[Un relato de terror en cuarenta y dos postales para este Día de Muertos.]

*

1

Siendo tan escaso lo que Ramón “Diablo” Fernández relató a los medios de comunicación—al menos por lo que hace a las causas profundas de sus actos—, al analizar con detenimiento su perfil de actuación saltaron a la vista, en primer término, su fijación con los zapatos de la víctima, no obstante que fue imposible corroborar si esta singularidad determinaba el grado de brutalidad de la muerte, o incluso su elección misma. En segundo término, aún cuando hubo personas ultimadas con arma de fuego, parece evidente que su elección primaria como instrumento de muerte era un cuchillo largo, ancho y filoso, que hundía en el cuerpo de sus elegidos hasta la empuñadura, provocando que se desangrasen en menos de diez minutos. De la misma forma, peritajes confirmaron que una vez que la hoja del cuchillo entraba en la víctima, el “Diablo” giraba la empuñadura con inquina para generar más lesión. Después, las asfixiaba con una bolsa de plástico o les disparaba con una pistola calibre .38.

La forma del levantamiento importa menos que lo que los actos mismos refieren de sus elecciones particulares. Al abandonar el lugar del homicidio dejaba una nota en el cuerpo de la víctima, con un texto críptico, de aire literario. Se colectaron cuarenta y dos notas, que aquí se presentan. Pero como se hizo saber a los medios de comunicación, esos textos apenas ayudaron a trazar su perfil general y aún subsisten demasiadas interrogantes. Ejemplo: aún resulta imposible determinar si las ejecuciones se llevaron a cabo tal como se planearon o, en la mecánica de los hechos, la víctima era una variable que obligaba al “Diablo” a proceder en consonancia con la respuesta de ésta. Otra: se ignora si los textos eran seleccionados con precisión—de ser así, ignoramos cómo se conectan con los hechos o con el lugar del crimen—, o si eran elegidos al azar, sin más lógica que la oportunidad o el capricho de la circunstancia. Lejos de la utilidad que podrían tener el esbozo del perfil o las motivaciones del “Diablo”, sea para vanidad de la criminología o para los estudios modernos de prevención del delito, nos encontramos frente a lo que podría constituirse como una novísima tipología del asesino serial urbano: aquél que de manera deliberada elimina la elección de un patrón prestablecido, para optar por una forma sutil de errancia delictiva, erigiéndose como el primer flanêur del delito, un profesional del antojo con daños colaterales lamentables.

El torbellino de comentarios que los actos del “Diablo” levantaron en los periódicos, contrasta con su parquedad y hasta somnolencia. De verlo, pareciera que actuó por ocio, por holgura de tiempo, como si sus actividades cotidianas no lo abrumasen en su justa medida, obligándolo a buscar adrenalina en las calles, misma que escrutaba de una manera activa, alejado de la realidad en la que ocurría su vida y la de sus crímenes. Porque a todos escandalizó la confesión de sus hechos, narrados como si se tratase de una película de terror, aunque pocos prestaron atención a los textos que acompañaron a los cuerpos. Un respiro final que dramatizaba la escena. Muchos sugieren, incluso, que los redactaba en el momento mismo de la agonía de su víctima. (Dato que jamás se pudo confirmar).

Las notas figuran escritas a mano, con caracteres muy compactos. El análisis a detalle, y asimismo la transcripción, que yo mismo elaboré, respecto de cada una de las notas, se encuentra integrado al tomo catorce de la averiguación única, en donde se enumeran, transcriben y analizan, a la luz de los parámetros más exigentes. Conforme se fueron juntando notas, arrancadas tanto al hallazgo de cada uno de los cuerpos como a la búsqueda del “Diablo”, sugerían que no eran textos sin sentido, como se determinó en un primer momento, sino párrafos confesionales que si bien no arrojan luz sobre el perfil psicológico o emocional del homicida, al menos constituyen una prueba de primera mano sobre su manera de relacionarse con el mundo y el lenguaje. O, al menos, así lo pensaron la mayor parte de expertos que opinaron de su lectura.

 

2

Resulta penoso consignar que después de más de treinta horas de charla, grabadas en video, sus motivaciones aún resulten inexplicables. Como es sabido, pasaba sus días en las oficinas de una aseguradora, realizando tareas administrativas de poquísima trascendencia. La sorpresa entre sus compañeros de trabajo, al conocerse el juego macabro de su doble vida, fue generalizada. El “Diablo” era un individuo convencional—incluso tímido y silencioso—, que se esforzaba por encajar en el entorno, alejado de preferencias inconfesables o detalles que movieran a sospechar de sus posibles trastornos psicológicos. Nadie dudaba, es cierto, de su inteligencia prodigiosa, con altos dotes para relacionar información y salir al paso con una respuesta novedosa.

En la primera charla que sostuvimos apenas quiso relatar los hechos que le imputaban. Refirió que “había dicho todo lo que tenía que decir” a los oficiales de policía, quienes presurosos ante la insistencia de los medios de comunicación, llamaron a sus mejores peritos y a muchos perros especialistas en recobrar cadáveres a sitios aledaños al Cerro de las Carmelitas. El “Diablo”, por su parte, estaba tranquilo. Sabía que ya no había marcha atrás. Me confesó, en repetidas ocasiones, sentirse cansado de la vida diaria, “tan igual a cada día” (sic). No soportaba, en realidad, la presencia de otros seres humanos. Desde pequeño fue un autodidacta radical. Pasaba horas enteras en la biblioteca, con la nariz metida leyendo lo que cayera en sus manos. El papel que tuve, frente al “Diablo”, fue de confesor. Más interesaba su testimonio que lo que yo pudiera obtener de información sobre el contenido de las notas. Al final, no obstante, se dispuso a hablar. Meses después, tras analizar a detalle el expediente, averigüé que el criterio de selección de la víctima resultaba de particular interés. De igual modo lo eran el asunto de la variación permanente en el color de los zapatos. Confirmé que había una relación directa entre el texto de la nota que dejaba en el cuerpo y las condiciones particulares de la muerte.

Ahora bien, en tanto salieron a la luz los detalles de su vida, en especial de su infancia, la mayoría coincidió en señalar que la presión que ejercía su padre sobre él, aunado a su temperamento melancólico y vagabundo, terminaron por ser el fermento sin el cual los hechos del “Diablo” resultarían inexplicables. También era de particular interés confirmar si al utilizar la tercera persona en realidad hacía referencia a sí mismo, como en el texto de la víctima quince, acaso el más significativo.

Aquí otro eslabón suelto.

 

3

El último tercio de dos mil cinco, después de haberse recuperado el último de los cuarenta y dos cuerpos que Ramón “Diablo” Fernández confesó haber enterrado en distintos lugares, todos aledaños al Cerro de las Carmelitas, se dictó la sentencia última que lo condenaba a una vida en prisión, con las restricciones propias de una fiera incontenible.

La celebración fue general.

Familiares de las víctimas encomiaron aquella sentencia, la cual no restituía a sus seres queridos pero al menos no dejaba impunes los hechos perpetrados por el “Diablo”. Una vez bajo custodia, era sabido que su vida corría peligro. Asesinó, acaso por equivocación, a individuos con familiares de importancia, tanto en los negocios como en la política. Y aún con todas las prevenciones posibles, tres años después de iniciado su encierro hallaron su cuerpo sin vida en el dormitorio. El dictamen de la autopsia declaró que falleció de un paro cardiaco fulminante.

Nadie lo creyó.

Con más de veinte años como perito grafológico, adscrito a la Dirección General de Asuntos Forenses, tuve conocimiento del caso del “Diablo” cuando en la línea de investigación más sustentada, se determinó que el autor de los homicidios en serie tenía un perfil de persona con elevada instrucción universitaria, orientada a las humanidades y proclive a la creación artístico-literaria. En las horas de entrevista al “Diablo” se confirmó la hipótesis que se manejó desde los primeros indicios de estar frente a un asesino en serie: el autor tenía una inteligencia excepcional y una cultura literaria delicada y según varios incluso exquisita. Demasiados escritores leyeron las notas y confirmaron el caudal de lecturas del homicida. No así su pretendido valor estético, que aún es motivo de polémica.

Al parecer, señalan especialistas, fue la propia escritura la que motivó su abandono de la misma para dedicarse a acosar a personas solitarias de noche—sin importar sexo o edad—, para acuchillarlas en repetidas ocasiones en el tórax y decidir, en el acto, la forma de su muerte. La nota entre las ropas, se ha señalado en repetidas ocasiones, era su forma, elegante y monstruosa, de vengarse tanto del género humano como de la escritura misma. Ahora bien, pocos saben que la escritura fue uno de los pocos placeres que se le permitió al “Diablo” en prisión, y en los años en que estuvo preso siguió escribiendo de manera continuada. Por un asunto de orden, a su muerte, la Agencia de Investigaciones determinó que aquellos fragmentos de escritura se incluyeran en el tomo respectivo de la averiguación única correspondiente. Así se hizo. El secretario del juzgado, a través de un memorándum que juzgué falto de tacto, me notificó el requerimiento de concluir a la brevedad el análisis de las notas que se le encontraron al “Diablo”, días después de su deceso.

Tal cual, procedí.

 

4

En el dictamen conclusivo, se determinó que no obstante la lucidez mental y el equilibrio psíquico que aparentó el sujeto en sus entrevistas y declaraciones, padecía daños graves y al parecer irreversibles en su forma de percibir el mundo. Un desajuste prolongado que destruyó sus lazos con la realidad. No hubo tiempo ni disposición por parte del “Diablo” para averiguar este detalle mismo que, a mi juicio, ayudaba poco o casi nada a la determinación profunda de sus motivaciones. Por lo anterior, el misterio del “Diablo” se fue con él a la tumba y todo lo que se hable de sus actos quedará en conjeturas, en un plan aproximado para explicar lo sucedido. La hipótesis del doctor Carlos P. Rivera, criminólogo español, renombrado especialista en asesinos seriales, respecto a que «el “Diablo” actúo de esta manera por actos traumáticos de la infancia», pierde consistencia.

Adjunto el texto de las notas, presentadas con las generales mínimas de las víctimas, tal como aparecen en el tomo respectivo a efecto de que el lector derive sus conclusiones.

Las erratas y conjugaciones inconsistentes figuran en el original.

Dr. Miguel García Ambríz

Investigador y perito grafoscópico

*

Uno.

Mujer, 32 años, ama de casa, madre de tres, hallada sin zapatos, corte en garganta, muerte por asfixia.

Cada mañana despierta con malestar en la boca, como si deseara no amanecer y quedarse extraviado entre sueños y con eso evitar la congestión asfixiante que produce saber lo que implica levantarse, de nuevo, para enfrentar el escenario de los hombres y así lograr la sobrevivencia. Sabe que sus condiciones de vida son favorables y que no debería emitir una sola queja. Pero no sucede. Quien se atreve a señalarlo, como si se tratase de un error mezquino, carece de la agudeza necesaria para experimentar la plenitud de la conciencia frente a los objetos del mundo, calibrándolos en su densidad ante lo que representa la muerte, entendida sólo como una pausa de la vida. No ha de sospecharse ninguna exageración, sino incomodidad y hasta desaire.

 

Dos.

Mujer, 17 años, hija única, estudiante, hallada sin zapato izquierdo, siete lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

La vida se anticipa remota, un fenómeno en apariencia deseable y satisfactorio pero al igual que sucede con los artificios de feria, es preferible mirarlos a la distancia, anhelando jamás participar del ritmo diabólico que presumen y que los demás, en su locura inexplicable, incluso disfrutan. Todo en ella es temor, negación, contrasentido. Se presenta inviable y nace todas las mañanas contra el aliento del mundo. Lo anterior, en su entero perjuicio.

 

Tres.

Mujer, 47 años, profesionista, hallada sin zapatos, quince lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

No debiera existir, cuando se practica la escritura como ejercicio diario, una pretensión más allá de su materialización en sí, incluso lejos de algún posible sentido lógico-verbal. Escribir por una pulsión visceral irresistible, misma que se reafirma insobornable.

 

Cuatro.

Mujer, 58 años, ama de casa, hallada con un par de zapatos que no concuerdan ni con su vestir general ni con su talla, lesiones dispersas de arma punzocortante—ninguna letal, según el peritaje—, muerte por disparo de arma de fuego.

Relato de un sueño: tarde de plática con T. sobre anaqueles, tipos de madera y demás. Recuerdan el tiempo que pasaron juntos en el colegio. Llaman su atención los fuegos artificiales. En el sueño, el encuentro imaginario funciona para recordar viejos cuadernos en los que hizo tarea escolar y en donde, además, perdió el tiempo imaginando todas las actividades que podría emprender si no tuviera que realizar los fatigosos ejercicios que dejaban en clase. Recuerda haber visto, entre brumas, un cuaderno con la imagen de un arenque de perfil, con la aleta levantada en firme. Imagina que lo saluda con efusividad.

 

Cinco.

Hombre, 24 años, obrero, hallado con las botas amarradas con fuerza excesiva, edemas y lesiones de forcejeo y lucha, muerte por asfixia.

Justo en el destello sublime de una elección que asume la arbitrariedad como norma de vida, amanece una disciplina capaz de robar miradas. Se perdería el tiempo tratando de averiguar cómo se dieron las cosas.

 

Seis.

Mujer, 13 años, estudiante, disminuida de sus facultades mentales, hallada con el zapato derecho, cuatro lesiones de arma punzocortante, signos de amarre en muñecas y tobillos, muerte por asfixia.

Deletrear signos sin orden y sin fundamento: imposible dar cuenta de esta órbita imprecisa de símbolos que flotan y al volar se desvanecen en un movimiento sutil de corazones helados; el mundo se desarma y vuelve a su tensión habitual; esa órbita, que en algún tiempo parecía fija, cae al ocaso obligada al despliegue de orden e intención móvil de pasiones interminables; el mundo y sus misterios, como se puede deducir, palidecen. Al fin, no resta sino el decoro. Obesa vanidad de teclas sólidas que se arman y desarman siguiendo el compás frenético de un tesoro gesticulante. La pluma sigue su danza y deletrea misterios que duermen. Toda ocultación y todo sentido del recato se hunde en un latido sin tiempo.

 

Siete.

Hombre, 36 años, empresario, hallado con zapatos, dos lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

La sucesión de actos de ciertas vidas figura desprovista de todo orden lógico aparente. La actitud ejemplar de un hombre cualquiera sería limitarse a admirar el desdoblamiento continuo y al parecer infinito de esa larga cadena, dejando de lado toda tentativa de organizar o hacer proyecciones hacia un futuro incierto y acaso lamentable. Acto seguido, dejar en el armario la presunción equívoca de que esto constituye una visión negra de la vida, de que las mejores cosas están al final del túnel y que basta con armarse de paciencia para sobrellevar el caos y la circunstancia equívoca de amanecer cada día con el mismo rostro. Pasado el tiempo, sólo resta desentrañar lo que debimos haber hecho y no hicimos y también averiguar las causas del embrollo humano para esbozar, de ser posible, un puñado de consecuencias. Más allá de esto, apenas anticiparse a la vanidad de los hechos, al momento en que la vivencia se interpone a la configuración del mundo. Esta circunstancia avanza hacia el polo inseparable del instante y de ese dolor, incauto y temible, que nos acecha en los momentos más álgidos.

 

Ocho.

Hombre, 68 años, jubilado, hallado con zapatos deportivos con la suela desgajada con violencia, veintinueve lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

En la página de un cuaderno anónimo, anotado al vuelo, sin querer, como si se tratase de una escritura invisible, aparece una nota que pretende dar cuenta del estado de salud de un amigo. Pasado el tiempo—y no obstante que el hecho sucedió, en verdad—, llama la atención el sesgo literario de la nota. Es previsible que los garabatos se realizaran durante una llamada telefónica, aquella que nos da cuenta de un hecho. No podría afirmar que la escritura es nerviosa, pero sí sugerir que hay un aire de exasperación en el apunte: el hecho no está tratado como si fuese de trascendencia, pero intenta, por encima de todo, mantener la calma o evitar que pase a mayores.

 

Nueve.

Mujer, 26 años, estudiante, hallada con zapatos, cuatro lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

La pluma comienza su danza y estas primeras palabras aparecen sobre la página y después aparecen algunas más. No todas, cierto, están condenadas a la desaparición, al movimiento habitual de un tejido que se desborda con un tenue jalón y una circunstancia adversa. El lenguaje sigue su paso y se marcha. Las palabras parecen no hallar un vínculo y una constelación de palabras se atiborra en el horizonte, sin páginas y sin la consigna de que todo se adiciona y permanece en un océano de volutas amorfas. Así las cosas.

 

Diez.

Mujer, 45 años, empresaria, hallada con zapatos de tacón color rojo, seis lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

Estará acompañado hasta que regrese su madre. El animal aparece y tiene rostro de interrogación, esto a pesar de su hambre, porque las cachorras viven una experiencia única y sólo el hermano sabe qué hacer con una bola de nieve. Hay peligros fuera de la guarida y las cachorras no pueden seguir a la madre por lo desalentador de su tarea. Su historia comienza. El instinto les revela que deben salir del camino hacia la arbitrariedad circunstancial del mundo, que todo lo exige.

 

Once.

Hombre, 34 años, chofer, hallado con una sola bota amarrada, edemas y lesiones de forcejeo y lucha, muerte por asfixia.

Cualquier motivo sería suficiente con tal de vivir la felicidad de arrancarle la vida a un hombre y verlo caer sin fuerzas sobre el asfalto ambarino, con esa iluminación lustrosa de lluvia reciente.

 

Doce.

Mujer, 43 años, doctora, hallada con los zapatos pintados, diez lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

Y ahora se enfrascan en una discusión que no entiendo y que me resulta del todo infructuosa. Por un instante, aún padeciendo el coqueteo discreto de la locura, desearía ser G. y escribir sobre la nada y llenar páginas de mil cuadernos sobre asuntos que nada tienen que ver conmigo.

 

Trece.

Mujer, 62 años, ama de casa, hallada sin zapatos, una sola lesión de arma punzocortante, muerte por asfixia.

En toda circunstancia del hombre, como si se tratase de un juego macabro—que de por sí tiende a formar jaulas inviolables—, el pensamiento se concentra en los matices más dolorosos de la vivencia imprevisible. Es una regla general: el pensamiento padece un sesgo murmurante que tiende a la victimización. Fuera de esto, todo es justificación.

 

Catorce.

Hombre, 30 años, repartidor, hallado con zapatos, edemas de forcejeo, muerte por asfixia.

Su salud ya no es buena. Tiene manchas en la piel. La ceguera gana terreno. Además, una resequedad invade sus párpados y cada invierno lo ataca una gripa feroz que le dura tres meses. Su cabello encanece y se debilita y lo abandona. Cada vez tiene mayores problemas para reiniciarse en el deporte. Sus dientes están destrozados, a tal grado que lo aterra visitar al dentista por temor a que le encuentre más caries.

 

Quince.

Hombre, 21 años, estudiante, hallado con un par de zapatos extravagantes, que los familiares no reconocieron, edemas de forcejeo, muerte por asfixia.

Cumple un año de haberse integrado del todo, de nuevo, al universo de los hombres. Ha dejado de lado, al menos por un periodo indefinido, la integración del ser con el logos y busca, en la vivencia de los extremos, el tipo de experiencias que de tan vívidas terminan por marcar la vida de los hombres y, en el caso de que busque dejar un testimonio escrito de su paso por el mundo, alimenta su escritura y le reitera del todo ese vaho de plástico que le resta vitalidad. Pero no ha de extraviarse la perspectiva: una mente rozada por la pasión creativa no puede ni quiere andar el camino de regreso a la grieta del flujo inconsciente. De ánimo se encuentra bien pero le abruma, es cierto, la disparidad total que vive entre la capacidad de sus deseos y su posibilidad de pagarlos, lo cual se traduce en deudas, inseguridad y hasta falta de certeza en proyectos tan elementales como traer una vida al mundo. No ignora que el hombre viene predispuesto, por su propia naturaleza, a padecer los rigores de no saber que le depara el día de mañana, pues la vida enseña cuán frágil es todo aquello que se presume como perpetuo.

 

Dieciséis.

Mujer, 35 años, ama de casa, hallada con los zapatos estropeados, al parecer quemados con ácido, veinte lesiones de arma punzocortante, trazadas con un patrón geométrico, muerte por asfixia.

Su amor a la ciudad quedó sellado con el explosivo abrazo que se dieron justo después de que se arrojó de un quinto piso.

 

Diecisiete.

Hombre, 24 años, estudiante, hallado con zapatos cortados del frente, con lo cual sus dedos quedaron al descubierto, edemas de forcejeo, muerte por asfixia.

Decir la verdad en todo momento es negarle a la imaginación su espacio natural de trabajo. Es, si se quiere, una comodidad.

 

Dieciocho.

Mujer, 42 años, ama de casa, madre de cuatro, hallada con sandalias, amarradas con delicadeza, once lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

Llama la atención cómo el mundo, a diario, se esfuerza por aparecer frente a nuestros ojos de un modo distinto. La coloración de los árboles, por ejemplo, jamás es la misma, ni aún contemplada a la misma hora del día desde el mismo sitio. No culpemos a los árboles. Pensemos que el aire los agita y los contaminantes de la era tecnológica los carcomen, haciéndolos más tenebrosos. Además, está el cambio en el estado de ánimo de las personas. Vemos el mundo de un modo distinto dependiendo de cómo nos levantamos por la mañana. El futuro suicida habrá de mirar esos árboles y se ahogará más aún en su mar de nostalgia; el enamorado, por el contrario, bailará al ritmo de las hojas sueltas. Podemos imaginar en cualquier estado de ánimo posible, pero es complicado lograr un estado neutro de la consciencia que nos asegure la duplicación de la vivencia. En el recuerdo, como si se tratase de largos destellos, puede suceder una vivencia similar, pero nunca se podrá vivir lo mismo, semejante a la cadena del recuerdo.

 

Diecinueve.

Mujer, 30 años, taxista, hallada con zapatos de hombre, amarrados con mecate, más de veinte lesiones con arma punzocortante, muerte por asfixia.

Hay una luz en la tarde, que lo mismo puede ser calificada de ambarina que de grisácea, sobre todo en los días primeros del mes de julio, que ilumina los rostros de una manera particular, dando a los contornos un matiz espectral, no importa si es de risa, lamento o de luto.

 

Veinte.

Mujer, 54 años, empleada doméstica, hallada con los pies mutilados, sin lesiones con arma punzocortante, muerte por disparo de arma de fuego.

Por supuesto toda vivencia tiene algo de banalidad, de entrega inútil. Sería pretensioso considerar que aquello que vivimos, que todo aquello que nos ha formado y relaciona, se arma y desarma en los espacios que la memoria consagra para eventos perdurables. Pero no hay que confundirse: el hecho de que sea banal de ningún modo significa que sean deliberados o que no puedan influir en la memoria que nos nutre. Todo nos forma y restituye.

 

Veintiuno.

Hombre, 15 años, situación de calle, se encontró con los pies volteados con fractura generalizada, con lesiones con arma punzocortante no letales, muerte por disparo de arma de fuego en el tórax y bajo vientre.

Sólo en la humillación real, vívida y ultrajante, se comprende la amplitud de los espíritus que han sabido enfrentarse, acaso con un dejo de angustia pero jamás con esa derrota que inmoviliza, al tipo de tragedias que doblan a los espíritus medianos.

 

Veintidós.

Mujer, 23 años, contratista, hallada con zapatos blancos pintados sin orden con lápiz labial rojo, treinta y siete lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

Llama la atención la blancura de esta hoja, ese tono de recepción que procura estar abierta a las ideas que cualquier pluma llegue a caligrafiar, incluso de manera ineficiente. Así, la página se torna el asiento principal de los pensamientos y todo se evapora, consciente de que cada sonrisa y se transfigura en un instante de valor y voluntad de sobrevivencia.

 

Veintitrés.

Hombre, 76 años, comerciante, afectado de Alzheimer, hallado en calcetines grises, cuatro lesiones de arma punzocortante, signos de amarre en muñecas y tobillos, muerte por asfixia.

En un cuaderno, que ha quedado mancillado por la saturación de escrituras, encuentra la siguiente frase que le aterra, considerando que tiene poco menos de cinco años de haber sido escrita: “Puedo fechar el día en que mi vida inició su descenso”. La frase le sorprende por el gesto helado, pero también porque al día de hoy juzga que ese descenso no ha concluido y que, por el contrario, la inercia de la caída le conduce a un fondo más descarnado, del todo impensado, a más y más velocidad. Supone que la escribió inmerso en ese ánimo lamentable que se limita a ver cómo los días se suceden sin remordimiento.

 

Veinticuatro.

Hombre, 19 años, situación de calle, drogadicción avanzada, hallado con cuatro dedos del pie derecho mutilados sin zapatos, nueve lesiones de arma punzocortante, signos de violación no convencional, muerte por asfixia.

Nunca ha de pasarse por alto frente a la nueva disposición de los objetos, la cual se enriquece conforme pasa el tiempo o según el cúmulo de experiencias que se logra en el espacio de una vida: perder este punto neurálgico de la vida humana es negarse a aceptar que su verdadera riqueza radica en presenciar cómo se escapa.

 

Veinticinco.

Hombre, 36 años, empresario, hallado con zapatos puestos de manera inversa, dos lesiones de arma punzocortante, muerte por disparo de arma de fuego.

Contar la historia de un hombre enfermo, aquejado por múltiples padecimientos, incapaz de admirar una mañana y sonreír al verse al espejo. No será un profesional de la angustia, sino más bien del tipo medio que logró labrarse un porvenir a base de caídas. Al final de su vida está exhausto. Enfermo de olvido. Le repugnan los ritos y la resignación lamentable frente a ellos. Este hombre será incapaz de volver a la vida de los hombres convencionales y preferirá divagar los abismos de su angustia. No hallará distracción en un libro ni se resignará a los excesos de la intimidad, que en su forma final aspiran al ascetismo. Toda su jornada se derretirá dando vueltas alrededor del deseo constante y frenético de morir lo antes posible. Sin ser un suicida, marchitará su alma de manera voluntaria. Buscará la desaparición a partir del deseo febril de evaporarse. Morir: estandarte de su vida.

 

Veintiséis.

Hombre, 25 años, estudiante, hallado con zapatos, cuatro lesiones de arma punzocortante, muerte por disparo de arma de fuego en la cabeza.

La claridad no cede a la nostalgia y en el instante supremo en que todo el sentido de una vida encuentra su dirección irrenunciable, el mundo deja de ser lo que fue para convertirse en un amasijo de vanidad de la cual ya no es posible desprenderse.

 

Veintisiete.

Hombre, 29 años, jardinero, hallado con zapatos y un par extra dispuesto al lado del cuerpo, dos lesiones de arma punzocortante, muerte por siete disparos de arma de fuego en la cabeza.

Cada día se convence de que el acto de la escritura le proporciona un placer que trasciende cualquier otro que tenga que ver con la celebración del cuerpo. Supone que tiene que ver con la vivencia pura de cierta proyección imaginaria.

 

Veintiocho.

Mujer, 56 años, empresaria, hallada con zapatos de tacón sin tacón, una lesión de arma punzocortante, muerte por asfixia.

La realidad colectiva es fantasmal, por naturaleza, porque no la experimentamos como se manifiesta—el fenómeno en sí—, ni la recordamos como sucedió: en ambos sentidos es una impostura, un concepto de realidad que debiera escribirse entre comillas.

 

Veintinueve.

Hombre, 33 años, jornalero, hallado con los zapatos llenos de lodo, sin lesiones de arma punzocortante, muerte por disparo de arma de fuego en la cabeza.

La extrañeza de un instante desquicia al más sensato. El cansancio acumulado, el hartazgo del mundo, la sensación de haber vivido con mayor placer el pasado y la certeza de no poder superar lo realizado, es capaz de aislar la conciencia de los hombres: artilugios de la vida y el sopor.

 

Treinta.

Mujer, 67 años, comerciante, hallada con sandalias de descanso, sin lesiones de arma punzocortante, muerte por traumatismo cráneo-encefálico.

Un demiurgo cercano al crepúsculo, de atuendo agreste y de vasto recorrido por el mundo, puede mudar su dedicación a congelar los pensamientos sobre papel, cera o piedra. La forma de las cosas que se perciben no es la cosa en sí. La templanza, en el juicio, debilita la percepción y enturbia la limpia visión del mundo.

 

Treinta y uno.

Hombre, 50 años, jubilado, hallado con zapatos sin calcetines, dos lesiones de arma punzocortante, muerte por ahorcamiento.

El hombre que llevo a un lado, la mujer que me mira, el payaso que me roba, el niño que me acaricia, la marcha que me agobia, el transporte que me excita, la variedad que se me encima, el tiempo que no fluye, el libro que no acabo, las noches que no duermo, las palabras que me huyen, el color que me hipnotiza, la pluma que se escapa, la pintura que me auxilia, la mujer que me destroza, el amigo de una vida, el hombre que llevo a un lado…

 

Treinta y dos.

Mujer, 29 años, enfermera, hallada con zapatos color violeta, sin lesiones de arma punzocortante, violación con emisión repetida de semen, muerte por ahorcamiento.

El enigma se torna escritura, palpitación luminosa de nuestra finitud perdida. Cierto misterio del mundo cabe en una sola palabra. La multiplicidad de vocablos que la contienen desafía toda norma. El arte de la creación es un intento por materializar el vaho que cada mañana opaca las ventanas. Y que se fuga. Ver es la consagración de la sed del hombre por hallar la vitalidad herida. Saciarse en cualquier río es disiparse en el lodo de sus vados. La satisfacción del ruido mundano fragmenta esta búsqueda, tornándola inaccesible.

 

Treinta y tres.

Mujer, 64 años, ama de casa, hallada sin zapatos, sin lesiones de arma punzocortante, muerte por ataque del corazón.

Es propio del hombre el natural deseo de comprender los vericuetos de la realidad, pero el destino de su paso por la tierra es socavar el fundamento de la experiencia soñada, sustituyéndola, en lo posible, por vivencia imaginada.

 

Treinta y cuatro.

Mujer, 53 años, ama de casa, hallada desnuda con zapatos, doce lesiones de arma punzocortante, muerte por asfixia.

Contemplación del cielo. El entorno asaltó la natural pureza del flujo y volvió al hombre objetivo de vaivenes. El tiempo, majestuoso enemigo de las cosas y los entes, se desliza por las rendijas vapuleadas de la conciencia diluida. Cada cual tiene un tiempo de transferencia incompleta. Y después de ese, otro. Y así. El cielo es la visión caduca y a la vez contemporánea de todo anhelo jamás manifiesto. Escribir, entonces, es una congelación que corre libre por las rendijas de una cloaca.

 

Treinta y cinco.

Mujer, 48 años, costurera, hallada con zapatos que no parecen ser suyos, dos lesiones de arma punzocortante, muerte por traumatismo cráneo-encefálico.

Los objetos del mundo siguen un orden cíclico. La forma del flujo es forma al fin y al cabo. Un intento por vivir una proclividad no confesada, es la materialización de un impulso y este, a su vez, no requiere perdón ni gracia alguna.

 

Treinta y seis.

Hombre, 45 años, doctor, hallado con zapatos de mujer que no hacen par, sin lesiones de arma punzocortante, violación atípica sin inserción de miembro genital, muerte por ahorcamiento.

En casa no hay cajones aunque abundan las cajoneras.

 

Treinta y siete.

Hombre, 61 años, mecánico, hallado con botas de trabajo, edemas de azotes en brazos y piernas, muerte por traumatismo cráneo-encefálico.

Exponerse a los hechos del mundo es una construcción ilimitada de paradigmas indisociables de la conversión prohibida. Un fresno, lo será en la medida en que exista otro, y éste, derivado de otro más. La multiplicación gobierna el reino del azar.

 

Treinta y ocho.

Hombre, 34 años, profesor, hallado con zapatos, sin lesiones de arma punzocortante, muerte por disparo de arma de fuego en el cuello.

Ante un gastado manuscrito dibuja las frases de la evocación meditabunda. Todo es obstáculo en la premeditación consecuente del instante lúcido. La acción, como efecto de la voluntad sepultada, es una débil motivación que surge de las entrañas cotidianas de una ciudad ruinosa. No hay ganancia sin el café a medias y el cigarrillo colgando de un labio endurecido por el frío petrificador. Las palabras, de aparente legibilidad, figuran signos pretéritos de un misterio descifrable sólo por el mago terminal, quien no sabrá que es él sino hasta que resucite del barro indómito de la saciedad materialista.

 

Treinta y nueve.

Mujer, 36 años, ama de casa, hallada con zapatos y medias altas—inusual—, corte en garganta y muslos, muerte por ahorcamiento.

Una cadena prístina de sonidos otorga materialidad al mundo. La inmersión es una consecuencia de la pronunciación efectiva de una palabra con valor simbólico trascendente. La aparición de algo en la realidad palmaria, atiende, más que a su composición atómica, a la palabra que sus características denotan.

 

Cuarenta.

Mujer, 50 años, empleada doméstica, hallada con un pie mutilado, sin lesiones con arma punzocortante, muerte por disparo de arma de fuego en la frente.

Salgo. De cualquier sitio o de la nada. De mí mismo. Las variaciones resultan abrumadoras.

 

Cuarenta y uno.

Hombre, 18 años, hijo único, estudiante, hallada sin zapato derecho, once lesiones de arma punzocortante, muerte por traumatismo cráneo-encefálico.

Buscar la expresión del todo es forzar la naturaleza de las cosas.

 

Cuarenta y dos.

Mujer, 40 años, profesionista, hallada sin zapatos, sin lesiones de arma punzocortante, muerte por ahorcamiento.

Un escritor muerto, en apariencia desconocido y con una obra diseminada en diarios y revistas de diversos países, no es inferior a la proliferación anónima de signos alfabéticos que aparecen con gratuidad. La neblina que se alza por el vaho natural de la noche es tan sólo un pálido espectro de las formas iridiscentes que alberga.

*

Twitter: @LBugarini