[Fragmento de un diario europeo.]

*

En dos mil trece se cumplen diez años de que visité el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. También de que José María Pérez Gay publicó una memoria de su paso por ahí, de camino a Alemania, siendo estudiante. Al terminar el último curso de la universidad alisté el reglamentario tour mochilero por el viejo continente. Aquello sería mi primer viaje a Europa. Por esos días mis lecturas eran mayoritariamente de poetas europeos. Con poquísimo criterio mi maleta iba cargada de libros. Imaginé que me sobrarían horas para leer. Primer error de principiante. La literatura que me interesaba, entonces, habitaba en calles parisinas, cafés de Madrid y en ciertas esquinas soleadas de algún puerto mediterráneo.

Tenía la intención—al menos así lo había proyectado—, de recorrer algunas ciudades de España, Francia, Inglaterra e Italia. En particular las capitales y por supuesto algún poblado de provincias. Pero los trenes europeos son generosos y me permitieron ampliar el espectro de exploración a Europa oriental. Algo que sólo pude lograr comiendo con frugalidad monástica y durmiendo en hostales de baño compartido. Otro error de viajero novato, acaso más grave que el referido.

Me detuve en Budapest por espacio de unos días. Me hipnotizó la ciudad dividida y esa indispensable hospitalidad de los húngaros. Luego viajé a Viena, en donde me rehusé a conocer el penacho de la discordia. En cambio, pasé horas enteras en el Kunsthistoriches Museum. El frío era insoportable, según recuerdo. En las calles no había un alma y las coladeras humeaban. Durante algunas semanas viajé acompañado. Luego, por razones de trabajo, mi acompañante regresó a México y quedé libre por completo. La mayor parte del paisaje europeo fue una exploración personal e íntima.

Luego de abandonar Viena, ingresé a Polonia con pasaporte de turista. En aquel tiempo ya existía el espacio Schengen, pero las fronteras polacas no estaban abiertas de par en par. El país liberaría sus fronteras hasta el año dos mil cuatro. Elegí el mes de marzo para viajar por motivos de precio, ya que es temporada baja y todo es más barato. Luego tendría tiempo de arrepentirme, pues el frío resultó paralizante y en los lugares que elegí para pernoctar sólo prendían la calefacción algunas horas antes de dormir. Después, el congelamiento.

En Viena contraté una extensión guiada a Polonia. Me aterró el idioma y la ausencia de personas que hablasen inglés, pues allá predomina el ruso. El itinerario pasaría por Wroclaw y de ahí andaría hasta Varsovia para después viajar hacia el sur y permanecer algunos días en Cracovia, no sin antes visitar la imperdible Virgen Negra de Czestochowa.

El paso de frontera fue lento. Todo sucedió en cámara lenta. Una larga hilera de transportistas esperaba su turno. Eran camiones de una, dos y hasta tres cabinas. Se analizaba la carga, se llenaban papeleos, se hacían llamadas de teléfono y un largo etcétera. Cuando nos tocó la revisión de documentos, el personal a cargo se detuvo conmigo. Escrutaban mi pasaporte con detenimiento, como quien está por descubrir a un agente secreto. Se llevaron el documento. Volvían y preguntaban y así varias veces. El chofer hablaba con la guía en una lengua desorbitada e indescifrable. Hablaban de mí, naturalmente.

Allá los mexicanos son—o eran—, una nacionalidad exótica. El asunto se destrabó cuando la guía explicó a uno de los oficiales algo que no entendí. Asintió, con parquedad, y al final entregó el pasaporte.

Reiniciamos la marcha.

—¿Qué les dijiste?, le pregunté con curiosidad.

Tardó en responder, como quien elije la mejor mentira para encubrir lo dicho. Al final, refirió:

—Que los mexicanos son amigos del pueblo polaco, refirió con un español de acento caribeño, el cual aprendió en una estancia durante los años en que La Habana y la Unión Soviética sostenían las mejores relaciones diplomáticas.

Pero el rostro se le endureció y nadie volvió a decir nada al respecto. Pasada la frontera, la carretera estaba desierta. Un largo horizonte para andar a placer. Recuerdo que viajábamos en una camioneta de pasajeros Mercedes Benz color azul y el conductor era ruso, según me hizo saber la guía. Apenas hablaba, eso sí. Era una mujer afable, originaria de Ucrania y de último momento, a partir de Wroclaw, se sumaron dos norteamericanas de Austin. Pero nadie hablaba. Ni aún ellas. Entre ellas mismas, quiero decir.

El paisaje polaco es silencioso y monótono. Está cargado de tonos grises y verdes color hoja seca. Densas nubes, además, decoraban el cielo. Largas hileras de árboles escoltaban el paso de los vehículos, en líneas interminables de un asfalto lamentable. Fueron días de lluvia intensa y había charcos por doquier. El lodo y la brizna complicaban el avance de la camioneta.

Luego de algunos días se cumplieron las paradas previstas y Auschwitz estaba a sólo una hora de Cracovia. La carretera que lleva a lo que fuera el campo de la muerte es un desastre. Al menos así lo recuerdo. Auschwitz es un lugar espectral, por principio. Es un espacio desolado. La zona cero, la ausencia de vida, región libre de risas. El campo de concentración recibe a los visitantes, se sabe, con la frase de “El trabajo libera” (Arbeit macht frei), que tantos judíos vieron aparecer poco antes de morir. Hay un ambiente de lúgubre recuerdo. Algunos pabellones permanecen cerrados. Otros te permiten vislumbrar el horror. Accedes al crematorio, las letrinas, los dormitorios. El espacio cerrado de la muerte.

Sólo recuerdo que fue una visita fantasmal. Apenas una o dos personas recorrían el sitio. Quizá laboraban ahí. Quizá eran espectros y nadie lo advirtió. Había una bruma tenue que decoloraba los objetos, así fuesen cercanos. Esta desolación se vio interrumpida por un grupo de niños judíos que acudieron a depositar flores y a entonar himnos ante el paredón de fusilamiento. Su equipaje incluyó una bandera de Israel, que permaneció baja. Miré a la distancia e hice una fotografía con discreción. Aún no existía el iPhone ni Instagram. Pude comprar una cámara Canon réflex vieja, estorbosa y pesada. Aún era de rollos y había que recorrerle manualmente la siguiente exposición. Y hacía clic, de verdad. No era una onomatopeya tecnológica.

Al hacer una imagen, a causa del silencio que imperaba, las personas que oraban voltearon a verme con curiosidad, como si hubiese destruido un instante perfecto. Quizá lo hice.

La memoria de Auschwitz me ha perseguido a lo largo de los años. Como es posible ver en Shoa (1985), de Claude Lanzmann, ya no queda mucho de lo que fueron originalmente los campos. Queda la memoria y la ausencia de tantos individuos que flotan ahí, suspendidos. Queda el dolor en el aire aunque ya crece la hierba y sopla un viento helado. Una señora oronda, lechosa y a la vez rojiza, al salir, me invitó a visitar la tienda de souvenirs. Por supuesto no me detuve y fui a guarescerme a la camioneta. El chofer ruso me abrió la puerta. Entré con la nariz a punto nieve. Me dijo algo indescifrable y asentí. Supuse que intentó hablar inglés. Dije: “yes, yes, yes” y quedó tranquilo. Luego llegaron las americanas cargadas de objetos para obsequiar a sus familiares.

Nada más sentarme comprobé que el rollo que venía en la cámara había hecho su última exposición. Apareció el aviso de reposición. Lo cambié, a sabiendas de que la aventura aún no terminaba.

Durante el largo camino a Viena, leí Sin Destino de Irme Kertész que compré en Barcelona—una de mis escasas compras—, y del cual se hablaba con insistencia por haber recibido el Nobel en 2002. También por haber padecido las miserias del Holocausto. Fue el primer Nobel húngaro y el país estaba de fiesta. Era comprensible. Luego hicieron la adaptación cinematográfica, menos cruel que el libro. Aún lo conservo, aunque de todo esto apenas recuerdo algo.

*

Al llegar a México, meses después, envié esta imagen al periódico Reforma, que se publicó el 14 de marzo de 2004 en la sección De viaje, con la siguiente leyenda: “Comparto esta imagen de mi visita a Polonia.” Pasados algunos años concluí una novela corta que titulé Álgebra (2006), la cual aún no se publica y abre con una cita de Sergio Pitol, tomada de su relato Hacia Varsovia: “―Debiste llegar a Varsovia en el otoño―volví a oír a través de la penumbra y de mi embotamiento―. Es una época hermosa, lo puedo asegurar.”

Por lo que tendré que volver, entonces. A Varsovia, cuando menos.

*

Twitter: @Luis_Bugarini