a todo lo que llevo dicho. Al fin, la experiencia de la vida es tan personal como la imagen que nos devuelve el espejo. En caso de que lo haga. Además, pienso: el crítico literario es ave de mal agüero. ¿Qué puede saber? Es el aliento que marchita, lluvia negra africana, el trozo de carne que nos retiramos de los dientes. Si coincidimos con él, es el mejor crítico; si no, un engendro del infierno. La crítica es, dicen, un desdoblamiento secundario ante el verdadero acto creativo. Y digo que “dicen” porque no lo creo. No se ofendan. Ejerzo de crítico y puedo yo mismo clavarme una daga.

Pero volvamos, ya que esta es una confesión de lectura. Y es, además, de una lectura atenta.

Javier Caravantes entrega un libro cuyos bordes gotean. Rebosan de la sustancia de la vida. De sus páginas salta el homúnculo que Fausto perseguía y se le fugaba de las manos. Las imágenes que construye quedan en el lector. Sin ser sólo cinematográfico, la secuencia—uso un término de cine—, queda guardada en los ojos. No importa si adopta la imagen de una violación múltiple, o hilarante e irónica al comprobar que un cambio de rutina deja un auto de lujo en la ruina.

Entristece pensar que los alacranes que refiere no terminan de picarnos. Tenemos la piel cubierta de cicatrices por estos hallazgos que nos hacen doblarnos de malestar, al igual que de risa. Padecemos los giros de un carrusel que no se detiene. El niño, quizá, es el que menos picaduras tiene. Pero ya sabrá. La inocencia se pierde con las punzadas, ya que sobrevivir es conocer venenos. También desarrollar anticuerpos y esquivar el coqueteo de la muerte, que anda siempre a la espalda.

Agradezco a Javier Caravantes, por otra parte, no sólo sus relatos, que disfruté, sino el acto gentil de no haberlos plagiado. Ya que por más que se intente matizar al plagio como “apropiación”, “variante” o “préstamo”, tomar algo de otro y firmarlo como propio es una forma deliberada del robo. Y robar no ayuda. Vergonzoso de más cuando lo hacen los escritores, que no están por encima de la norma, aunque muchos se piensen así. En fin, la enorme picadura en la vida cultural mexicana informa que el escorpión peruano tendrá su premio y además entregado a domicilio, con una crepa y queso Brie.

Ni qué decir.

Finalmente, como crítico literario, no puedo desaprovechar la oportunidad para traer a cuento una referencia del Diccionario de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot, ya que en la entrada para “Escorpión”, señala que ese animal, miserable y rinconero “es equivalente del verdugo”.

Entonces, medito: ¿y qué es esta fantasmagoría de realidad sino un carnicero con atuendo de día soleado?

Así las cosas.

Caravantes, sin apenas desearlo, nos reintegra la imagen providencial del niño Marcelino, y también la de aquel escorpión güero y diabólico que lo pica. Ya lo sé. Vio a Jesús y todo, pero al final se muere. No le busquen la parte amable.

Esta imagen parece resumir la sustancia de la vida: el hallazgo es picadura o no será.

Despertemos—¡ay!—, a la tragedia del mundo.

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Twitter: @LBugarini