[Aquí una postal nostálgica de Varsovia.]

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1.

Todo lo escrito sobre Varsovia es mentira: imposible fiarse de guías para recorrerla. Mienten las páginas de Fodor’s y Michelin, El País-Aguilar o cualquier otra guía que se proclame exhaustiva y capaz de localizar cada calle y coladera. Y mienten porque Varsovia no es de papel, ni puede hallarse en los pliegos mal impresos que venden los quioscos. Es posible fiarse, no obstante, de la intención documental de Roman Polanski, cuando en una escena de El pianista (2002), muestra una toma panorámica con Adrien Brody en primer plano y de fondo surge una Varsovia en ruinas –o cenizas, para ser exactos.

Estamos lejos de exageraciones. La Varsovia moderna es un verdadero fénix del trazado urbano. Y es que después de la invasión nazi de la Segunda Guerra Mundial y el asedio letal al famoso Gueto, la ciudad se desvaneció para volverse escombro. Así lo confirma, por ejemplo, una fugaz visita al Museo Histórico de Varsovia, enclavado en la plaza de la Ciudad Vieja y al cual sólo entran turistas poco informados. A lo anterior hay que agregar los estragos de la ocupación política virtual por parte de la intelligentsia rusa hasta poco antes de la caída del muro de Berlín y la posterior ofensiva urbana de las mafias rusa, ucraniana y de Georgia. Varsovia se antoja foro histórico para la destrucción y el improperio a escala internacional.

Pero dejemos de lado evaluaciones políticas que en nada ayudan a develar el misterio polaco, así como la descripción amanerada de elementos distractores. Varsovia exige concentración de sus asistentes. Es, a diferencia de otras ciudades, una metrópoli para meditar que lo mismo requiere dinamismo por parte de sus caminantes que paciencia de sus pobladores. Los mejores cafés de la Paszaz Srodmiejski, avenida de turismo, carecen de mesas para sentarse pues son apenas expendios, así que los parroquianos deben beberlo de pie o resguardados en estanquillos y callejuelas.

Y los cafés que tienen mesas y aire acondicionado –dispositivo urgente en un clima que llega a disparar hasta 10 grados bajo cero en día con sol-, convocan la intimidad y nostalgia por el pasado del águila imperial. En las calles abundan los restos del realismo soviético, es cierto, pero el decorado interior de estos cafés -mínimos, cálidos, íntimos-, alumbrados por candelabros de luz ambarina y dispuestos con largos sillones de terciopelo gastado, se alejan para bien de la mesura de los cuadrados, rombos y figuras heladas de rostro triunfante. Pareciera que una vieja Varsovia se asoma tímida tras los restos de la última hegemonía del mundo ruso, así como de las cadenas de comida rápida que ahogan las avenidas de gran tránsito.

Esta es la Varsovia que el viajero de buen ojo busca y que con algo de suerte encuentra.

 

2.

Como en cualquier ciudad de largo pasado resulta posible acceder a la historia de Varsovia con apenas algo de olfato urbano. Los restos de la Ciudad Vieja, alimentados de muros, iglesias minúsculas y columnas de edificios fantasmales, se contraponen con la arquitectura floreciente de la Ciudad Nueva, símbolo de la nueva Polonia, la que pretende sacudirse cuanto antes el pasado comunista y que en sus ansias de crecimiento no dudó en firmar su adhesión a la Unión Europea en 2004.

Los polacos, a cada esquina, descubren a Varsovia. Visitan el Parque Lazienki, lugar para exposiciones temporales y espacio permanente para el teatro de estudiantes, mientras otros alimentan a las palomas justo al pie de la columna de Segismundo, amenazante más por la cruz que por la espada. Suelen, además, depositar flores ante el memorial por la destrucción del Gueto de Varsovia, así como alquilar embarcaciones en el Vístula para celebrar aniversarios. El visitante apenas tiene tiempo. Y olvidémonos de romanticismos turísticos: Varsovia no es la “París del este”, ni la “Venecia del norte”, ni arbitrariedades semejantes. Sabe sus limitaciones y no pretende maquillarlas.

El agua del Vístula es verdosa y nadie chapotea en él, la zona industrial no está alejada del centro y de noche, dada la pésima iluminación, la ciudad adopta un aire de peligro que nos remite a un par de películas de posguerra. Pocos ejercen la caminata, a no ser por las avenidas de rigor. De ahí que apenas sean un par de agencias de viajes las que ofrezcan como destino a Varsovia, y las que lo hacen, cruzan los dedos para evitar que llegue el viajero curioso dado el mal estado de sus carreteras, que termina por estropear sus Travel-bus, pensados para las calles lustrosas de Londres, Viena y San Sebastián.

 

3.

¿Qué característica en común tienen Adam Mickiewicz, Chopin, Maria Sklodowska-Curie, Conrad, Karol Wojtyla, Gombrowicz, Isaac Bashevis Singer, Milosz, Kapuscinski o Kolakowski, por mencionar sólo algunos? Todos son polacos, es cierto. Todos son individuos destacados en su actividad… ¡y todos abandonaron Polonia y evitaron en particular Varsovia, centro histórico del poder político! ¿Cuál fue la causa que los impulsó a huir de una ciudad que se antoja borrosa en sus contornos y delirante en sus posibilidades? ¿Y para qué regresar a ella, así sea con el ancla de la memoria?

 

4.

Para el viajero que gusta de complementar la experiencia del viaje -esto es, la vivencia de lo otro como puerta abierta al misterio humano-, con el tipo de aspectos vaporosos que pasan desapercibidos ante el ojo distraído, tales como la forma particular de pronunciar las palabras, algunos gestos sin trascendencia o las expresiones en singular para pedir una boleada en cualquier esquina, Varsovia ofrece una condición sin igual.

Se encuentra, por ejemplo, el Palacio de la Cultura, enclavado en pleno Centro Urbano y una de las visitas imprescindibles de la ciudad. Último bastión de la época soviética, este descomunal edificio, de más de 230 metros de altura para albergar 30 pisos, ha gozado lo mismo el repudio de los ultranacionalistas que la admiración del turismo “rojo” y las nuevas generaciones de polacos. Y más de un polaco dirá al visitante un chiste tallado: “La mejor forma de ver Varsovia es desde el Palacio, pues desde ahí no te enteras de que éste existe.”

Mención aparte requiere la experiencia viva de la lengua polaca, al menos para los hispanoparlantes. A medio camino entre las formas fonéticas orientales salpicadas del alfabeto cirílico ruso, y con una conjunción delirante de consonantes (incluso más que en el alemán), el viajero apenas puede aproximarse a paladear un par de palabras y todas, pronunciadas de manera candorosa, surgen titubeantes y equívocas de las gargantas hispánicas. Las correspondencias fonéticas traicionan a los paseantes, que debieran optar en todo momento por utilizar una mímica primaria, actuación que por hilarante inmoviliza a los polacos permitiendo la orientación requerida.

Pero no hay más: Varsovia está en la calle. El Museo Nacional sobresale en la museística europea dado su famelismo pictórico y escultórico; en el Castillo Real apenas es posible ver algo de mobiliario original, y el que hay carece de la experiencia mínima de la restauración; cualquier deslucida iglesia de villorrio centroeuropeo deja detrás por mucho la supuesta magnificencia de la Catedral San Juan; resulta imposible acceder –no siendo estudiante y además ignorando el polaco- al auditorio o la biblioteca de la Universidad de Varsovia, principal arma de la nueva Polonia; y la vida nocturna, si es que alguna existe, resulta tan absolutamente minoritaria que siempre es preferible guardarse en un café a mirar el calzado de quién cruza las avenidas.

Las riquezas que ofrece Varsovia son de un orden diferente al resto de lo que ofrece la idea preconcebida sobre la nación europea prototípica. De ahí su excentricidad y la vez su riqueza. Saqueada hasta el empacho, escenario continuo de incendios e inundaciones, ocupada por ejércitos brutales, Varsovia ha sido violada hasta lo inaudito. Sólo dando por hecho la tenacidad y aún fiereza de los varsovianos es posible explicar su permanencia en la historia. Varsovia, entonces, se antoja batalla contra el hombre depredador, contra el deseo implacable de avanzar sobre los demás por conseguir objetivos políticos, aún a costa de la dignidad o la vida.

Vagabundear en avenidas como Celna, Piwna o en la Waski Dunaj, tropezar con la estatua oxidada de Copérnico o con un memorial del Holocausto es comprobar, sin hipérboles marchitas, que estamos vivos. Varsovia puede fungir como prueba de vida: pues ella misma es dolor palpitante.

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Twitter: @Luis_Bugarini