[La obra de Philip K. Dick (1928-1982) ha dejado de ser referencia sólo para quien gusta de explorar realidades diversas para plantarse, como una sólida prefiguración de la narrativa posmoderna, en la elección de miles de lectores. Surcar sus aguas, empero, está lejos de ser una complacencia veraniega. Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días (1978, 1985) se escribió como una conferencia pero jamás se publicó. Lawrence Sutin, biógrafo canónico del escritor norteamericano—así lo consigna el propio Carrere—, lo rescató de entre sus notas póstumas para incluirlo en The shifting realities of Philip K. Dick. Selected literary and philosophical writings (Vintage, 1995). Cómo construir… sobresale por leerse ahí la poética del autor, así como su cismático credo filosófico, expuesto para quienes han naufragado en sus turbulentas páginas. Acudo a Roberto Bolaño, uno de sus lectores más conspicuos: “Dick va camino de ser un clásico y una de las características de un clásico es ir mucho más allá de la buena escritura, que no es otra cosa que una buena corrección gramatical.” Los subrayados son de Philip K. Dick y la traducción es mía.]

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CÓMO CONSTRUIR UN UNIVERSO QUE NO SE DERRUMBE EN DOS DÍAS (1978, 1985)

Antes de aburrirles con las cosas que los escritores de ciencia ficción usualmente dicen en sus charlas, quisiera darles unos saludos entusiastas desde Disneyland, pues me considero un vocero oficial del parque dado que vivo a unas millas del lugar y, por si el hecho no fuera suficiente, porque alguna vez tuve la fortuna de ser entrevistado en sus instalaciones por la televisión francesa.

Justo después de la entrevista, estuve postrado en cama durante varias semanas sin poder moverme, y supongo que fue por haberme subido a las tazas voladoras del parque. Elizabeth Antebi, productora del documental, quiso tenerme girando en esas enormes y diabólicas tazas mientras me hacía discutir el origen del fascismo con Norman Spinard, un viejo amigo que también escribe ciencia ficción y lo hace de un modo fabuloso. También hablamos del Watergate, pero eso fue en la cubierta del barco pirata del capitán Cook, en donde pequeños niños con la gorra del ratón Mickey corrían y chocaban alrededor nuestro, mientras que Elizabeth me hacía las preguntas más inesperadas y las cámaras nos seguían con sus movimientos giratorios. Norman y yo, preocupados por la locura inesperada de los chicos, respondimos a no pocas preguntas de un manera increíblemente estúpida y disparatada. En este momento, de cualquier modo, acepto en todos sus términos lo que voy a decir, pues veo que nadie está usando gorras de Mickey Mouse y nadie busca escalarme pensando que soy un viejo artefacto más del barco pirata.

Los escritores de ciencia ficción, siento decirlo, no saben nada de nada. No podemos hablar de ciencia porque nuestro conocimiento es limitado y porque nuestras ficciones son terribles. Hace tan sólo algunos años ninguna universidad o escuela hubiera considerado el habernos invitado a dar una charla. Estábamos confinados a los límites de las revistas minúsculas fabricadas por lectores y que, sobra decirlo, no impresionaban a nadie. Por ese tiempo, mis amigos solían decirme: “¿Pero acaso escribes algo seriamente?”, queriendo decir: “¿Escribes algo más que ciencia ficción?” Y esperamos mucho tiempo para ser aceptados, pues anhelábamos ser considerados y tomados en cuenta. Y así, de modo repentino, el mundo académico se fijó en nuestro trabajo y fuimos invitados a dar pláticas y a aparecer en paneles, en los cuales, por cierto, nos ridiculizamos a nosotros mismos. ¿De qué sabe un escritor de ciencia ficción? ¿En qué materia puede ser considerado una autoridad?

La cuestión me recuerda al encabezado de un diario que vi justo antes de volar hacia este lugar: “Científicos aseguran que los ratones no pueden asemejarse a los seres humanos”, y por la seriedad y el tono grave de la nota supongo que se trataba de un programa de investigación financiado por el gobierno federal. Y pensé, “alguien en este mundo es una autoridad en saber si los ratones pueden o no usar zapatos de dos colores, sombreros de hongo, camisas rayadas y pantalones Dracon, y además pasar como seres humanos.”

Bueno, les diré lo que me llama la atención, lo que considero relevante y es que, siendo claros, no puedo yo alegar ser una autoridad en algún tema, pero puedo decir, de la manera más honesta, que existen algunos tópicos que me resultan fascinantes y sobre los cuales escribo todo el tiempo. Los dos tópicos que más me han intrigado son: ¿qué es la realidad? y ¿qué constituye a un auténtico ser humano? Durante los veintisiete años en los que he publicado cuentos y novelas, he abordado, desde una u otra perspectiva, esos temas de manera reiterada. ¿Qué somos?, ¿qué es eso que nos rodea y que llamamos no-yo o mundo sensorial o empírico?

En 1951, cuando vendí mi primer cuento [“Roog”], no tenía idea de que tales indagaciones pudieran tener un espacio en el campo de la ciencia ficción, y empecé a perseguirlos de un modo inconsciente. Mi primera historia trataba de un perro que imaginaba que cada viernes el hombre de la basura pasaba por la casa de la familia a la que éste pertenecía, y se robaba sin pudor la valiosa comida que durante largos periodos la familia juntaba en los contenedores metálicos. Cada mañana, algún miembro salía con una bolsa sellada y la depositaba con cuidado en el contenedor, para después cerrarlo con toda la intención de que nadie lo abriera sin su permiso. Y así, una vez que el contenedor estaba lleno, aparecía el tipo terrible de la basura y se robaba todo excepto el contenedor.

Finalmente, el perro imaginó que un día el hombre de la basura terminaría por devorar a los miembros de la familia, del mismo modo en que devoraba su comida. Por supuesto estaba equivocado. Todos sabemos que la gente de la basura no se come a las familias, pero el delirio del perro no estaba exento de cierta lógica interna, pues los hechos aparecían tal cuales frente a sus ojos. La historia se basaba en un perro real que yo observé durante algún tiempo, tratando de entrar a su cabeza para averiguar cómo veía el mundo. Y descubrí que lo veía de una forma distinta a como lo veo yo, o cualquier otro ser humano. Y medité en la posibilidad de que cada ser humano, cada individuo, tuviera una forma distinta de mirar al mundo y lo hiciera con una visión única e intransferible. Eso me llevó, como era natural, a considerar lo siguiente: dado que el sentido de la realidad difiere entre los individuos, ¿podemos hablar de la realidad en singular o debiéramos pensar en una pluralidad de realidades? Y si la consideramos como un aspecto plural del mundo, ¿acaso unas son más “reales” que otras? ¿Qué hay del mundo de un esquizofrénico? Quizá es tan real como el nuestro y no podríamos decir que está fuera de la realidad y nosotros dentro, sino que su realidad es tan distinta a la nuestra que no podemos explicárnosla, del mismo modo en que no podemos explicarle nuestra propia visión de la realidad. El problema, entonces, es que si los mundos individuales se experimentan de modo tan subjetivo, entonces hay un rompimiento en la comunicación… y ahí está la verdadera enfermedad.

Alguna vez escribí una historia [“The electric ant” (1969)] acerca de un hombre herido que es llevado a un hospital y justo cuando está por entrar a cirugía, el personal médico descubre que no es un humano sino un androide, cosa que él no tenía por enterado. Al darle la noticia, Mr. Garson Poole descubre que lo que usualmente llamaba “vida” no era sino una cinta que pasaba de un carrete a otro al interior de su pecho. Fascinado, comenzó a llenar las partes averiadas de cinta con fragmentos nuevos. De inmediato, el mundo cambió. Una manada de pájaros voló sobre el cuarto en el que estaba y cuando apretó un botón desconocido, se cortó toda la cinta, con lo cual el mundo se desvaneció para siempre. Paradójicamente, también desapareció para los otros personajes de la historia… lo que no tiene sentido, si nos ponemos algo estrictos, a menos, por supuesto, que los otros personajes fueran igualmente fragmentos de la cinta que le dio momentos de fantasía sin límite. Lo que, para mí, en realidad representaban.

Siempre tuve la esperanza de escribir novelas que plantearan la pregunta ¿qué es la realidad?, para, de algún modo, obtener alguna respuesta. Y supongo que esa era también la expectativa de mis lectores. Los años han pasado. He escrito treinta novelas y alrededor de cien historias, lo cual no me ha dado certeza acerca de qué es lo real. Un día, una estudiante de Canadá me pidió que definiera para ella qué era lo real para una tarea que estaba realizando en su clase de filosofía. Y quería, además, que la definición fuera de una línea. Entonces pensé y le dije: “la realidad es eso, que aún cuando has dejado de creer en ello, no se va.” Fue todo lo que pude resolver. Sucedió por 1972 y desde entonces no he podido definir la realidad de otra manera más lúcida.

Pero el problema es real y no sólo un juego de posibilidades intelectuales. Porque ahora vivimos en una sociedad en donde las realidades espurias son manufacturadas por los medios de comunicación, el gobierno, las grandes empresas, los grupos religiosos y los partidos políticos, y todos, naturalmente, hacen uso de los medios electrónicos apropiados para depositar esos pseudomundos en la mente del espectador, el oyente o el lector pasivo. En ocasiones observo con atención cuando mi hija de once años mira la televisión, y me pregunto qué aprende de lo que está viendo, pues sucede con frecuencia que los niños ven programas para adultos. La mitad de lo que se dice y hace en los programas de televisión es, con toda certeza, mal entendido por los niños. Probablemente todo sea mal comprendido. Y la cuestión es: ¿qué tan real es la información que se presenta, no obstante que el niño la comprenda en todos sus términos? ¿Qué relación tienen las situaciones que aparecen en un programa dramático y la vida real? ¿Qué hay de los programas de policías? Los autos continuamente se salen de control, chocan entre sí y terminan por incendiarse. Los policías siempre son buenos y siempre ganan. No ignoren este punto: siempre ganan. ¿Qué mensaje es éste? No pelees con la autoridad, y si lo haces, vas a perder. El mensaje: se pasivo y coopera. Si el Oficial Baretta te pide información, dásela, porque el Oficial Baretta es un buen hombre y es confiable. Te ama y debes amarlo.

Así, en mi escritura me pregunto: ¿qué es lo real? Porque de manera interminable estamos siendo bombardeados con pseudorealidades manufacturadas por individuos altamente especializados en el uso de mecanismos electrónicos. No desconfío de sus motivos; desconfío de su poder. ¡Y vaya si lo tienen! Es un poder colosal: el poder de crear universos enteros, universos mentales. Yo debería saberlo pues me dedico al mismo oficio. Mi trabajo es crear universos de una novela a otra. Y lo tengo que hacer de tal modo que no se caigan después de dos días de haber sido creados. O, al menos, eso es lo que mis editores esperan. De cualquier modo, quiero revelarles un secreto: me gusta crear universos que, en efecto, se derrumben. Me gusta verlos maltrechos y me gusta ver cómo los personajes tienen que lidiar con ese aspecto en la novela, pues tengo un amor secreto por el caos. Debería haber más caos. No crean, y soy totalmente serio en esto, que el orden y la estabilidad son siempre buenos en una sociedad o en el universo. Lo viejo debe dejar que lo nuevo salga a la vida y así ser capaz de parir nuevas cosas. Y, antes de que éstas nazcan, lo viejo debe morir. Este proceso lleva peligros consigno, pues es necesario que nos desprendamos de aquello que teníamos por familiar y querido. Y duele. Pero eso es parte del proceso de la vida. A menos que psicológicamente nos adaptemos al cambio, empezaremos a morir internamente. Lo que digo es que los objetos, hábitos, cosas y medios de vida, deben morir para que los seres humanos auténticos puedan vivir. Este es el auténtico ser humano: el organismo elástico que puede ir hacia adelante, y así absorber y tratar con lo nuevo.

Por supuesto puedo decir esto porque vivo cerca de Disneyland, y siempre están poniendo nuevas atracciones y destruyendo las anteriores. Disneyland es un organismo que evoluciona. Por años tuvieron el Lincoln Simulacrum y finalmente empezó a morir, lo que los obligó a retirarlo sin remordimientos. El Simulacrum, como Lincoln el hombre, fue una forma temporal de materia y energía que después se perdió. Lo mismo sucederá con nosotros, nos guste o no.

El filósofo presocrático Parménides enseñó que sólo las cosas reales no cambian… y otro presocrático, Heráclito, enseñó que todo cambia. Si superponemos las dos posiciones llegamos a otra: nada es real. Y existe un paso más allá que resulta igualmente fascinante: Parménides no pudo haber existido porque creció, envejeció y desapareció, y de acuerdo con su propia filosofía, no pudo haber existido en la realidad. Y Heráclito tal vez tuvo razón, no lo olvidemos; así, si éste acertó y Parménides existió en verdad, entonces, de acuerdo con el propio pensamiento de Heráclito, acaso Parménides también acertó, ya que éste último reunió las condiciones que Heráclito juzgó que debían tener las cosas reales.

Ofrezco este ejemplo sólo para mostrar cuán fácil es caer en la irracionalidad cuando se discute el tema de lo real. Incluso ya en los tiempos de Zenón se tenía plena conciencia de que sólo se hablaban disparates. Zenón probó que el movimiento era imposible (ciertamente sólo imaginó haber probado esta hipótesis; lo que le faltó fue la llamada “teoría de los límites”). David Hume, el gran pensador, alguna vez consignó que después de un congreso de escépticos dedicado a la postulación del escepticismo como filosofía válida, todos los participantes salieron del local por la puerta y no por la ventana. Puedo ver el punto de Hume: el congreso fue mera palabrería. Los filósofos no hablaban en realidad de lo que postulaban con tanta seriedad y firmeza.

Pero considero que el problema relativo a definir lo que es real es un tema serio y vital. Y por ahí anda la definición del otro tema, la definición del auténtico ser humano, dado que a causa del bombardeo de pseudorealidades se comienzan a fabricar pseudohumanos de manera tan rápida y tan espuria. Mis dos temas son en realidad uno solo y se unen en este punto: las falsas realidades crean falsos seres humanos o, los falsos seres humanos generarán falsas realidades que les venderán a otros seres humanos, volviéndolos, eventualmente, forjadores de sí mismos. Así, concluimos con la elaboración de falsos seres humanos que habrán inventar falsas realidades para vendérselas a otros falsos seres humanos. Esto no es sino una versión extendida del mundo Disneyland. Puedes subirte al Pirate Ride, al Lincoln Simulacrum o al Mr. Toad’s Wild Ride: puedes subirte a todos, pero ninguno es real.

En mi escritura he llegado a estar tan interesado en los falsos, que finalmente llegué al concepto de los falsos “falsos”. Por ejemplo, en Disneyland existen pájaros artificiales que se mueven con mecanismos electrónicos y emiten sonidos cuando pasas frente a ellos. Supongan que alguien entra de noche al parque y sustituye los pájaros falsos con algunos verdaderos. Imaginen el horror que habrán de sentir los oficiales del parque al descubrir la terrible broma. ¡Pájaros reales! ¡Y acaso alguna vez también leones e hipopótamos! Consternación. El parque, de manera repentina, ha sido transformado en algo real por fuerzas siniestras. Por ejemplo, ¿que pasaría si el Matterhorn se vuelve súbitamente una montaña cubierta de auténtica nieve? o, ¿qué sucedería si el lugar, por un milagro de Dios, en su infinita sabiduría, fuese convertido, por un momento y por el espacio de un parpadeo, en algo imperecedero? Tendrían que cerrarlo.

En el Timeo de Platón, Dios no crea el universo como lo hace el Dios cristiano, sino que simplemente lo encuentra un día. Se encuentra con un estado de caos y se pone a trabajar para ponerlo en orden. Esta idea me gustó y la adapté en su momento para mis propias perspectivas intelectuales: ¿qué pasaría si nuestro mundo hubiera iniciado no totalmente real, sino como una ilusión, tal y como lo postula la religión hindú, y Dios, lleno de amor y bondad hacia nosotros, lo va transmutando gradual y secretamente en algo real?

No tendríamos conciencia de esta transformación, dado que ni siquiera tenemos idea de que el mundo es una ilusión, por principio. Esta idea, técnicamente, parte del gnosticismo, una religión que abrazaron judíos, cristianos y paganos durante varios siglos. He sido acusado de profesar ideas gnósticas y supongo que lo hago. Al principio lo deseché pero algunas ideas me intrigaron con el tiempo. Una vez, cuando buscaba la voz Gnosticismo en la Enciclopedia Británica, caí en la cuenta de que existía un código gnóstico llamado El Dios irreal y los aspectos de su universo no existente, y la idea que me hizo reír largamente. ¿Qué clase de persona escribiría sobre algo que no sabe que existe? y más, ¿cómo averiguar algunos aspectos de ese algo? Pero después descubrí que yo había estado escribiendo sobre eso durante veinticinco años. Y supongo que se dispone de amplia libertad cuando escribes de algo que no existe. Un amigo mío publicó alguna vez un libro titulado Serpientes de Hawai. Varias librerías le escribieron, solicitándole algunos ejemplares. Bueno, pues no hay serpientes en Hawai y todas las páginas de su libro estaban en blanco.

Por supuesto en la ciencia ficción no hay pretensión alguna de que lo que se cuenta se tome por real. Por eso se le llama ficción. El lector está prevenido de que no deberá creer sobre lo que leerá. De igual modo, los visitantes de Disneyland saben que Mr. Toad no existe y que los piratas se mueven por el efecto de mecanismos eléctricos que están ocultos tras ellos. Así que no hay lugar para la decepción.

Lo extraño es, no obstante, que mucho de que lo que aparece con el título de “ciencia ficción” es real. Bueno, no literalmente real, supongo. No hemos sido invadidos por criaturas de otro sistema solar, tal como aparece en los Encuentros cercanos del tercer tipo. Y los productores de la película jamás desearon hacernos creer eso, ¿o sí?

Pero más importante, si desearon hacernos creer eso, entonces ¿será real? Ese es el punto: por supuesto que no. De nada importa si el productor o el director no creyeron en la autenticidad de su trabajo, pero ¿es real? Porque, pensemos, ¿no podría suceder que por accidente un escritor de ciencia ficción que busque una buena historia, se tropiece con la verdad… y caiga después en la cuenta de ello?

La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a las personas que hacen uso de esas palabras. George Orwell lo dejó claro en 1984. Pero otra forma de controlar a las personas es controlar sus percepciones. Si logras que vean el mundo como tú lo ves, lograrás que piensen como tú piensas. La comprensión sigue a la percepción. ¿Pero cómo consigues que vean la realidad que tú ves? Porque, a fin de cuentas, es una realidad entre muchas. Las imágenes son un elemento capital. Este es el porqué, el poder de las imágenes televisivas, tiene tal fuerza en las mentes jóvenes. Palabra e imagen aparecen sincronizadas. La posibilidad del control total del espectador es real, mayor aún si se es un espectador joven. Ver la televisión es entrar a un estado de embrutecimiento. Un electroencefalograma de una persona que ha visto la televisión durante media hora, revela que la actividad cerebral se reduce al mínimo, pues el cerebro concluye que nada está sucediendo, lo que lo sumerge en un estado hipnótico que emite ondas alfa. Esto debido a que la actividad ocular también es mínima. Además, dado que la información es mayormente gráfica, pasa al hemisferio derecho del cerebro, en lugar de ser procesado por el lado izquierdo, lugar donde tiene su asiento la personalidad consciente de los individuos. Estudios recientes revelan que gran parte de lo que se mira a través de la televisión se recibe a un nivel subliminal. Sólo imaginamos que lo vemos de un modo consciente. El tamaño del mensaje reduce nuestra atención y, después de algunas horas de ver televisión, no sabemos con certeza lo que hemos visto. Nuestra memoria es vaporosa, como la memoria de los sueños, en donde los espacios en blanco tienen que ser llenados de un modo retrospectivo y, por supuesto, quedan falsificados. De este modo, hemos participado sin saberlo en la creación de una realidad espuria, que luego tenemos que alimentar hasta la complacencia. Todos colaboramos en nuestra propia decadencia.

Los productores, guionistas y directores que tienen por misión crear esos mundos no saben, y esto lo digo como un escritor profesional de ciencia ficción, cuánta de su satisfacción es verdadera. En otras palabras, son víctimas de sus propios productos, lo mismo que nosotros, consumidores. Por mi parte, no tengo idea qué proporción de mi escritura es verdadera, o qué partes (si es que alguna lo es), lo que constituye una situación letal. Tenemos ficción que mimetiza a la verdad y verdad que busca mimetizar la ficción. Tenemos una superposición peligrosa, unas manchas peligrosas. Y con toda probabilidad no es deliberada. De hecho, eso es parte del problema. No se puede legislar acerca de cómo los autores deben rentabilizar sus productos, como si fuera una lata de pudín cuyos ingredientes van inscritos en la etiqueta… no puedes obligarlos a declarar qué partes de sus ficciones son verídicas y cuáles no lo son, si es que ni ellos mismos lo saben.

Es una experiencia escabrosa escribir algo en una novela, creyendo que es pura ficción y descubrir, años después, que es real. Me gustaría dar un ejemplo. Es algo que no entiendo del todo. Acaso puedan auxiliarme con alguna teoría. Yo no puedo.

En 1970 escribí una novela, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, y uno de los personajes es una chica de diecinueve años llamada Kathy. Su esposo se llama Jack. Kathy, en apariencia, labora en los bajos mundos de parte del lado criminal, pero después, conforme avanza la novela, se da cuenta de que en realidad trabaja para la policía pues tiene una relación con un inspector de la corporación. El personaje es pura ficción, o así que pensé que lo sería.

De cualquier modo, en la navidad de 1970 conocí a una chica llamada Kathy, como intuirán, justo después de haber terminado la novela. Tenía diecinueve años y su novio se llamaba Jack. Pronto supe que se dedicaba a vender drogas y pasé un largo tiempo intentando que se saliera del negocio. No dejé de advertirle que la policía terminaría por atraparla. Después, una tarde, cuando entraba con ella a un restaurante, me dijo en seco: “No puedo entrar.” Dentro del restaurante estaba un inspector de policía a quien yo conocía. “Debo decirte la verdad”, dijo Kathy, “tengo una relación con él.”

Con toda seguridad son extrañas coincidencias. Quizá tengo la precognición. Pero el misterio se hizo más complejo y el siguiente nivel me dejó plenamente confundido. Sucedió hace cuatro años.

(Continúa…)

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Twitter: @Luis_Bugarini