[Sobre Tanizaki y escribir bajo la dictadura del centro comercial.]

*

Al avanzar por este sendero de aparadores—que ando por ocio y también vanidad—, medito las palabras de Junichiro Tanizaki sobre la disposición que deben tener los muebles de una estancia. Ideas al vuelo: la luz no debe ser directa; las marcas en el rostro de la mujer apenas deben ser visibles; la cocina es un lugar sagrado. En breve: los espacios de sombra son geografías de misterio y asimismo de belleza. Pienso si es deseable la penumbra, en atención al avance de esta ceguera, y en cómo avanza la escritura, sorteando montículos de afonía.

Una confesión al vuelo: lograr una línea es imponerse al mundo.

Intuyo que Tanizaki escribió en circunstancias diferentes. El mundo tenía una silueta más estable. Ahora nos acosan hologramas, caducidades, imágenes que se diluyen: vivimos la hora que ya pasó, entre besos de látex, fibra de carbono y silicones de forma perversa. Ya no interesa la disposición de los muebles de la estancia, sino los íconos del escritorio, mouse pads ergonómicos y teclados con funciones milagrosas. Los “emoticones” remplazaron a la afectividad auténtica, edificada alrededor del contacto físico. Nos enviamos remedos de caritas para invocar estados de ánimo y ahora el debate es ponerle o no nariz, una ceja molesta, una lengua de fuera para desacreditar una veracidad pretendida.

El lenguaje en desuso, apenas un eco remoto.

La educación sentimental de nuestra época se imparte en sitios porno con acceso ilimitado y planes de cargo mensual. Sólo Visa o MasterCard. Obvio. El centurión de American Express no tiene vida sexual. Pero también en la tienda del diseñador que decreta la moda y fabrica las bolsas y zapatos que serán delirio de toda mujer. El límite de tu imaginación será el límite de tu línea de crédito. O el de tu marido, si la pesca fue buena. Nunca fue tan fácil acceder a la experiencia de un lifestyle. Comprar es el umbral de la pertenencia identitaria actual. Las chicas de Burberry no se entienden con las seguidoras de Carolina Herrera. Nunca un carruaje estuvo tan lejos de la cactácea nacional, estampada en una corbata: Hermés da la espalda a Pineda Covalin. “¿Dónde quedó el glamour? México para los mexicanos. Cierto. Pero yo vivo en París”.

Tanizaki planifica la forma de una maceta que regará con diligencia. Articula un templo personal para celebrar una religiosidad laica y voluntaria, que por serlo no admite refutación. Y escribe a diario, sin eufemismos ni esperanzas de que llegue el reconocimiento. Teje sus originales, bajo un cerezo, con la mirada extraviada en las crestas nevadas del monte Fuji. Tal como en la escena final de Las flores del cerezo de Doris Dörrie. Y entonces cruza su memoria un paisaje de Hiroshige. Nosotros tenemos el concreto helado de los centros comerciales, varilla industrial y cuadros al óleo pintados en masa para aplacar la falsa devoción al arte de bon vivants, sibaritas y genios instantáneos de la vivencia chiclosa. Nueva York es la gran estrella, luego Los Ángeles. La Quinta Avenida y Rodeo Drive forman una sola geografía horizontal del ensueño. Quedan, es cierto, Laredo, San Diego y McAllen, para los que persiguen las ofertas, esperando que al regreso el semáforo sea verde. El lixiviado, sustancia que es producto de todos los desechos, hiere las entrañas de la ciudad.

Pero el shopping no termina. Ya viene la siguiente temporada. ¡Y los offs!

El mundo entero for sale. Incluso esta nota que pretende condenarlo. A Tanizaki no le preocupa que la escritura de este tiempo, a la par que la vida misma, se rezague tras un aparador de vulgaridades. El ser humano ha demostrado pericia para crearlas y además volverlas objeto de culto. Cual si fuera una estafeta, nos entregamos la pudrición entre generaciones. Tampoco que el arte se experimente de forma aterciopelada. Estamos en la época velvet. Le aterrarían, intuyo, las libertades del performance, la instalación y los derivados plásticos de lo que, en ausencia de arte verdadero, falsos profetas proclaman el tema de nuestro tiempo. De nuevo. El autor japonés nos mira con nostalgia: su fe en el lenguaje fue a toda prueba. La desaparición le concedió la amnesia del sufrimiento y el anhelo de nuevas experiencias.

Persisten sus ideas para la iluminación de una estancia, este sendero de cristales—arquidiócesis barroca de las marcas consagradas—, y la certeza de que no hay nobleza en los meses sin intereses, sino una larga esclavitud que termina con la muerte, o con un reporte del Buró de Crédito.

*

Twitter: @LBugarini