[Texto leído en la presentación de Señorita Vodka (2013) de Susana Iglesias, el 18 de agosto de 2013.

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“La oscuridad sabe”, leo en el anuncio más reciente de una popular cerveza mexicana. Por supuesto hace referencia a su cerveza oscura, que se disfruta y nadie lo ignora. Negra como la noche aunque estamos a destiempo de probar que la mercadotecnia es capaz de lograr texturas.

En la noche habita el numen y la hilera larga de sus disfraces que incluye ropa interior. Mucha y además de colores. Tonos que van desde el “ya me estoy separando” y “yo tampoco tengo hijos”, hasta frases que no es posible repetir porque nadie las ha escuchado, ya que todas se pronuncian susurradas al oído, tras el látigo visual de los estrobo y esos graves de una bocina que hace cimbrar las paredes. Los noctámbulos, vuelvo, se visten en ese rincón.

En esa lejanía, abierta al ánimo de lo nuevo, los camaleones no tienen tantos colores como presumen aunque dominan el arte de sacar la lengua y estirarla para atrapar a una presa. La iconografía de la noche es tan inmensa/intensa como sus enamorados.

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Aquello que cautiva es tormentoso, dijeron los románticos y también los decadentistas. También otros. Yukio Mishima, por ejemplo, que se inició en el “mal hábito” de la masturbación ante la imagen icónica del San Sebastián de Guido Reni, y la cual refiere fue directo a la basura por los daños consecuentes, recuerda el evento como “un lastre de pesar y culpa, una mezcla infeliz de sensibilidad extática”. Así las cosas.

Pero la noche huye de las cartografías. Se fuga de los mapas. La puerta por la que entramos en la noche a una casa de citas, felices, desaparece por la mañana. La aurora limpia las asperezas, los pliegues que huyen de la naturalidad. El detritus, para abreviar.

Señorita Vodka dibuja geografías reconocibles aunque concluyen de ensueño: Garibaldi, el Eje Central, Los Ángeles. Pero nada más esbozadas éstas se escurren. La literatura resulta hábil para ir más allá del misterio de lo inmediato porque, justamente, lo suyo es lo mediato, lo que está siempre más allá, inalcanzable pero dinámico. Un cuadro o una partitura pueden aspirar a la plenitud, en tanto que un texto estará siempre incompleto. La forma detenida o el sonido que llega al silencio se confrontan con el discurrir verbal que no cesa, aunque a veces tome aliento y se quede en blanco.

Un anecdotario interminable aunque con final feliz.

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La noche es el misterio, nuestra incógnita y su posterior epifanía. El vodka –a la manera de un menjurje alquímico–, participa de este juego de naipes líquidos que lo mismo conduce a la utopía de la ensoñación, que a engrosar los barrotes que nos condenan. Es lo natural: ¿quién se abandona a este andar de congoja sin un talismán en el bolsillo?

Tal parece decirnos la voz narrativa y personaje principal de Señorita Vodka, una historia con acento de humor negro y picaresco que logra su cometido y cuelga el cuadro que faltaba en el muro actual de las letras mexicanas.

Realismo sucio femenino y relato de sesgo erótico sin eufemismos delicatessen, denuncia urbana desde una cuenca petrificada y asimismo novela negra lateral, Señorita es un diagnóstico descarnado sobre la condición anímica de una sociedad que estando en lo más hondo del abismo, lo sigue buscando. Tal es su ceguera: tal es su orfandad: nunca fue tan divertido perseguir ilusiones (que se tienen por) perdidas.

El ejercicio de la putería, por su parte, no pierde su atractivo germinal y más aún en un entorno en que “las emociones se salen de control a menudo y tienen planes propios”. Aquí un trazo de la geografía de esta caverna sin salida.

La novela continúa el legado de Catherine Millet en su aliento de pormenorizar la agenda íntima y a un tiempo espiar sin falso decoro la delgada línea que separa al hombre-caballero de sus fronteras apenas imaginables, aunque todas deseadas por los esquemas atípicos de la feminidad posmoderna y noctámbula: patán-pimp-pitosuelto-swinger-gatopardo-(agregue lo que convenga al ánimo)…

En el escenario actual de novelitas de frase corta y párrafo recortado, Iglesias se arriesga al monólogo interior, a la simpleza de melcocha y al ejercicio libre del insulto repartido sin apenas restricciones. También al párrafo largo que es una sola respiración, tal cual si fuese la última —que bien puede serla en esta ciudad o en Los Ángeles, el otro escenario. A la par hace una mueca a la incorrección y a ese salto insólito de quien juega a la ruleta rusa y además le pone tres balas al tambor. Benedetta Craveri y las nuevas charlas de salón.

Este perfil de “teibolera” admite otra vuelta de tuerca y en el escenario todo brilla y se esfuma cuando la música termina. Dj’s de los nuevos temas de nuestro tiempo. Una aventura psicodélica y estrambótica que nada tiene que ver con el narco y no obstante se enmarca en un entorno de violencia cotidiana. Muchos de los muertos en el país amanecen y tienen trabajo y enfrentan la vida diaria, plagada —¡ay!— de miserias que no terminan. Aquí también está México y sus cifras negras, retratadas tras un cristal ambarino.

Al final, tenemos una novela riesgosa, que camina por esa línea delgada que separa la estafa en seco del hallazgo súbito, tal como la noche que decora sus páginas. Aquí las relaciones peligrosas lo son de veras. Y más: todo al eco de tragos de vodka servidos en un caballito neón de acrílico, que no se rompe en el borrachazo. (El ingenio al servicio de la pérdida del equilibro).

Un relato que por su temperatura alcohólica celebrarían los lectores rusos.

Salud.

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Twitter: @Luis_Bugarini