[Sobre Pecados predecibles (2013) de Claudia Guillén, publicado por Lectorum y la Universidad Autónoma de Nuevo León. Texto leído en la presentación del libro en la Casa Refugio Citlaltépetl, el 17 de diciembre de 2013.]

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La literatura mexicana tiene rostro grave. Le apasionan los grandes temas y además los intenta: el poder, la identidad, el lenguaje, el padre. Cuando se suelta el pelo ignora los matices de la ironía y se embriaga con sarcasmo. Entre los eructos de la mala copa suelta tiros al aire, que pueden oírse en la noche. Esta forma de corrosión es un mal endémico, pues su burla jamás es tenue y el chiste a costa de los demás alimenta la sobremesa.

Pecados predecibles (2013) de Claudia Guillén prueba que hay un camino lateral. Que es posible sobreponerse a la gravedad y asumir la cotidianeidad como una puerta de entrada al hecho literario. Porque se agotaron las zonas prohibidas y el periodo de veta, y todo está permitido. Una  mirada femenina se admira ante el fluir súbito de vidas que se filtran por rendijas de alivio.

Y es que luego de recorrer el estante a vuelo de pájaro, me descubro lector de cuentos. Y por tal entiendo obsesivo, apremiante. Busco la última línea, el gesto final. O más bien atento y reiterado: virtudes menos frecuentes, según entiendo, por la distracción mediática interminable que nos aleja de la lectura. No podría afirmar, a la manera borgiana, que apenas leo novelas por intuirlas farragosas, aunque haría mal en minimizar la placidez que me da iniciar la lectura de un libro de relatos. Claudia Guillén me obsequió una invitación al descubrimiento y la experiencia fue muy grata. Las novelas, por su parte, ahí están, agazapadas y expectantes. Esperan esa flexión sensorial que me permita alcanzarlas.

Guillén recuerda al lector en cada página de esta reunión de cuentos esa tentación del extremo que permea la literatura hispanoamericana. Reímos para matar o lloramos para consumirnos: desconocemos los puntos grises, las medias tintas. En nuestro cultivo del humor este punto es irrenunciable. Poseídos por el espíritu de lo escatológico, nos reconocemos proclives a imitar la sangre que escurre de los epigramas de Góngora o las burlas corrosivas que parió Gracián. En la brutalidad, parece, yace el éxito, esto es, la violación subterránea del escucha o adversario.

Y es que a fuerza de machacar sin descanso la idea de que el cuento no es vendible en la actual estrategia editorial, el lector ha terminado por desconfiar de los volúmenes de relatos. En consecuencia, se opta por la novela oceánica considerando la promesa de que una historia dilatada, con cientos de personajes y acciones, habrá de revelar los arcanos del misterio literario. Y no bastaron los cuentos de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Felisberto Hernández, para probar lo contrario. Pero los destellos y sacudidas también surgen disparados en la ficción súbita y el relato que busca dar cuenta de un solo hecho, tejido alrededor de una obsesión única. Es el caso de estos Pecados.

Las letras hispanoamericanas, vuelvo, figuran cruzadas por el signo de lo grave, seriedad que no pocas veces roza el acartonamiento y las arquitecturas narrativas amaneradas. Y no obstante, al igual que sucede con la novela negra, los relatos del acontecer cotidiano son necesarios en cualquier literatura debido a su capacidad para sugerir aspectos apenas entrevistos de la naturaleza humana o, en caso contrario, para ridiculizar los que se tienen por establecidos.

Lo anterior debido a que aquello que cautiva es tormentoso, dijeron los románticos y también los decadentistas. Yukio Mishima, por ejemplo, que se inició en el “mal hábito” de la masturbación ante la imagen icónica del San Sebastián de Guido Reni, y la cual refiere fue directo a la basura por los daños consecuentes, recuerda el evento como “un lastre de pesar y culpa, una mezcla infeliz de sensibilidad extática”. Así las cosas. Pero ese acontecer cotidiano huye de las cartografías. Se fuga de los mapas. La aurora limpia las asperezas, los pliegues que huyen de la naturalidad. El detritus, para abreviar. Porque vivir es despeñarse. Ya lo dijeron los trágicos griegos.

No es labor del crítico hacer carrera de agorero, aunque lo disfruta. Pero al leer relatos como “Pájaros de humo”, “Camelia” o “Nudo”, adivino que estamos ante piezas que se recordarán de Claudia, y serán modelo de aproximación a una mirada femenina sin afectaciones o amaneramientos. En estos relatos no huele a esmalte de uñas, ni a quejas por ser mujer. Hay hechos narrados, historias para compartir, anécdotas de lo inmediato. Estamos ante una autora que conversa con el oficio antes de intentar someterlo, y sin retarlo lo acicala. Aquél se deja feliz y rinde frutos.

Al final, son los cuentos que leería Rosario Castellanos con aprobación.

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Twitter: @Luis_Bugarini