[Apuntes al vuelo: Nápoles, 2012]

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Benvenuti a Napoli!

Recuerdas haber leído esto antes de bajar del vagón de Trenitalia.

Luego averiguas que era el lema del ministerio de turismo.

Y es que nada más cruzar el umbral del hotel sabes que la realidad te juega una broma. Sales de la puerta cristalina y te recibe un oleaje de empujones. Ignoras si debes responder—incluso sólo con un aspaviento leve—, porque esto es Nápoles y todos vieron Gomorra, o saben de Roberto Saviano, o están al tanto de la piratería de alto nivel. O habrán escuchado, incluso, de la Camorra napolitana, una de las organizaciones más temidas del bajo mundo.

Cualquier peatón podría ser un camorrista y detenerse a una ejecución, mientras una mujer embarazada disfruta una sfogliatella, comprada en una panadería atendida por un congoleño, de aspecto aún más siniestro.

Aquellos disparos apenas alertarían a las palomas de la Piazza Dante.

La prensa mundial sabe que el napolitano vive bajo fuego, esquivando balas y extorsiones.

Recuerdas que ahí todo es ver.

Pero ver lateralmente, como si no estuviese el objeto mirado. Como si, al presenciar algo que no debieras, lo olvidas al momento y te reintegras al ir y venir de hombros y rostros. Y aún con todo, la ciudad figura cruzada por una mirada que exige concentración.

No es el ejercicio usual de observar a detalle.

Porque esto no es Nueva York: no existe el tour para visitar la NBC o el edificio de Carrie Bradshaw, desde el que escribía la columna en Vogue que le permitía vivir en Manhathan; o el set de Friends o Seinfeld, o cualquier otro best selling show que puedas imaginar. No hay Macy’s ni Toys “R” Us.

Estás en el descampado, la desolación.

El imperio de la basura y el grafiti que nadie se atreve a borrar.

Lejos están París, Barcelona y Londres.

El aeropuerto de Nápoles con suerte tiene una caseta, en donde un individuo salido de un filme de Visconti revisa los pasaportes, a capricho de los sorbos a su café. Esto es el espectáculo de la marginalidad, aun cuando esté cruzada por hitos de la historia.

Observar es un acto secreto.

Una ojeada mal puesta y se podrían desatar fuerzas demoledoras. Y entonces, en el arriesgue motivado por el “quizá-no-vuelva” te obligas al primer salto al vacío. Enfrentas tu miedo y calibras aparentes convicciones: 1) vives en una de las ciudades más peligrosas del mundo y sobrevives; 2) quien puede lo más puede lo menos. Y aunque esto es, al parecer, “lo menos”, inicias: primero los callejones de no más de un metro de ancho, en donde apenas pasan los hombros.

Por la altura de los edificios se pierde luminosidad y sólo a las doce del día es posible vislumbrar a los cuatro individuos que bromean.

O planean un robo.

O arreglan una vespa.

Quizás de un familiar.

Tal vez robada.

Todos a rape.

La mayoría con camisetas sin mangas, que dejan ver tatuajes de mala hechura.

Acaso de prisión.

O de puro tedio.

Horas después, cuando la luz se extingue, esos mismos corredores pueden ser un círculo del infierno dantesco, aunque la muerte carezca de agonía. La ciudad, que amanece como un hormiguero, es hostil a los extranjeros, que se antojan fantasmales.

El turismo es una quimera.

Nadie se detiene en Nápoles.

Ni aún quienes la visitan por hallarse de camino a Capri, o para escalar el Vesubio. O aún siquiera después de visitar Pompeya y Herculano, a tan sólo unos kilómetros de distancia.

Ellos saben.

Todos intuyen.

Aquí todo es saber il negozio.

El que no sabe pierde—en cualquier forma imaginable.

Y el que sí, se preserva.

No cuesta demasiado fundirse con el lugareño. Nápoles es el mismo mosaico de hace tres mil años, cuando demasiadas civilizaciones lo ubicaron como centro de operaciones comerciales. Y no obstante, recuerdas, llega el momento de hablar. Es entonces cuando la realidad se fractura.

La palabra, en aquel escenario, traiciona.

Empiezan los gestos paternales, las explicaciones sobradas. El manoteo propio de los italianos, elevado a su máxima potencia. Y la voz de todos, cuyos decibeles despiertan a la misma Roma. El italiano aprendido en el instituto Dante apenas ayuda. En Nápoles, hay que arribar para constatarlo, se habla napolitano. Una extraña derivación del italiano hacia un dialecto porteño. En la Feltrinelli sobran libros que cruzan la lengua de Italia con los escupitajos del napolitano. El aislamiento te arroja a la gula y de la pizza brincas a la panadería cerrando con limoncello, elaborado en Sorrento. Y compruebas: utilizan el mantel de cuadros.

Y charlan y ríen con estrépito.

Te ven cruzar.

Recuerdas a los Sopranos—inevitable—, y las calles te llevan a la casa de Sophia Loren. Cualquier napolitano podría ser Tony y cualquier esquina un set de un filme de Paolo Sorrentino. En la ciudad se fornica loca y desmedidamente. La tradición del arte erótico pompeyano en la calle, cuando cae el crepúsculo y es más fácil disimular el costo en años de banquetear. Observas a las prostitutas, que sonríen. Si traes euros y valor para entrar a uno de sus hoteles, serás el hombre más atractivo del universo. Serás un signore. También puedes ser el más expuesto. Y sólo se trata de elegir y acordar una cifra razonable.

Al final, el silencio y una gorra al uso te diluyen en sus calles. Observas con atención. Un ojo mudo como estandarte de salvación.

Vives, irremediablemente.

Te entregas al frenesí.

Sin temor, sin precariedad.

Abordas la noche y haces lo impensable, que es andar sin mapa, en la ciudad sucia, justo cuando todas las esquinas podrían ser la última. No cesas de contemplar. Porque mirar nos organiza: es la lectura misma del mundo. Huir de esto es escapar a lo humano. “La legge e uguale per tutti”, recuerdas haber leído en una placa del tribunal supremo. En tanto avanzas, masticas la leyenda y sabes que no aplica a la memoria, que es particular e intransferible además de que, intuyes, jamás será igual para todos.

Y nada más terminar la frase sabes que eso que sonó, que te sustrajo del embeleso, fueron disparos de arma de fuego.

Miras por la ventana.

Noche usual en la bahía de Nápoles.

[Galleria Umberto I, foto: LB]

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Twitter: @LBugarini