[Aquí otro relato.]

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Eran los días en que veía más de la cuenta a una mujer llamada H. Era una persona ordinaria—no como las locas—, y de apenas atributos. Tenía los dientes podridos y un aliento funesto, capaz de asesinar a un león. Pero también tenía ciertos atractivos, ocultos la mayor parte del tiempo debido a la holgura de su ropa. Y mañas, muchas mañas. Regresábamos, aquella tarde, de tomar un café en un local de aspecto harapiento. Esa relación—si así es posible llamarla—, transcurría sin apenas sobresaltos. Nos veíamos cada fin de semana y después de beber un café o ver alguna película, nos encerrábamos en hoteles de paso para relatarnos la tragedia de la vida, entre otros menesteres. No puedo decir que ya me había cansado, pero tiendo a perder el interés muy pronto. Era el caso. Una vez que la ropa cae, todo se fuga por la ventana. Con H., sin embargo, había algo que me hipnotizaba: tenía una conversación elegante, ingeniosa, incluso chispeante. Sabía cuándo hacer una broma y cuando adoptar una actitud sublime. Una tarde salimos del hotel Luxus y me pidió que la acompañara a un lugar llamado La jaula de las locas, una estética cercana a la casa en donde se daban cita personajes singulares, estrambóticos y desorbitados. Hacia allá nos dirigimos. Entró y me pidió que la esperara afuera. Eso hice. Salí del carro y encendí un cigarro. Había demasiada algarabía en la calle, una especie de tumulto sin un orden aparente. Me senté en una banqueta para amarrarme una agujeta. De la acera de enfrente salían gritos mezclados con risas y chiflidos. Quise ver de qué se trataba pero el sol me daba directo a la cara. Sólo podía entrever contornos y figuras que danzaban, todas emborronadas. Alcancé a vislumbrar a dos mujeres que cruzaban la avenida, en dirección hacia donde yo estaba. No podía mirarlas con detalle, a causa del reflejo, pero las juzgué atractivas. De hecho, ambas tenían esa delgadez que les permite utilizar cualquier prenda. Al cruzar suscitaron más chiflidos aún. Al pasar junto a mí, me lanzaron una mirada cómplice. De abierta y lasciva coquetería. Siendo tan inusual, mi reacción natural fue el congelamiento. Una era rubia, de grandes ojos verdes; la otra tenía el pelo largo, muy negro. Después supe que se llamaba Jessica.

 

Quería ser una mujer y quería ser, además, una mujer muy bella. Algo excéntrica, cierto, pero la elección de ese barroquismo jamás interfería con su aire de dama que aspira a las alturas. Liviandad que flota natural y apenas se percibe. La conocí como Jessica. O Ramón para los íntimos. Y mentiría si refiero que no sentí alguna melancolía, unida con cierta desazón, cuando encontré su imagen en la portada en una película pornográfica. Habían pasado muchos años. Fue algo casual, lo admito, aunque siempre voy al mismo estanquillo a comprar las novedades de importación, por lo que debería estar al tanto de cuanto producto aparece en el aparador, pues además de ser un asiduo, como tantos otros, los comentarios cerebrales del individuo que atiende deberían haberme puesto en alerta. No fue así. La realidad es inexplicable y tiene designios imposibles de adivinar. En esa ocasión, recuerdo, había reunido el dinero suficiente para comprar los cuatro números que no tenía de Boobs and juggs, así como la parte final de Jóvenes al desnudothriller sentimental con violencia ligera en cada episodio—, y nada más salir de la oficina me enfilé directo para engrosar mi colección con esas joyas traídas de la industria porno de Los Ángeles—ese paraíso. La historia de Jessica es una historia de pasiones ruines, ambiciones aún más bajas y romances sin la debida respuesta. Una historia de nuestro tiempo, para decirlo pronto. La evocación de sus manos, esa voz tensa y su presencia me congeló nada más cruzar la calle. Que nadie se engañe: la memoria es una ráfaga a la que pocos pueden sobreponerse sin la debida conmoción. Aunque no debe malinterpretarse esta sorpresa, pues no me alarmé de verla en la película. Quedé hechizado, que es distinto. Uno sabe que cuando alguien desea algo con todas sus fuerzas termina por alcanzarlo. Jessica siempre quiso aparecer en pantalla, celebrar su desnudez y perfección y admirarse una y otra vez de sus contoneos. En casa tenía la prueba. Decenas de videos caseros que iban desde la típica sesión de besos hasta los actos más innombrables. Experimenté alguna satisfacción de saber que tenía aquel tesoro en casa y de que, en su momento, me rehusé a devolverlos como si se tratasen de viejas cartas románticas. Pero en nada se parece figurar en un video casero, que participar en un filme con producción y actores profesionales. Al parecer, no estamos preparados para ver a los demás triunfar.

 

Aquella película, si bien no tenía nada extraordinario, llamó mi atención que se hubiese filmado en Estados Unidos. ¿Era posible que Jessica, con tal de realizar sus sueños, hubiese viajado al país del norte, lugar de “inmundicia y aborrecimiento”, según sus propias palabras? Puedo afirmar que odiaba el sueño americano, pero su ojeriza nada tenía que ver con alguna visión política que buscase la implantación de otro orden mundial, lleno de paz entre las naciones. Era un odio irracional y hasta simplón. Según la contraportada de la película además de Jessica—a la que bautizaron como “Roxy”— venían más de cuatro horas de material detrás de cámaras. Aún con los tantísimos videos caseros que tenía en el armario, sentí la necesidad de adquirir el filme, pero llevaba la cantidad exacta para comprar lo que había pedido por correo. Y está por demás decir que un local que vende pornografía no acepta tarjetas de crédito y menos aún le fía a los clientes, incluso si son regulares, como era mi caso. Imagino que pasé más tiempo del regular admirado con la película en las manos, ya que el individuo que atendía me refirió con vaguedad que recién la había recibido y que más de uno había preguntado por ella a lo largo del día. Supuse que era una mentira: todos los vendedores dicen lo mismo. Le pregunté el precio y le pedí una rebaja. Sabía que no hacía rebajas, pero era una treta para lograr que me identificase y encargársela al menos hasta el día siguiente. Así lo hice. Me pidió un adelanto y de la calderilla que reuní le dejé un monto considerable. Por supuesto me cercioré de que fuera Jessica, pero no había lugar para la confusión. Se había alaciado el pelo y lo traía pintado de ese negro intenso que siempre buscó y ningún tinte fue capaz de darle. Al fin, lo había logrado. No hay sueño que te abandone si te encuentras en las coordenadas apropiadas. Confirmé que tal vez ya vivía en Estados Unidos y que había dejado por completo la tarea indigna de arreglar quinceañeras en la víspera de su fiesta. Tenía talento y mucha clientela. Ahora era una mujer cabal cuya tarea era darle placer al mundo. Así, me fui confiado de que la tendría después.

 

Por supuesto antes de siquiera abrir los ejemplares de Boobs and juggs me encaminé directo al armario. Los videos estaban justo donde los dejé. Muy empolvados, pero íntegros. Un temor de que alguien los encontrase me hizo asegurarlos de un modo maniático. Eran doce, en total, pero en ninguno había más de veinte minutos de grabación. El contenido era bastante diverso, e iban desde la grabación de un cumpleaños cualquiera, hasta la pornografía más indecente, en donde yo mismo era actor y camarógrafo. Me sentí afortunado, de nuevo, de tener aquellas grabaciones. Si Jessica ya era un personaje famoso, al menos me quedaba el consuelo de haber estado con ella mucho antes de que lo fuera. Fueron años en que la disfruté sin medida. Sin quererlo me invadió la melancolía. La imaginé en fotos, con ese color sepia del tiempo que ya pasó, en los años en que íbamos al cine y suscitaba todo tipo de comentarios. Algo que nos deleitaba de la misma manera en que nos fastidiaba. Su físico era un logro y más de una mujer la envidiaba. Su rostro era de una fineza exagerada y la operación de la nariz parecía que jamás había sucedido. Jessica era un soberbio triunfo de la fuerza de voluntad: por sus venas corría la sangre de la obstinación, fundida con el olfato para las rutas de éxito. Por segundos me pareció recordar sus “bromas mínimas” y esa delicadeza—japonesa, diría yo—, de comer con una lentitud exasperante. Masticaba de un modo pausado, sin agitaciones innecesarias ni giros violentos. Todo en Jessica era misterio, palpitación. Nadie podía jactarse de conocerla y menos aún yo. A la distancia, la pienso de nuevo y me sorprendo de verificar que nunca dejó de ser un misterio inaccesible, el eterno fulgor que no cesa de brillar y cuyo resplandor deslumbra más de lo que esclarece. La demasiada luz se convierte en incendio. Medité en la posibilidad de poner de inmediato un video, pero la hora, el cansancio y el hecho de que los cables para las conexiones dormían al fondo de cajas, a causa de mi última mudanza, hicieron que aplazara mi intención. Sería en otro momento.

 

Imposible recordar la causa que me llevó a ser un asiduo de La jaula. De H. no supe nada durante meses. Primero llegué para hacerme un corte de pelo a la manera tradicional. Adelgazado de los lados y con patilla cuadrada, tal y como lo venía utilizando desde hacía años. En efecto, primero iba a La jaula a buscar mujeres, un contacto, un nombre. Y por supuesto no era el único. Había horas pico en donde llegaban tanto señoras adineradas con hambre de buen sexo, como jovencitas ávidas de que las subieran a un automóvil de lujo y las llevaran de paseo. Por mi parte ignoro qué buscaba. Sin duda algo de diversión y entretenimiento. Tenía un trabajo esclavizante en donde todos se trataban con atención y diplomacia. Acaso buscaba salir de ese entorno tan aséptico, bajando a lo peor de la sociedad. Necesitaba tocar fondo. En un principio no frecuentaba La jaula por buscar a Jessica. Nadie lo creerá ahora pero ella distaba de ser la más asediada. No ignoraba que en realidad era un hombre, pero tal era su maestría para esconderlo que muchos dudaban. Jessica disfrutaba esa confusión, ese juego de identidades dudosas. En la calle todos la tomaban por una mujer en plena forma. Ayudaban los lentes obscuros, el pelo lacio y muy largo, la típica expresión de distancia de quienes se reconocen inaccesibles. Uno tarda bastante en hacerse parroquiano de un lugar que no es una cantina. Imposible ir todos los días a cortarse el pelo. Deben pasar, cuando menos, tres semanas. Así que empecé a darme forma en el bigote, a pagar por masajes faciales y mascarillas, y otras delicadezas que sin ponerme de lleno en la calidad sospechosa de quien pretende infiltrarse en el lugar que no le corresponde, avanza con paso firme en el proceso de reconocimiento y aceptación. De manera pausada, quedé integrado como un asistente regular. Me hice un cliente. A Jessica la saludaba, es cierto, pero con un aire lejano. Pasado el tiempo, ambos descendimos en un abismo de perversidad, locura y andadores sin salida. Ella, al parecer, logró salir.

 

No inventaré que desconocía La jaula. Todos estaban enterados. Era, de hecho, un lugar que atraía la atención de vecinos y fisgones. Por el sólo nombre era sencillo suponer quiénes atendían la estética, así que se volvió un centro de reunión para los enterados aunque también para curiosos hartos de su vida conyugal, o con el ansia de probar algo distinto. Además era difícil pasar frente al local e ignorarlo, pues además de sus colores provocativos y las luces de neón que anunciaban tanto el típico corte de pelo, como las excentricidades más locuaces para las uñas, el frente del local no tenía muro sino un amplio ventanal por donde era posible ver trabajando a las locas. Será necesario confesar, eso sí, que no estaba entre mis preferencias o en mi lista de lugares a visitar, no tanto, por supuesto, por la proliferación de locas que había, sino por una extraña modestia que me impedía acudir a lugares demasiado visitados. Prefería, por el contrario, la estética invisible, enclaustrada en medio de una calle anónima, en donde una señora que recién aprendía el oficio te cortaba para realizar sus primeras prácticas. Lo que es posible afirmar con énfasis es que esa jaula tenía un glamour que otras del rumbo no tenían. Lejos de la falsa exquisitez, hay lugares que brillan, lugares sombríos y abismos de muerte. La jaula correspondía al primer grupo. Y prueba de ello era que no se reconocían a sí mismas como estilistas o corta pelos a secas, sino como diseñadoras de imagen, un concepto tan sorpresivo como absurdo cuando descubres que toda su educación formal se limitaba a la paciencia viciosa de leerse todas las revistas de moda a su alcance. Lo curioso era que tanto hombres como mujeres terminaban satisfechos: tenían un arte natural y un trato seguro aunque diplomático, el cual coartaba la posibilidad del reclamo escandaloso, incluso ante el resbalón evidente. La jaula, con un paso lento pero firme, comenzó a hacerse un lugar de honor entre las estéticas de la zona, anegada de panaderías, vulcanizadoras y cantinas que buscaban aparentar ser cualquier negocio excepto lo que eran en verdad: tugurios del peor régimen.

 

Uno jamás imagina los planes del destino, que hace todo por traicionarnos, a la par que sorprendernos. La tarde en que me roció ácido, privándome de la vista del ojo izquierdo, además de los daños a la piel de mis mejillas, confirmé que tocamos fondo. Jamás nos vimos de nuevo. No hubo una despedida formal. Vendí sus cosas al primer ropavejero que se anunció en la zona. Apenas me dio unas monedas. En más de una ocasión algunas locas me preguntaron por ella. No supe darles respuesta. Armaron un rumor de que la había asesinado, arrojando su cuerpo al canal cercano a la casa. Hubo, incluso, quien relató a la policía cómo sospechaban que lo había hecho. Cuando la tensión aumentó, me presenté de manera voluntaria ante la autoridad y ofrecí mi testimonio. Sé que me siguieron por meses. Al final, como era natural, no tuvieron elementos para realizar una acusación formal. De eso ya pasaron seis años. Quizá esa mujer, que amé con obsesión, ahora caminaba por Sunset Boulevard, en tanto que yo, cada semana, compro maquillaje para ocultar esta cicatriz, tan visible, lastimera y memoriosa. La falta de visión me tiene sin cuidado. Uno se acostumbra. Aunque jamás regresé por la película.

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Twitter: @LBugarini