[Una nota sobre El último hombre de Mary Shelley y el fin del mundo.]

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Crecí leyendo fantasía y ciencia ficción. Eso era la literatura: vislumbrar lo que no existía, aquello que todos entendían como perder el tiempo. Si la adolescencia es la era utópica, me asumía como un utopista recalcitrante. Muchos aún imaginan que una preferencia de esta naturaleza es una minoría de edad, esto del gusto por los “géneros menores”, según les llaman. Que se quita con la edad. Y meten en el mismo saco a la novela policiaca, sentimental o de intriga legal.

Y así pueden ser vistos, en un ejercicio de mirada simplista.

Pero en esos géneros hay posibilidad de girar cuando se asoma el lugar común, y andar hacia la vereda sin nombre. Parte de mi biblioteca, hoy día, se compone de libros que abordan la identidad, los límites de la personalidad, la vaguedad de lo que parece tener solidez irrefutable. Y los releo, maravillado. Son libros que me han acompañado a lo largo de mudanzas. Philip K. Dick, Brian Aldiss, Richard Matheson, J. G. Ballard y tantos más.

La producción literaria de un país se alimenta de su tradición y ésta a su vez, de las experiencias y lecturas de sus autores. O de autores “interregnos”, que pisan una lengua y otra. Pero las traducciones, además, son parte del fermento que genera nuevas perspectivas, logrando cruces inusitados. La salud de una literatura también depende de las traducciones de que disponga. A mayor endogamia, menos diversidad. Menos fluye el aire.

La literatura en lengua inglesa, se sabe, es una de las más prolíficas en el género fantástico. Se escribe con profusión y cuentan con premios de gran prestigio. Debemos a Gerardo Piña (México, 1975) una traducción de El último hombre, de Mary Shelley (1797-1851), una de las novelas más elaboradas de la autora inglesa y que, por azares editoriales, apenas era posible encontrar en español. Por suerte esto ya cambió.

Publicada originalmente en 1826, la novela relata un mundo apocalíptico, destrozado por una plaga. Tuvo mala recepción, en su tiempo, considerando que se publicó tan solo ocho años después de Frankestein, que fue todo un éxito. En sus páginas, Mary Shelley continúa su indagación personal de los límites de la ciencia, a la manera del siglo XIX. Muy lógico sabiendo que las perspectivas eran iluminadoras, pues el avance científico prometía no detenerse. Y así fue, aunque luego habría tiempo de lamentar las consecuencias.

La crítica refiere que contiene elementos biográficos, tapizados de ficción, respecto de Percy Byshee Shelley y Lord Byron. Debe ser cierto. No hay escritor que pueda escapar a su circunstancia. Pero eso es lo de menos. Ahora que ronda el fin del mundo y nos inundan gritos proféticos de oráculos de banqueta, conviene asomarse a El último hombre, narración excepcional, que se extravió por décadas y en cuya lectura apenas se advierte el paso de las páginas.

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Twitter: @LBugarini