[Sobre "La ciudad de los muertos" de José Homero.]

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La lírica puede ser un camino personal hacia la imagen y si bien, como refiere José Homero (Minatitlán, 1965), “todo conocimiento es epidérmico”, es dable suponer que sólo la experiencia vivifica el instante poético. Al igual que sucede con la lectura, el mundo fenoménico nos tiende una trampa y, casualmente, termina por hechizarnos. La ciudad de los muertos (2012) es el poemario más inquieto del autor veracruzano hasta la fecha, ya que avanza entre imágenes hiladas que relatan una historia de amor y cuya escritura, según el propio volumen, data desde 1996. El barroquismo y las formas delirantes de un amor se yerguen en estas páginas para renovar nuestro entusiasmo por la lírica mexicana.

He seguido, a lo largo de los años, la bibliografía de Homero, lo mismo en la narrativa que en su tentativa poética, porque encuentro palpitaciones que devuelven al lector imágenes de una poesía que avanza a tientas pero sin dudas. La ciudad florece entre variaciones, “en el mediodía de la escritura”, según se lee, y de pronto estallan palabras, juegos verbales, versos que danzan sobre una página cuya disposición obliga al lector a sostener la entonación meditada el autor. También hay línea suelta y aforismo, juegos con la tipografía—cursivas, negrillas, vocablos bailarines que intentan la fuga—, y demás.

El poemario acepta el riesgo de integrar palabras olvidadas del barroquismo, pero que fluyen tan naturales que ni parecen puestas. Este libro es un ajuste de cuentas con nuestro legado gongorino y lograría la aceptación de Severo Sarduy y Lezama Lima, y en su dimensión humana se emparenta con el Romance del Conde Niño, aquél poema anónimo sobre un amor a toda prueba, aunque no exento de tragedia.

En el entorno actual, que busca simplificarlo todo, incluso la lectura, Homero rastrea el origen del decir poético y a la transparencia mediática reinante de “mostrarle a los lectores que la poesía es para todos”, le coloca de frente este ánimo delicado de quien aprecia las palabras y aún las escucha. De quien prefiere decirlas despacio, paladeando las sílabas. Esto es: al fast food actual de poesía ready-made, socarrona y de guiño para los tres enterados, el veracruzano baja el ritmo y opta por el slow food. Metáfora culinaria para una poesía que, casualmente, se escribió para ser degustada y transformada con cada bocado. La química del lector interviene en la transformación. Hay humor, es cierto, aunque no es primordial. La instancia en principio es decir y aquí se dice a fondo.

Así, al arriesgue en el barroquismo se suma la lograda pornografía del volumen. Cierta palabra soez, situada con oportunidad, no confiesa ligereza. Menos aún ausencia de discurso. La hondura orgásmica anda el poemario porque así resulta la experiencia amorosa. La sed del otro también incluye su cuerpo—o en él inicia, concluye y por tanto se consuma— y la fusión no es plena sino hasta que el coito funde los cuerpos en uno solo, literalmente. Por aquí resuena todo lo que Homero aprendió en años, lo mismo de poesía que de música, comida o la geografía de las ciudades nocturnas, distintas a las que ilumina el sol.

Sugiero que La ciudad será la mejor puerta de entrada para quien deseé leerlo de cuerpo completo. Escribe el autor, con ironía, quiero pensar:

…aunque no sé bien

qué decir ni de qué hablar

excepto de poesía.

Y en un tiempo en que se dice de más, sobre asuntos irrelevantes, me parece suficiente.

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Twitter: @Luis_Bugarini