[Texto leído en la presentación de "Nella vasca dei terribili piranha" de Alessandro Raveggi, 21 de marzo de 2013.]

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No es difícil explicar que el lector mexicano apenas tenga noticia del escritor y periodista Luigi Barzini (1908-1984), ya que la única traducción al español del libro The italians (1964)—al menos de la que tengo noticia—, se publicó en la editorial argentina Americana, a finales de los años setenta y no he visto otra. Este libro es un análisis detallado, a ratos lírico y no pocas veces arriesgado, de ciertas prácticas reiteradas, a lo largo de los siglos, que pudieran ser entendidas como representativas del “ser” italiano, ese espíritu indefinible que perfila una identidad nacional. Desconozco si existe un tratado similar, escrito por un autor más reciente. Lo regular es que haya, aquí y allá, trazos y retratos dejados a medias y no una obra de largo aliento. Un ejercicio idéntico a las tentativas en México por parte de Samuel Ramos, Octavio Paz y Roger Bartra, entre otros.

Llama la atención que ya no eran los años en que la identidad nacional de Italia fuese materia de reflexión, pues la Unificación había cerrado la tenaza y ya no habían cabos sueltos. Y no obstante el libro de Barzini no se percibe desfasado. Su aceptación ha tenido una suerte irregular y es posible afirmar que se ha convertido en un “libro de culto”, para etiquetarlo con un cliché de falsa leyenda, tanto para los italianos peritos en estudios culturales, como para los descendientes de italianos que crecieron fuera de Italia, sin importar el número de generaciones a la distancia de la línea primigenia. Y en este último rubro pienso en Maria Laurino y su ensayo Were you always an italian? (2000), o en Laurie Fabiano con la novela Elizabeth Street (2009), ambas escritoras y periodistas norteamericanas descendientes de italianos y casualmente neoyorkinas. Ecos en Little Italy.

Pero la mención de Barzini carecería de importancia de no ser porque en el capítulo segundo de The italians, titulado The eternal pilgrimage, o “El peregrinaje eterno”, se alude a la práctica reiterada de los “italianos” del nomadismo y el tránsito permanente. También al magnetismo permanente que genera en los extranjeros visitar Italia. No en balde es el país con mayor número de sitios declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco. A decir de Barzini, el pueblo de Italia “siente, a lo largo de su vida, una perentoria necesidad de enriquecer su legado cultural con imágenes de otros pueblos”. Italia es peregrinaje por partida doble: por los que llegan y por los que se van. Por supuesto este peregrinaje está lejos de la imagen romántica de quien huye para levantar las piezas de un presente quebrantado. No todos los exilios son producto de la guerra y a decir de Barzini la picazón por la movilidad corre aparte a la ilusoria felicidad del dolcefarniente, esa imagen tan gastada. En cada esquina del paese se da cita la metáfora histórica y los mismos actores: etruscos, fenicios, romanos y tantísimos pueblos navegando el Mediterráneo, siempre idéntico a sí mismo.

Repasaba esta idea de Barzini al avanzar con la lectura de la novela Nella vasca dei terribili piranah (2012), del escritor florentino Alessandro Raveggi (1980), ya que uno de los ejes narrativos es el viaje y la arquitectura que le da soporte es la figura del tránsito. Otro sería la posibilidad de regenerarse y aceptar que todo cuanto existe gira en ciclos que no terminan. La lectura es una experiencia, se sabe, y la transmisión de un viaje una confesión de llegada. No se escribe un viaje desde el interregno y si se intenta será en el momento álgido en que toda la percepción de lo vivido corra el riesgo de ser quimérica y hasta distorsionada sin apenas gracia. Dicho lo anterior, vuelvo: es el acto de la llegada el que dota de sentido a esta improvisada fenomenología del traslado. Cobra pertinencia el dictum borgeano: “no me gusta viajar sino haber viajado”.

Nella vasca es una llegada, entonces, contada en una historia múltiple en donde un niño-pez, socarrón y primigenio, dota de sentido a ciertos destinos individuales en ciudades y tiempos apartados. El sustrato de la novela se nutre de un aire legendario y pasa de largo, con fortuna, ante la visión utópica que nos obliga a mirar la forma del mundo desde una perspectiva simbólica. Carl Gustav Jung hace un cameo, para decirlo en términos televisivos, pero no es protagonista en una sola temporada. Lo cual se agradece.

Ahora bien, no es casual que aquí el elemento sea el agua ya que, al igual que el fuego su tarea es purificar y tiene como misión primordial la regeneración de todo cuanto existe. El agua, uno de los cuatro elementos de la fisiología medieval según la cual el cuerpo contenía cuatro clases de fluidos que determinaban el temperamento del hombre, es fuente de vida y de muerte, crea y destruye en la tradición judía y cristiana. Es un símbolo cosmogónico que nos introduce en lo eterno y es a su vez el símbolo de la dualidad por excelencia. Hasta aquí la imagen de su naturaleza simbólica.

Las historias entrelazadas de personajes como Carolina Calderón, Vittorio Bueno o Alfredo Vannucchi, por mencionar algunos de los individuos que andan por estas páginas, encarnan la visión tenue y apocalíptica que recuerda la acústica de los hechos humanos. Imposible en este punto ignorar la obra narrativa de Roberto Calasso, autor igualmente florentino, para recordar que el aspecto mítico de la conciencia humana se asienta a lo largo de múltiples historias. Todas entrelazadas, todas comprimidas en segmentos de tiempo y que no obstante transcurren simultáneas. También interesa que a causa de esa forma singular de estructura primigenia, el trato frecuente con ciertas historias resulta imprescindible para vislumbrar las incógnitas que recrean la condición humana. El entendimiento del ser, parece decirnos la tentativa de Calasso, figura cifrada en comprender la discursividad de esas historias. Así, nos constituyen los hechos y amanece el homo facti desde tiempos mitológicos.

En la narración de Raveggi una forma novedosa del sesgo estrambótico hila las secuencias narrativas. El binomio de la picaresca y los límites de la excentricidad obsequia al lector una ecuación cuya simplicidad resume el alcance de una tentativa literaria. No es fácil reunirlos, aclaro, porque el fantasma de la caricaturización asedia cuando el humorismo se acerca a la frontera de la autocomplacencia o a las lecciones de moralidad. Pero no. Esta novela se arma de una pieza y Nella vasca es un recorrido guiado por una figura anfibia. Una entidad que deambula en los confines y se presenta oracular, inasible y calculadora. Salta con gracia entre elementos y nos recuerda las limitantes insuperables de la vida humana. Pero no estamos ante una historia de arquitectura condescendiente. Parte de la novela, según se refiere en la última página, se escribió en la ciudad de México, lejos de Florencia y de la lengua italiana. La historia no es secuencial y avanza entre cruces que desafían la atención de los lectores despistados. El estilo de esta escritura se presenta al lector en bloques de narración autónoma que generan una impresión cinematográfica de fade out y fade in con que se abren y cierran las imágenes en una pantalla. Y saltamos entre ciudades, tiempos y espacios. El niño anfibio se antoja el escudo de armas que preside la epifanía de personajes condenados a errar tras un destino aparente. Esto es: la historia de cualquiera de nosotros. Sísifo y la piedra.

Anticipo el interés del lector mexicano cuando la traducción del libro se encuentre disponible. Tenemos entre las manos otro testimonio de un escritor extranjero sobre ciertas prácticas mexicanas, similar al que podemos leer en los libros de B. Traven o Malcolm Lowry. Sin ser un tratado sobre el país, el interés que las cosmogonías prehispánicas despertaron en Raveggi se materializa y genera otro testimonio. Al igual que en Sergio Pitol, es patente una adhesión al modelo del escritor que viaja para escribir, que se encuentra mejor en una geografía que no es la suya y que se reinventa frente a un espejo que le devuelve una imagen desigual y hasta deformada. El pasaporte ajado y repleto de sellos de entrada y salida, en estas páginas, es el mejor acicate para la escritura.

Cierro con esta idea: no parece casual la elección de una piraña para ilustrar el drama humano y construir sobre su fama traicionera y canibalesca un retablo del tiempo actual. Presenciamos días aciagos y si bien el modelo histórico de Spengler y la consabida “decadencia de occidente” sigue su debacle y ésta parece no tener fin, seguimos parados en la pendiente. Y desde ahí, buscamos la forma oculta el horizonte.

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Twitter: @Luis_Bugarini