[Texto leído en la jornada inaugural de la Feria Universitaria del Libro (FUL) 2013 , en Pachuca de Soto, Estado de Hidalgo, el pasado 23 de agosto de 2013.]

*

Europa se reconfiguró más aún después de 1945 que en 1648, luego de firmarse la paz de Westfalia, o incluso al término de la ofensiva del imperialismo napoleónico. La construcción del muro de Berlín ha quedado como la parte anecdótica de la Guerra Fría, ya que todos los países que soportaron el peso de la hegemonía soviética —para utilizar el término que señalan como políticamente correcto—, vieron limitados los principios fundamentales del ser humano, como la libertad de expresión, de asociación o de movilidad entre países.

Las fronteras, esas líneas en un mapa imaginado, se determinan por la voluntad humana y los accidentes de la historia, de no ser por los naturales como los Alpes, el Rin o los estrechos, que permanecerán idénticos hasta el fin de los tiempos. Esto es: la geografía no se hinca ante los caprichos del dictador en turno. La segunda mitad del siglo XX europeo será recordada como aquélla en la cual explotaron las individualidades, las etnicidades y la reivindicación que tiene la soberanía popular para determinar el destino de los pueblos. Una tragedia continuada que sin ser entendida en su totalidad se apodó con un término fácil y más bien lamentable: “la balcanización”.

Cuatro lenguas, cuatro países, cuatro literaturas.

Sería demasiado arriesgado dibujar una vereda compartida para lograr una aproximación crítica lejos de la parcialidad y los gustos personalísimos. El crítico es un lector y al serlo no pierde su derecho a ignorar lecturas que guardan menos sentido que otras, dada la velocidad del tiempo y de la vida misma. Los cuatro países europeos que ahora portan la corona de esta Feria Universitaria del Libro —Bulgaria, Hungría, Polonia y la República Checa—, cuentan con escritores y artistas que han alimentado con su ingenio el alma universal del hombre. Y esto no es decir poco. Habla de tradición y de un esfuerzo continuado por enfrentar/interpretar/poblar con signos, el inexorable paso de los días. La tarea del arte, diría Ernst Gombrich.

Una tentativa similar sería agrupar las literaturas de Argentina, El Salvador, Paraguay y México, que aún cuando pudieran guardar elementos comunes dada la lengua o la historia compartida, su distancia en términos de búsqueda y percepción estética concluye insalvable. Pero hasta los grandes ríos tienen deltas, que se abrazan y logran fundirse. La Historia con mayúscula es un afluente único, al menos por lo que hace al periodo moderno, ya que el sello lacrado de esos países europeos es que padecieron los vaivenes ideológicos y políticos de las guerras mundiales, el nacimiento y posterior derrumbe de la utopía socialista y, al final, la construcción de una nación moderna que rescata la identidad sepultada bajo las consignas del partido, y los colmos de la intelligentsia que se arrellanó en el aparato cultural de la dictadura.

Desde México se leen lejanas estas literaturas ya que no son cuantiosas las traducciones de autores modernos y menos aún contemporáneos. Les han dado seguimiento el erudito, el especialista y el lector atento —mi caso, por ejemplo—, que ha encontrado valores estéticos singulares que no es posible hallar en otras coordenadas. La sombra gigantesca de los autores anglosajones, seguido de la velocidad feroz con la que se publican novelas de escritores franceses, confinan a estas literaturas a la vitrina del connoisseur y al esmerado que persigue la rareza. Presenciamos una manera de darle un año sabático a los irremediables libros de Haruki Murakami, Paul Auster o Amélie Nothomb, ya que el universo de lecturas es más amplio.

Por otro lado, ignoro si se imparte en nuestro país una carrera de letras específica para aprender los idiomas de las naciones que nos acompañan, y que a la par ofrezca la opción de formarse como traductor, tal como existe para letras alemanas, italianas o portuguesas. Tiendo a pensar que no es así. En fin, las carencias están a la vista y encuentros como esta feria desempeñan la función de acercar a nuevos potenciales consumidores de objetos culturales a otras formas de producción artística.

Aquí propongo un recorrido.

 

2.

Riesgoso juntar una fotografía de familia que integre a los miembros más destacados de cuatro literaturas. Para este ejercicio elegí sólo narrativa del siglo XX por su presencia en el medio editorial mexicano, y porque la juzgo autónoma y confiable ya que logró distanciarse de la fórmula heroica del realismo socialista. La épica del campesinado que tolera las condiciones opresivas del capitalismo, y triunfa por organizarse en un objetivo común, se fractura para integrar a cualquier forma de expresión de lo humano.

*

Por lo que hace a la República Checa sobresale Karel Čapek (1890-1938), maestro entre los raros y que con La guerra de las salamandras (1936) ha estado en el gusto del lector hispanoamericano debido a las traducciones de la obra. A Čapek le preocupaba el destino del género humano, en particular a la luz de los avances tecnológicos. Le aterrarían las redes sociales y el correo electrónico. Se le atribuye la creación de la palabra “robot”, que integró en el texto de una obra teatral en 1920 para designar a entidades sin apenas voluntad, aunque con forma humana. Una derivación del homúnculo medieval alquímico pero impulsado por una tecnología incipiente y más bien intuitiva. El cine le estaría muy agradecido de su invención.

A la par tiene un lugar de privilegio el autor checo Jaroslav Hašek (1883-1923), recordado por El buen soldado Švejk (1920-1923), la novela antimilitarista más demoledora jamás escrita. Hašek conoció la vida militar al servicio del ejército austrohúngaro para luego unirse a los bolcheviques. Luego de sus aventuras regresó a Praga para dedicarse a escribir de tiempo completo. De este periodo es la novela, que se publicó por entregas y nadie podría aislarlas de sus vivencias autobiográficas.

Dos paradas indispensables con lo más representantivo de una literatura.

*

Polonia, por su parte, ha dado escritores fundamentales a las letras universales desde que el nacionalista y romántico Adam Mickiewicz (1798-1855) escribiera Pan Tadeusz (1834), el poema épico nacional del país.

Por lo que hace a la literatura contemporánea es destacable la obra de Sławomir Mrożek (1930-2013), escritor satírico que falleció días atrás y quien guarda semejanzas con el mejor Augusto Monterroso, dada su capacidad de síntesis irónica y ese acento de humor negro que si no está bien procesado termina por caer pesado. Pero él es un maestro, claro. Cada una de sus parábolas se distinguen del resto y hablan directo sobre los vicios de la sociedad actual. También sobre lastres que arrastramos desde siglos atrás. Cronista puntilloso de nuestro paso por este mundo, Mrożek parece concluir que el laberinto humano no tiene puerta de salida.

Su obra literaria se conoce poco fuera de las fronteras polacas, sin embargo le corresponde un lugar de primera línea en la literatura actual. No es posible recomendar ningún título en particular de Mrożek, ya que cada uno ofrece un extenso repertorio de finísimo sarcasmo y meditaciones sobre la fragilidad de la condición humana.

Pero lo cierto es que la literatura polaca, a pesar de haber sido una de las más heridas por el régimen comunista, no dejó de parir voces singulares. A pesar de su distancia y de la virtual imposibilidad de leer a sus clásicos en la lengua original, varios autores tienen una presencia constante en el imaginario de los lectores hispanoamericanos. Pienso en Henryk Sienkiewicz (1846-1916), autor de Quo Vadis? (1896), uno de los más recordados debido a la adaptación cinematográfica de su novela; asimismo destaca la visión distópica de Witold Gombrowicz (1904-1969); y las ficciones científicas de Stanisław Lem (1921).

Ahora bien, quizá ningún autor polaco haya meditado la realidad de su país como Adam Zagajewski (1945), destacado poeta, ensayista y novelista. Exiliado durante veinte años, regresó a Polonia en 2002. Su obra es abundante y se perfila como una de las más penetrantes para identificar las causas y consecuencias de los regímenes totalitarios. En otra vertiente, su poesía se resume intimista y por lo mismo evita la clarividencia de la monumentalidad, resguardándose en la seguridad de la vivencia imperceptible. Un aliento poético delicado para un país que padeció en carne viva los estragos del nazismo.

En sus ensayos, por su parte, se intuye una desconfianza generalizada de las fórmulas humanas para combatir el tedio, aunque deja abierta una interrogante para asomarnos a la otra realidad, la poética.

*

Por lo que hace a Bulgaria, el lector hispanoamericano tiene trato regular con la obra Elias Canetti, dadas las ediciones populares de sus libros, aunque en realidad es un caso atípico ya que escribió en alemán. Mismo caso de Franz Kafka, que era checo.

En otra vertiente, se inician las labores de traducción para acercar de nuevo al lector hispanoamericano a la obra de Dimitar Dimov (1909-1966), célebre por la adaptación cinematográfica de su novela Tabaco (1962), dirigida por Nikola Kobarov, que si bien se realizó bajo los dictados del realismo socialista, se aparta con sutileza de la estética dominante para explorar nuevos sentidos al añadir elementos oníricos en los personajes.

La novela del mismo nombre, extensa y polifónica, se publicó en los ochenta por la UNAM. El caso de Dimov es de particular interés por su relación con el mundo hispánico, su amistad con Neruda y los comunistas españoles. De igual modo, el autor búlgaro dedicó muchas páginas a su relación con España y la guerra civil.

*

La literatura húngara, por su parte, es una de las menos exploradas en el ámbito hispanoamericano. Su desconocimiento aparece no sólo a nivel de investigación erudita sino también por lo que hace a incursiones editoriales de sellos hispánicos. Esta carencia tiene repercusiones a un nivel más elemental: los lectores ávidos de explorar narrativas remotas, se enfrentan al muro de la invisibilidad editorial. El mundo europeo, refulgente y abrigador, pareciera terminar en Alemania, Austria e Italia, al tiempo que una enorme sombra se posa sobre Escandinavia, los países del Báltico, los Balcanes, los países que hoy nos ocupan, para renacer luego en San Petersburgo y Moscú.

En el medio editorial hispánico circula un puñado de autores magiares y la mayoría son modernos. Es posible leer casi toda la obra de Imre Kertész y también la imperdible novela de Ádám Bodor, El distrito de Sinistra (1992). A estos tres autores se suman las novelas de Sándor Márai (1900-1989), que han logrado el favor de los lectores y es un agudo retratista de la decadencia de la clase media húngara y quien, en su doloroso exilio en California, optara por quitarse la vida; y asimismo la novelística catedralicia y más bien ampulosa de György Konrad.

Esta débil presencia se ensombrece aún más cuando es perceptible la ausencia de escritores clave de la literatura húngara, como Sándor Petöfi, (1823-1849), autor romántico de escritura privilegiada; Mór Jókai (1825-1904), escritor y patriota húngaro; o Gyula Illyés (1902-1983), un escritor que estando exiliado en Francia, trabó amistad con Jean Cocteau y Paul Eluard para después hacer una importación de las vanguardias literarias a tierras magiares.

Subrayo las narraciones de László Krasznahorkai (1954), que han logrado notoriedad lo mismo porque han sido llevadas al cine por el director húngaro Béla Tarr, como por sus arriesgadas estructuras hipnóticas. Sus libros son artefactos a descifrar, enigmas modernos, vuelos de águila que se pierden en el horizonte y cuya trayectoria no podemos seguir porque el sol quema los ojos. Krasznahorkai escribió, por ejemplo, Satantango (1985), o el “tango de Satanás”, en español, cuya adaptación cinematográfica ha logrado el consenso generalizado de la crítica cinéfila. De lectura retadora, sus tentativas recuerdan que la novela es un objeto móvil que no admite una formulación definitiva. Por el contrario, que sigue buscando su forma en una sala de espejos móviles.

Krasznahorkai es un memento continuo de que los dictados del mercado se pueden poner en pausa, y que existe la posibilidad de intentar otro modo de libertad, menos reducido. En La melancolía de la resistencia (1989), por ejemplo, la exhibición de una ballena en un pueblo no identificado, ayuda a construir una atmósfera apocalíptica y posmoderna. Béla Tarr la llevó al cine con la colaboración de Krasznahorkai en la película Las armonías de Werckmeister (2000). Estamos ante una literatura mayor, pensada a fondo.

Imre Kertész, por su parte, ganó notoriedad con la concesión del premio Nobel en 2002. Su obra es una vuelta en espiral para mirar con detenimiento la mayor tragedia del siglo XX mundial: los campos de concentración nazis. Y es que acaso nadie haya escrito con tanta claridad sobre la experiencia concentracionaria, luego de Primo Levi. Toda su narrativa orbita alrededor del sinsentido de la modernidad y de los mecanismos del terror ejercidos desde la estructura del poder. No queda duda de que la obra de Kertész saltará la prueba del tiempo y será leída como la radiografía más exacta —y por tanto más lamentable—, del triste siglo XX.

Muchas gracias.

*

Twitter: @Luis_Bugarini