[Sobre "Mujer de pieles infinitas" de Daniel Escoto.]

*

Aún soy devoto de los libros misceláneos. Justo del tipo de libros a los que el editor mismo no les halla cuadratura y duda para incluirlos en tal o cual colección. Es un titubeo que se percibe en las solapas. Se presentan las generalidades, metáforas excesivas y términos como “infinitud”, “tiempo” o “complicidades”. Por supuesto me inclino ante la perfección arquitectónica de novelas de largo aliento, pero siento más proximidad ante la línea que anda libre y el párrafo soltado al vuelo. Supongo deriva de ese gusto por la forma sublime de la imperfección. Al final, este tipo de obras tienen propiedades oraculares y es posible, por ejemplo, sacar ese libro del estante y leer una línea para meditar o incluso terminar un ensayo.

Daniel Escoto (ciudad de México, 1983) arremete contra la sincronicidad bobalicona de mucha escritura joven actual y organiza en Mujer de pieles infinitas (2012) un palimpsesto retador compuesto por un relato largo de ocho piezas y un puñado de ficciones cortas, a la manera de estampas. Será preferible pensar que fue el duende del desconcierto, y no malevolencia comercial, el que hizo que el editor oferte el libro como si fuera una novela, ya no que no lo es. Ni aún dentro de esa caracterología libertina que sostiene que todo cabe dentro de la novela. Y es que este volumen es, en principio, dos libros. Por una parte es una nouvelle y, acto seguido, un libro de relatos o ficciones súbitas de estilo fragmentario. La libertad del editor, por otra parte, no afecta el valor del mismo ni la soldadura del volumen, quede dicho.

La nouvelle sobresale como un mecanismo inteligente de variaciones sutiles. Ciertas repeticiones son el guiño que busca el lector que no tiene reparos en vagar en espiral por un camino al aire libre. Ecos de un mismo escenario se totalizan y regeneran en cada capa de cebolla, en cada piel infinita. Todo alrededor del estudio de los microorganismos. Por supuesto hay afinidades claras con ese filme germinal que es Una zeta y dos ceros (1986) de Peter Greenaway, por aquello de las manzanas y la obsesiva contemplación del proceso gradual de la descomposición; y asimismo con Memento (2000) de Christopher Nolan, ya que cada reinicio de capítulo es un reminder caótico, aunque sutil, de que el tiempo está llamado a repetirse. Eterno retorno, que le llaman.

Las piezas narrativas, por su parte, andan a su paso y obsequian al lector un modo aséptico y actual de escritura joven. Cierto énfasis de cosmopolitismo decadente, muy del diecinueve aunque con socarronería y falsa ironía, articulan las piezas alrededor de un círculo estrambótico que se muerde la sombra. Este díptico narrativo ofrece lo que está obligado a contener un primer libro: peligro en la búsqueda de una forma personal de aproximarse a la materia narrativa y, asimismo, confesión de una tentativa que inicia en esta primera entrega.

El doctor Saint-Cloud y sus dos discípulos aguardan, ante la presencia de un cadáver exquisito, la lectura de estas páginas.

*

Twitter: @Luis_Bugarini