[Algunas consideraciones críticas sobre la obra de George Steiner.]

*

El ejercicio de la crítica nunca ha sido bien recibido. Sea literaria, moral o de cualquier otra índole, cuestionar ideas preconcebidas genera murmuraciones. La eterna sospecha de que el crítico es un “escritor malogrado” impregna de tal modo su labor, que se tiene por sentado que cualquier escrito suyo será un lance rencoroso contra quienes han conseguido crear una obra perdurable.

Julio Torri da cuenta de esa perversión en “La humildad premiada”, en De fusilamientos (1964): “En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria”.

Esa aura de prejuicio ha seguido a los críticos a lo largo de la historia. Sin embargo, su labor nutre un entorno cultural, pues aporta otra perspectiva y cuando es necesario arriesga libelos para estimular el debate. Incluso en la condena y el grito, la crítica actúa sobre los contenidos.

Roland Barthes señaló que el siglo xx fue “el de la crítica de la crítica”. La serpiente que se muerde la cola. El acto de comentar algún texto literario ha quedado trascendido por la tentativa de explicar lo que significa su creación. La crítica experimentó un giro que descompuso su modo histórico de enunciarse. Las diferentes escuelas críticas (Lukács, la estilística, el Círculo de Praga) vieron sobrepasadas sus tentativas, y se llegó al punto de no enjuiciar a las obras como una unidad de sentido, sino como textos, cual si fuesen fórmulas de significación.

El estructuralismo, por su parte, con sus derivados de programas ideológicos (Marx, Freud, Nietzsche, Saussure, etc.), no sólo logró llamar la atención sobre la importancia del lenguaje en el conocimiento de la realidad, aunque emprendió la crítica de los lineamientos prestablecidos para la valoración de los accidentes fenomenológicos. A pesar de ciertas afectaciones teóricas más ampulosas que originales, y su prosa que concluye desconcertante y hasta ilegible (los Seminarios de Lacan, por ejemplo), el aporte de su tarea es imperdible. Sus contribuciones han permeado la cotidianeidad, y no pocas de sus ideas se han vuelto lugares comunes.

 

 

 

George Steiner (1929), a pesar de ser contemporáneo de los estructuralistas, se apartó de sus hallazgos para construir aplicaciones teóricas más asequibles para el lector. En principio, su trayecto de vida es un muestrario de la errancia forzada que motivaron los hechos bélicos del siglo pasado. Steiner nació en París de padres judíos austriacos y emigró a los Estados Unidos, donde ha ejercido la docencia. Ese origen es un factor clave para comprender su obra. Su trilingüismo (alemán, francés, inglés), lo aproximó a los misterios de la comunicación y de la traducción, y le permitió adentrarse en diversas tradiciones literarias. Steiner concluye como una mezcla feliz de la asimilación cultural. Alejado parcialmente de los intelectuales franceses de la posguerra, aprendió lo mejor de cada uno para emprender una crítica del mundo a través de una institución capital: el lenguaje, uno de los protagonistas más significativos en la vida intelectual del siglo XX.

Los existencialistas lo desdeñaron para concentrarse en el cambio social. La intelectualización del lenguaje, como un lugar central en la filosofía, gana fuerza con Ludwig Wittgenstein (1889-1951), autor de la filosofía analítica, un programa filosófico desbordante y atribulado. Mientras París se concentraba en meditar cómo dirigir con éxito la revolución y adoctrinar mejor a las masas, en otros lugares se reflexionaba sobre cuál era el sentido del lenguaje articulado y, si era posible, calcular el alcance comunicativo de las palabras en una entidad comunitaria.

Steiner, a pesar de vivir y enseñar Lengua Inglesa y Literatura Comparada en Estados Unidos, siguió con atención el fervor intelectual de la vida francesa. En Errata: el examen de una vida (1997) refiere parte de esa excursión a la obra de sus contemporáneos. Como cualquier otro joven que se formaba, gozaba del jazz, los encuentros poéticos, la lectura fervorosa y secreta del primer Borges. Pero cuando se publica Extraterritorial. Ensayos sobre literatura y la revolución lingüística (1968), que delimita las fronteras de su búsqueda, hace una declaración que podría ser el eje de su obra: “el hombre es un zoon phonanta, un animal que habla. Y no hay otro como él”. Este énfasis en las capacidades verbales del ser humano, sugiere la que será la ruta de viaje de su labor: el hombre, al hablar, emite señales con significado y éstas constituyen el límite de su realidad.

Es ahí en donde se engarza la función de su ejercicio crítico: no “desentrañar” ni fijar sentidos, sino aproximar el sentido de una significación, el cual admitirá variaciones. Entre las palabras y la realidad hay una brecha. Foucault lo refiere en Las palabras y las cosas (1966), y lo extiende al resto de las ciencias humanas. Una dicotomía que se expresa en que el ser humano ha perdido la certidumbre de su interpretación del mundo. El lenguaje sufrió una fisura y acaso es irreparable. La experiencia comunitaria es una memoria de tiempos antiguos. Al crítico, por su parte, no le corresponde regenerar ese sentido ni formular otro, sino articular una aproximación al entorno.

George Steiner se aleja de otros críticos contemporáneos, como Harold Bloom, por su afán universalista. Sus preocupaciones trascienden a las del crítico norteamericano, para quien cualquier manifestación literaria moderna es deudora de Shakespeare. Steiner lo mismo puede abordar el problema del lenguaje de las abejas o los delfines, que el carácter apesumbrado de Tolstói. La crítica de las costumbres se enlaza con la crítica literaria, y el producto es una meditación dedicada sobre las formas del mundo. Steiner rehusaría la elaboración de una obra como El canon occidental (1994), pues integrar un listado ejerce un juicio de calidad y no permite el ejercicio libre de la intuición en la selección de los materiales.

 

 

 

Otro mérito a destacar del autor de Presencias reales (1989) es el de ser un puente humanístico, ya que su conocimiento de la cultura europea, aunado a su experiencia en el mundo norteamericano, lo hicieron reflexionar sobre la trasplantación cultural. En Los archivos del Edén, por ejemplo, indaga sobre la naturaleza histórica de Estados Unidos y concluye que Europa ha generado pensadores que en América aún no han podido germinar. La cultura norteamericana tiene gran capacidad de entendimiento, aunque poseen una categoría inevitable: son producto de un trasplante.

Es de agradecerse en sus obras la legibilidad, el estilo diáfano. Steiner logra que el lector, más que admirar boquiabierto sus hallazgos, se integre a la búsqueda y extraiga algo para sí. Sabe que la función del crítico no es ilustrar lo incomprensible, sino hacer perceptible la creación y sus aristas. Así, debido a la claridad, su pensamiento se aparta de los estructuralistas. Steiner abre caminos y reordena los que ya existen para jamás terminar con una afirmación inapelable. Está convencido que la Última Verdad no se aparece en las excursiones del crítico. En su trayectoria intelectual es palpable un tránsito hacia lo comprensible, y se aparta del gueto academicista para hablarle a sus lectores. De tal suerte que el acento formalista de La muerte de la tragedia (1961) contrasta con el rostro afable de Pasión intacta (1996).

Wittgenstein afirmó que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestra realidad. Nuestro conocimiento se ampliará o reducirá según la capacidad intelectiva que poseamos para designar al mundo. Es un acto de demiurgos. Dios creó al mundo con palabras. Ejemplos: (i) “En el principio era el verbo…” y (ii) “Y Dios dijo: hágase la luz y se hizo la luz…” Lo que no podemos nombrar no existe, carece de corporalidad y conceptualización. En ese recorrido en busca de la palabra, cada quien traza el esquema de sus antecesores e influencias. Steiner, en cada obra, enuncia a sus principales maestros: Kafka, a quien dedicó ensayos de interpretación; Heiddeger, de cuyo pensamiento integró una monografía; Kierkegaard, un pensador más bien excéntrico, y otros más. La palabra se nutre de la experiencia y el contacto con la realidad. La intuición, desprovista de potencialidad compartida, termina en artificio.

 

 

 

Steiner es uno de los últimos pensadores que han dedicado incontables horas a buscar sentidos e interpretaciones, mientras se hace nuevas preguntas. Sus obras son una indagación a fondo de los mecanismos del intelecto. Nostalgia del absoluto (1974), por ejemplo, no evade la crítica de la órbita política. Aunque está lejos de ser el intelectual que opina a granel, no le son indiferentes la informática, el arte contemporáneo o los experimentos de la narrativa. Steiner, en materia política, se define: “Me considero un anarquista platónico. No una papeleta electoral”. El ejercicio de la individualidad antecede a la pertenencia societaria. Imposible que fuera de otra manera.

Esa distancia crítica de cualquier certeza ideológica hace que sus lectores busquen en él a un cuestionador profesional. Su especialidad es la de ser un curador de la “cultura”, un término que pierde claridad día con día. Steiner propone En el castillo de Barbazul (1971), un análisis de su decadencia y elementos para su reconstrucción.

Sus preocupaciones lo llevan de la filosofía del lenguaje a los escritores que abandonaron su lengua para escribir en otra, y de las posibilidades de la poesía a la necesidad de leer apasionadamente. Todo con un hilo conductor: el lenguaje. La forma de su crítica termina higiénica. En su calidad de judío, por ejemplo, no se permitió condenar las obras de Céline, a pesar de que éste fue partidario del antisemitismo. Steiner las explora y lee con atención. Pasa de largo ante la condena fácil, la adjetivación ofensiva, el desechamiento tácito. Su ejercicio de crítica está planeado para ser un diálogo, no la imposición de un monólogo —por más ilustrado que pueda ser—. La experiencia del siglo XX dejó clara la necesidad de sembrar la cultura del coloquio, de la tolerancia. Y eso es lo que hace Steiner: poner a conversar a sus actores.

Esa calidad de puente es visible en Después de Babel (1975), que aborda los misterios de la traducción. Sin intercambios, las civilizaciones mueren. Traducir una obra introduce otros valores en una cultura. Es la vivencia de la otredad a través de las obras. Los valores se desecharán o se adaptarán, pero lo que interesa es que se conozcan y difundan. Steiner, lejos de las predicciones fatalistas que hiciera Spengler en La decadencia de Occidente (1918-1922), apuesta por sus hallazgos más notables. No cierra los ojos ante la maldad y el odio que es capaz de albergar el hombre, pero al lado de esas acciones oprobiosas, también figuran las creaciones más elevadas de la humanidad: el arte.

 

 

 

Steiner pasó su juventud en las aulas —sin apenas mérito, según refiere en Errata— y se inició joven en la docencia. No fue a la guerra, y por tanto no vivió las angustias del frente y el pelotón. Su experiencia fue la del testigo y espectador adolorido. A la barbarie, opone el pensamiento, el sentido común. No es, empero, un racionalista. Su obra no está cifrada en un apostolado crítico. Sabe que existe la irracionalidad que habita el alma humana. Pero, con todo, en sus obras hay optimismo. El análisis crítico del pensamiento no tiene límites. Cada obra aporta, propone, destrenza los nudos.

La recepción entusiasta que tiene su obra crítica en los países de habla hispana demuestra aseo intelectual. Su labor se difunde y las traducciones de sus obras se consiguen en ejemplares accesibles. El ejercicio de la crítica se reposiciona no sólo como un empeño plausible, sino también como un arte noble. Cada uno de sus ensayos es una puerta de entrada y Steiner nos recibe con hospitalidad. Un pensador, consciente de su función, tiene una misión fecundadora y expansiva.

La lectura de sus obras es una indagación necesaria para vislumbrar el alcance de la palabra escrita.

*

Twitter: @Luis_Bugarini