[Una crónica sobre motociclismo.]

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Para estos aventureros, incurables

Uno. Madrugada en Tres Marías.

A medio camino entre el Distrito Federal y la ciudad de Cuernavaca, se encuentra el pueblo de Tres Marías. También está Parres, claro, aunque Tres Marías, o “Tresma”, como se abrevia de modo familiar, cobra relevancia por ser el sitio elegido por miles de viajeros que van a su casa de veraneo en Morelos—o inician el recorrido hacia el puerto de Acapulco—, para detenerse algunos minutos a disfrutar un caldo de barbacoa, quesadillas fritas o al comal, sopa de médula o un café de olla muy humeante. De paso, reacomodan las maletas, dejan que el perro orine o limpian el vómito de los niños, de haberlos. Esto, durante todo el año, aunque en los periodos vacacionales este flujo se incrementa.

Pero hay un día especial, que es el domingo.

Tres Marías despierta más temprano el último día de la semana. Y ahí siempre amanece mojado, si no es que aún hay niebla densa. Llueve, la mayor parte del año. El pueblo se ubica en zona boscosa y es el punto más alto entre ambas ciudades. En sus inmediaciones siempre hay accidentes. Muchos, mortales. En Parres se apilan los cadáveres de vehículos que alguna vez tuvieron forma. Pero los paseantes invariables del domingo son los motociclistas, que suben desde el Distrito muy temprano.

A las siete de la mañana ya es posible ver a algún motociclista que pone azúcar a su café. Si el día es bueno—esto es, si hay sol o llueve hasta pasadas las cinco—, regresan tarde a su ciudad de origen. Ya por las nueve de la mañana se escuchan con insistencia los escapes de las motocicletas deportivas, que imitan a aquellas que participan en las carreras. Un sonido atronador que llega desde sitios diferentes.

[Foto: Meinolf Koessmeier]

 

Dos. Rutero motero.

Los motociclistas salen los domingos a “rodar”—como le llaman a encaminarse a una ruta de viaje—, y aprovechan para desayunar con los amigos. En Tres Marías acuerdan la ruta a seguir: abren mapas, preguntan la condición del asfalto, trazan regresos distintos a la ruta de ida. Lo habitual es andar hacia Taxco, Iguala, Malinalco, Tonatico. Los que tienen prisa visitan Tepoztlán o Yecapixtla, para regresar en menos tiempo. Las opciones para desayunar son variadas, al igual que los restaurantes y la gama de precios. Aunque abundan los comales, los platos de barro, las meseras que sonríen con timidez, aún sin peinar y sin maquillaje.

Y ahí está, frente a ellos, la geografía asombrosa de México.

Rutas de carreteras federales: curvas retadoras, peraltes excesivos, como aquella ruta que va por Zempoala, Ocuilán, Santa Martha. Otras menos arriesgadas a Tequesquitengo, Puente de Ixtla. También está la autopista, con su asfalto de terciopelo. El límite es la imaginación. Aquí figura, por fin, la idea que inspira al motociclismo, que es el viaje. Aventura dominical de sol, esfuerzo físico y espacio para la vanidad. Horas para celebrar la amistad, con anécdotas de la semana y la glosa del acontecer político nacional.

En las mesas del desayuno predomina la camaradería, el estallido de una risa que se contuvo toda la semana, cuando estos abogados, médicos, directivos o empresarios, atienden con la gravedad del caso asuntos de su especialidad. Y es que no es fácil pagar las primas de seguro de una motocicleta, más altas que las de un auto de lujo. Pero nadie sabe en qué momento sobrevendrá un accidente. Ese momento insólito en donde falla la adherencia de los neumáticos; o un individuo con mala disposición hacia los motociclistas los impacta con intención de tirarlos; o se pisó, en la curva, una mancha de aceite; o cuando hubo un exceso de confianza por parte del piloto.

Y pasa todo el tiempo.

Relación fatal del motociclista con el suelo. Con el dolor físico, con dar explicaciones en casa. Porque se tienen hijos y aún no entran a la universidad o si ya están ahí, las colegiaturas son caras y no hay nadie más que pueda pagarlas. El motociclista descarta. Es experto en omitir. Mejor no dice nada. ¿Para qué alarmar? Ningún caso tiene contar, en la charla de la comida en familia, sobre compañeros de ruta que fallecieron en tal o cual circunstancia. Para eso está el desayuno dominical, donde pueden verse rostros de tristeza por lo que podría pasar, que es la muerte, para después, verles salir airosos para encender de nuevo la máquina y acelerar a fondo.

 

Tres. Ícaros de dos ruedas.

La tipología del motociclista es la del individuo para quien la muerte es un evento que puede suceder en cualquier momento. Todos lo saben, cierto. Y puede suceder, en efecto, en cualquier minuto. En el baño, en el semáforo, en el vestidor. No obstante, el motociclista decide ponerse en riesgo con tal de practicar su gusto, que es viajar a altas velocidades. Aquí el azar es el gran dios. Ejemplo: hay vidas largas, de motociclistas de muchos años, que aún ruedan y hallan mejores rutas; otras, más jóvenes y con menos suerte, se adelantaron en este paso breve, dejando familias truncas. Infame rueda de la fortuna. Y es que, llegado el momento, hasta los temperamentos más sólidos encuentran deleite en abusar de la velocidad.

No pocas veces estos pilotos carecen de cortesía y hacen rebases temerarios. Aún con pasajero, en donde la tragedia podría ser al cuadrado. Y pasa que algunos pasajeros improvisados apenas llevan el equipo necesario para sobrevivir a una caída. La autopista México-Cuernavaca ha ejercido los domingos, desde hace años, un doble papel: ser vía de comunicación y autódromo. Y así otras: Toluca, Pachuca, Puebla. Curvas, sol y buen asfalto: miel del motociclista. Pero no sólo los culpemos a ellos. Ciertos automovilistas—algunos con autos de altas prestaciones—, circulan a velocidades escalofriantes para el común de los viajeros. Entonces se desatan las “corretizas”. La política de la autoridad, frente a esta situación, es minimizar el riesgo e impedir que crezca. Perseguir a un motociclista pone en riesgo a ambos. Y a todos los demás automóviles que circulan.

Verlos pasar. Así: con honda resignación.

La gama de motociclistas es amplia. Lo mismo que su manera de andar. Están, por ejemplo, quienes eligen ir a velocidades moderadas, disfrutando el golpe de aire, la felicidad de andar libre del tráfico. También existe quien tiene una motocicleta dispuesta para entrar a la llanura, entre lodo y piedras. Y andan a velocidades muy contenidas, por el tipo de terreno. Hay, igualmente, quien disfruta los viajes largos, con camping incluido. Y disponen tres o cuatro días. A la par, con más espíritu aventurero, quienes viajan desde México a Alaska, arriba de una motocicleta, como fue el caso de Gerardo Álvarez, Manuel Ancona y Valerio Parboni, motociclistas de años y amigos entrañables. Una travesía épica que hace frontera con el empeño heroico.

[Gerardo Álvarez en Hyder, Alaska. Foto: Manuel Ancona]

 

Cuatro. Modos de conducción.

El motociclismo, entonces, resume la variedad que ofrece el mundo.

Asimismo hay quien disfruta la velocidad a secas. Y son muchos. Una marca japonesa, por ejemplo, afirma vender casi la misma motocicleta—salvo por ciertas adiciones: focos, tapas, espejos—, que ésta prepara para sus corredores patrocinados en la Fórmula Uno: el celebrado motogp. Por menos de US$20,000 es posible rodar en la autopista un vehículo de competencia. Y cuando falta pericia, el resultado sólo es cuestión de tiempo.

Mención aparte para el fotógrafo alemán Meinolf Koessmeier, quien desde hace años los retrata, desde una curva de la carretera libre. Es el miembro distinguido y honorario de la familia motociclista. De tal a cual hora este hombre estoico se arrellana en su sitio—que todos ubican—y entonces dispara. Una y otra vez. Realza el grado de inclinación de la motocicleta, el efecto de velocidad aparente, el encuadre—pues son imágenes que llegarán al marco. Luego ofrece sus imágenes a los entusiastas, quienes la guardarán cual si se tratase del patrimonio familiar. A la par, Koessmeier hace fotografía profesional y artística.

 

Cinco. Punto muerto.

Pero este sólo es un pequeño cosmos de motociclistas, de los tantos que habrán de existir en México. Aunque es singular por el afluente de viajeros. Los pobladores de Tres Marías han terminado por aceptar su presencia, no obstante su incomodidad respecto a que busquen siempre ese hueco que les permitirá cruzar a la autopista sin pagar el peaje correspondiente.

La primera caída será el ave fénix que permitirá saber si el motociclista será fiel a su pasión o si la dejará pasar. Y muchos abandonan, aunque no tantos como llegan, que siempre serán muchos más, esperando hallar su norte en este cenáculo de temerarios cuyo signo comunitario consiste en viajar, preservar la vida y permanecer viable en términos físicos. Lo demás será disfrutar los kilómetros.

La motocicleta seguirá despertando afectos.

Queda, de fondo, la tentativa del hombre por viajar, que no muere ni se extingue. Queda la camaradería y el goce de la amistad, así sea dominguera. Queda la escena de una mañana nublada y lluviosa, en que estos hombres enfrentan con arrojo el temor natural de quedar sólo en recuerdo. Y aún con todo lo aceptan.

Ignition on.

Y esto me consta y lo sé, lo sé de muy cierto.

[Foto: Meinolf Koessmeier]

(Agradezco a Gerardo Álvarez y a Meinolf Koessmeier por el permiso para utilizar sus respectivas imágenes).

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Twitter: @LBugarini