[Relato.]

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El ascenso resultó más tenso que de costumbre. La lluvia de los días pasados deslavó parte de la montaña. Para avanzar era necesario mover algunos troncos. Tuve la prevención de reparar las botas y el agua no mojaba ni los calcetines ni los pies. A lo lejos, en la enramada de los árboles más altos, una nubosidad abría paso a unos rayos de sol que apenas iluminaban el verde de la espesura. De igual modo, aquella reparación le dio un nuevo grosor a la suela, con lo que andar sobre piedras era más liviano. No olvidé el par de bastones para caminar, que si bien son apenas necesarios cuando se sube la cuesta, al bajar reducen la posibilidad de una caída dolorosa. El reloj marcaba cuatro grados centígrados. De las hojas caía el rocío de la mañana. No iba con la intención de llegar a la cresta de la montaña—este ascenso era sólo una práctica de entrenamiento—, sino a lograr una escalada por segmento en el menor tiempo posible. No esperaba, por las señales del cielo, que la temperatura subiera: a lo más esperaba ocho o diez grados. Dos perros me acompañaban. Ambos tenían probadas cualidades en la escalada y también en pasar largos periodos en condiciones adversas. Solía cargar un equipo de primeros auxilios, que lamenté no traer conmigo. En esas circunstancias algo tan básico como un jabón de manos puede salvar una extremidad del corte definitivo. Los canes subían con entusiasmo y regresaban a buscarme, esperando apretara el paso. Los beneficios de que los animales lleguen cansados al primer punto del ascenso se resumen en que duerman a pierna suelta y no merodeen sin objetivo. Pasado el primer tramo de la cuesta, elevé el ritmo de la marcha hasta el punto en que podía respirar sin dificultades. La lluvia hizo aparecer el lodo grumoso que todo senderista teme y al cual se tiene que enfrentar de manera inevitable. Reparé tarde en la ausencia de viajeros en el tramo que andaba, lo cual, pensé, se debía a las condiciones adversas del clima. La soledad sería total en la parte más alta. Sentí alguna preocupación aunque traía objetos para asegurarme la sobrevivencia y sólo un evento desafortunado podría causarme un daño irremediable. De entre esos objetos destacaban: un gancho de acero japonés para cazar en riachuelos y vados; un sleeping bag de plástico impermeable; fósforos de madera encerada que prenden en condiciones inhóspitas, y demás objetos para subsistir. Debido a las condiciones particulares que refiero, el ascenso se volvió lento. Quizás más aún de lo proyectado. Los rayos de sol que asomaron tras los árboles desaparecieron conforme avanzaba la mañana. Los perros, con naturalidad, andaban de un lado a otro, ignorantes de la tormenta que nos esperaba nada más cruzar el primer claro de bosque. Para ellos todo era juego y olfateo. El camino estaba surcado por veredas fantasmales cuyo destino sería imprudente explorar. Aún cuando llevaba una brújula de precisión, el temor de perderme y vagabundear sin destino por espacio de unos días, obliga a andar sólo por la ruta conocida. Un denso rumor de agua brotó de la lejanía. Salí del camino unos metros para divisar el origen de aquel rumor, que parecía interminable. La lluvia nutrió los depósitos y se desbordaron. Los que fueron riachuelos sin apenas relevancia, aquella mañana arrastraban litros de agua, de una manera veloz y hasta violenta. Felices, los perros refrescaron el hocico. El agua era cristalina y aproveché para llenar de nuevo la cantimplora con agua de la cascada. Por espacio de unos minutos, lancé algunas piedras al río. Recobrar el aliento y distraer la mente son dos tácticas primarias de resistencia. En un largo respiro, alzo la vista y observo cómo la neblina se enreda en lo alto de los árboles, simulando un macabro abrazo, al tiempo que la velocidad del viento, de un modo circular, hacía girar esos nubarrones. Medité sobre cuán espontáneo fue para los primeros hombres atribuir a seres ficticios hechos inexplicables. Por un instante, sin desearlo, se concentraron en mí todas las imágenes de espanto que habitan el espíritu. Fui presa de vértigo. Silbé con fuerza para atraer a los perros, abstraídos en sus naderías. Regresamos a la vereda y continuamos la marcha. No hubo vestigios de persona alguna a lo largo de la senda. Avancé con paso firme por el sendero, confiado en que el temporal se retrasaría un par de horas más. Entre todas mis pertenencias figuraba un paraguas, aunque su tamaño y firmeza garantizaban que en una lluvia intensa, de gotas gruesas y viento caprichoso, terminaría por partirse, quedando inservible. Conforme subía, los nubarrones que en un principio sólo estaban en la copa de los árboles, se integraron al camino, dificultando la visibilidad. Utilizaba el silbato con frecuencia para evitar que los perros se perdieran en la espesura. A ratos, el viento dispersaba la niebla de manera sorpresiva. Después de algunas horas de ascenso comencé a sentir fatiga, aunque afianzamos el paso. Imaginé que la presión atmosférica comenzaba a hacer estragos y detenía el paso debajo de árboles, sentado en troncos caídos. Quedé impresionado con la resistencia de los perros, que parecían más excitados que cansados. Remontamos la distancia suficiente como para dejar atrás la densa zona de niebla, dispuesta como un eslabón alrededor de la montaña. A unos metros arriba, divisé el primer claro del recorrido, el cual comprendía una extensa zona circular de pasto crecido, sin árboles. El último tramo de piedra era húmedo y resbaloso. En más de una ocasión, de no haber tenido los bastones a la mano, habría caído de manera irremediable y tal vez fatal. Los últimos metros fueron más penosos de lo que imaginé. Con un último esfuerzo llegué al centro del claro y nos instalamos. Inicié una fogata para desayunar viandas. Saqué una cazuela para preparar café. La posibilidad de que el cielo abriese, así fuese por unas horas, se desvaneció. Densos nubarrones aparecieron en el cielo, con lo que bajó más la temperatura y el vaho de la respiración comenzó ser evidente. Entre tanto, los perros, luego de haber descansado lo suficiente, comenzaron a explorar los alrededores, olisqueando rincones. Ladraban a los pájaros, las ardillas, el movimiento súbito de las ramas. Saqué de la mochila un gorro y unos guantes adicionales. Pasaba de mediodía. De pronto, los perros comenzaron a ladrar con insistencia. Uno de ellos bajó a toda velocidad de la parte alta de la colina, ansioso y jadeante, dando vueltas a mi alrededor. Se agitaba con ofuscación y azoro. Imposibilitado para seguir al perro de inmediato—me había quitado una bota para revisar si había indicios de una ámpula en el pie derecho—, busqué tranquilizarlo sin éxito. Entendí que se trataba de una situación de peligro inminente. Con la bota a medio amarrar, me abrí paso entre los matorrales. No hubo que andar demasiado para descubrir entre la maleza lo que parecía ser el cuerpo de un individuo. Estaba boca abajo y por la piel visible supe que no estaba vivo. Tenía la postura de quien intentó arrastrarse para llegar al camino. Su ropa comenzaba a destruirse por la acción natural de los elementos. Aún tenía zapatos, anónimos y maltrechos. Por un momento quise voltearlo para mirarle el rostro. Entre tanto, los perros ladraban. Los silencié con un grito. Sentí pánico mezclado con impotencia y ese temor frío de quien está en presencia de la muerte. El cuerpo no estaba en los huesos, pero su carne estaba marchita, seca y restirada. No había nada qué hacer. Una leve brizna cayó de los árboles, consecuencia de una ventisca que agitó las ramas. Imaginé que la acción del agua aceleró su proceso de descomposición. De la parte visible, no había rastros de sangre, balas o heridas de arma blanca. Era lógico suponer que nadie lo encontraría. La ropa se camuflaba con la maleza, que creció lo suficiente para cubrirlo y dejarlo en el olvido. El olor importaba menos aún: mamíferos mueren con regularidad y su cuerpo desaparece por acción de los carroñeros. Los animales seguían inquietos. Intuían que ese cuerpo alguna vez fue humano. Ahora, apenas era reconocible. Subían y bajaban con ansiedad, para hacer alharaca. Con una vara los puse quietos. Tenía que pensar. De una manera instintiva, me arrodillé y le toqué el hombro. Cerré los ojos e hice una oración improvisada. Sus restos estaban a la intemperie, es cierto, pero estaba lejos del ruido y de la desolación que implica cruzar esta vida. Mis opciones no eran muchas: seguía el ascenso—ya no había nada qué hacer por aquel hombre—, o buscaba ayuda para recoger el cuerpo y darle sepultura. No fue arduo decidir. Terminaría el recorrido hacia el segundo claro y al bajar daría el aviso necesario. Salí al ramal y marqué en un árbol el sitio del avistamiento. Estaba a medio camino del objetivo establecido para esa mañana. Los canes recobraron el ánimo una vez que abandonaron el sitio en que se encontraba el cuerpo. Ya en la vereda, la lluvia arreció. Saqué el impermeable y continué a paso lento. Andar en condiciones adversas dificulta la subida. Los perros, cansados y con la visibilidad limitada, caminaron por primera vez a mi lado, buscando la protección y compañía de su dueño. Lo ideal era caminar por los extremos de la vía. Así, los árboles funcionaban como paraguas. No era la primera vez que hacía ascensos con un aguacero encima, pero no deja de asombrar el reto que impone la naturaleza. Paramos en alguna ocasión, a lo largo del camino. Había lugares secos, consecuencia de los follajes. Los perros agradecían el gesto y se sacudían el agua con violencia. Según mis cálculos, no estábamos a más de seis kilómetros del primer mirador, punto que proyecté como meta del día. Seguimos la marcha. Los primeros síntomas de cansancio se hicieron presentes. Dolor en las piernas, brazos y espalda. Aún con todo, seguimos. No hubo un momento en que dejara de pensar en aquel hombre. Todo ahí parecía tan desolado, que la muerte individual se antojaba insignificante. Lamenté no haberle visto el rostro para adivinar en su última expresión la que pudo haber sido su muerte. La meditación sobre el cuerpo desapareció en la parte culminante de la cuesta. A unos metros había un campo abierto, antesala del valle, poblado por flores silvestres. Los perros no pudieron ocultar su satisfacción y corrían por toda la extensión del campo. Me senté en la misma piedra de siempre. Algunos minutos más tarde, iniciamos la bajada tomando las precauciones de rigor. Al pasar por el árbol marcado no me detuve y seguí hasta el final. Pensé, de nuevo, en aquel desgraciado. ¿Quería, en verdad, ser descubierto? ¿Deseaba que lo diseccionaran en una tabla para que se dictaminara la imposibilidad de identificarlo? ¿Tenía familia? Y en caso de tenerla, ¿les hubiera venido bien la noticia de su hallazgo? Por un momento, deduje que lo más apropiado era dejarlo dormir ese sueño perpetuo, lejos del morbo de los extraños y el rumor de los curiosos. Lo vi tan quieto y holgado en su cama de pasto, que se antojaba un atropello darlo a la luz pública y acaso a los periódicos, que pondrían una foto de su pudrición en primera plana. Pero algo debía hacerse. El descenso siempre resulta más rápido y divertido. Una vez que se logra sortear el lodo y lo resbaloso del piso, el entretenimiento está garantizado. Los perros iban extasiados, cubiertos de porquería y mojados hasta el escurrimiento. Jadeaban y se mordían para provocarse juego y acoso. La lluvia seguía intensa. Al arribar al claro en donde se encuentra el primer puesto de auxilio, no encontré a nadie. Ni un solo auto estacionado. Tampoco la ambulancia vieja que habría salvado a más de un caminante. Seguimos bajando con la esperanza de que, en el siguiente claro, más grande y cerca de la población, hubiese alguien a quién reportarle el hallazgo del cadáver. Pero conforme descendíamos el chaparrón aumentaba. Eran gotas gruesas, que complican la visión de los objetos más cercanos. Sentí ansiedad de no encontrar a persona alguna. En el siguiente claro, próximo a la carretera, tampoco hubo a quién informarle. Había un vehículo particular estacionado: una camioneta destartalada por el uso y lodosa sin medida. En el módulo de información—una cabina improvisada—, no había rastros de persona alguna. Ni un vaso de café ni una chamarra ni algún objeto que sugiriese que alguien estaba de guardia, aunque por el momento no estuviese disponible. Me acerqué a investigar con más atención. En la cabina había un teléfono con un letrero: “En caso de emergencia marque 779”. ¿Estaba en una emergencia? ¿Qué le diría a quien contestara? “Estimado señor: me encontré un cadáver, le pido que venga a recogerlo.” Sin saber qué le diría, marqué por instinto. Tuve que callar a los perros para evitar alguna interferencia. Se quedaron quietos, con la mirada ausente. Una voz resacosa levantó la bocina. “Diga.” “Quisiera reportar una emergencia”, dije, sin apenas convicción, más bien incómodo. “¿Dónde se encuentra?” “Estoy en el kilómetro ciento cuarenta y siete de la carretera a M.” “Pero, ¿de dónde habla?” “Estoy en la cabina de informes del primer claro, el más próximo a la carretera.” Estaba a punto de colgar la bocina. Aquel individuo parecía borracho o recién despertado. Dijo la voz: “este no es el número. Marque 980.” Colgué molesto, a nada de insultarlo. ¿Qué interés tenía yo en el hallazgo de aquél cadáver? De inmediato, supuse que sería interrogado y eso representaba horas perdidas ante un individuo socarrón y bigotudo. Marqué 980. “Emergencias Forestales, ¿en qué puedo ayudarle?” Silencio. “¿Hay alguien en la línea?”. Dudé en responder. Al final, dije: “hablo para reportar una emergencia.” “¿Qué clase de emergencia? ¿Están todos bien? ¿Hay heridos?”. Por una interferencia en el auricular apenas escuchaba sus palabras. Estaba mojado y con frío. Los perros temblaban y se enroscaron para darse calor. “¿Sigue en la línea? ¿Cuál es su emergencia?”. ¿Tenía, en verdad, una emergencia? Las manos, congeladas, se me endurecían. Costaba trabajo moverlas de nuevo. Y mi nariz, por el frío, amenazaba con desprenderse en cualquier instante. El cadáver, por su parte, estaba lejos, en un tiempo y lugar que todos ignoran pero en el que se intuye uno se libera de la miseria y el deseo. Justo en el sitio en que dicen la plenitud se alcanza porque la ansiedad de vivir ya es sólo memoria. Colgué, dudando si hacía lo debido. Respiré hondo y descendimos sin mirar atrás. En el camino de regreso, sintonicé el radio. Una estación de jazz trasmitía una pieza de Ella Fitzgerald, a lo que siguió Chet Baker. Los animales roncaban y los cristales se terminaron por empañarse. Llegué a darme un baño caliente y a terminar aquel filme con Yves Montand.

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Twitter: @LBugarini