[Aquí inicia otra serie de escritos: Rendijas.]

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Luego de hojear con obstinación otro libro de mística, ilustrado con imágenes de santos, intérpretes de la verdad divina y hasta destellos sublimes, me armé de valor para preguntarle al párroco de la colonia si el encuentro con la divinidad se experimentaba como un “golpe de luz”, o como una inmersión en una obscuridad pacificante.

El asunto me interesaba porque en esos meses atravesaba una de las epidemias alcohólicas más graves que haya vivido, y porque días atrás me había caído con estrépito luego de perder el equilibrio. Esto sucedió en medio de la sala de la casa, más bien pequeña. Fuera de los daños materiales —una silla, un florero y tres portarretratos familiares, todos irreparables—, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento durante varios minutos, a decir de Tania. No me quejo. Aquello fue un vislumbre. Entreví ese túnel de luz que todos equiparan a la recepción de Dios con los brazos abiertos. O, al menos, a esa sala de inspiración odontológica en la que habremos de ser juzgados según el rigor de la hora. Aunque podría, no obstante, ser otra alucinación derivada del exceso y la mezcla de licores.

El párroco se extrañó de estos cuestionamientos. No era yo el feligrés más asiduo, y en más de una ocasión le increpé sobre la superioridad de la traducción de Casiodoro de Reina, que se rehusaba a leer en misa debido a su “acento aristocrático”, y a su aire de protestantismo radical. Ya había transcurrido toda la historia del mundo desde que fue publicada, pero él era de opiniones muy firmes. Luego de vencer sus reticencias, me hizo saber que el llamado del Altísimo es un misterio, por lo que era imposible adivinar la forma de sus manifestaciones. Podría revelarse de cualquier manera impensada, incluso en la charla casual de una viejecilla que ayudamos a cruzar la calle. Lo haré más seguido, pensé. Hizo referencia a la historia personal y acaso íntima de múltiples santos y beatos. Su conclusión fue que quien aspira a ese contacto debía mantener un estado de alerta permanente. Abrir los ojos de la “inteligencia superlativa”, así la llamó, y extremar la sensibilidad para descifrar ese posible mensaje divino. Cerró su despliegue erudito —nada pesado, si he de ser justo— con una cita de Goethe que me alarmó: “A lo más alto que puede aspirar un ser humano es a la maravilla”, y yo deseaba estar en contacto con ella. Nos despedimos sin apenas entusiasmo.

Que pretendiese utilizar la ebriedad para llegar a Dios no era un proyecto descabellado, pero no se lo dije. Tenía muy claro que cuando el alcohol nos inunda, destella en nosotros otra personalidad. Nos desplegamos, si se quiere. Tras esas rendijas, todas centellantes y fuera de método, se asoma el numen. Habla a través nuestro, establece relaciones inusuales, sugiere una vereda lateral, que pudiera ser un acceso insólito a la santidad. En casa tenía abierto un libro de Sexto Empírico, que defendió suspender cualquier juicio. Y él no buscaba a Dios, créase o no, sino la expresión más equilibrada del razonamiento humano. Era un filósofo, antes que un santo o un aspirante a serlo. Porque entregarse a un concepto totalizante es una derrota de la indagación. Esto le comentaba a Tania mientras comíamos sushi en un lugar muy concurrido. El ruido que llegaba de otras mesas me impedía exponer con más detalle la actualidad del escepticismo griego. Intuyo que me ignoraba porque sonreía con discreción. Según leí horas después, modificó su estatus de Facebook para anunciar que el niño estaba enfermo de gripa, y por ello no asistiría a la cena de sus amigos de generación. Esto no era cierto —estaba más rozagante que nunca— pero “suspendí el juicio” y no he vuelto a experimentar semejante tranquilidad de ánimo.

El trozo atún que me sirvieron estaba verde en algunos pedazos. Había superado la línea de ingerir alimentos crudos y sobrevivir, aunque no me había probado en el arte de ingerir aquellos descompuestos. Y es lo que viene según la guía Michelin. Llamé al mesero y se lo hice saber. Miró el plato con perplejidad, como si no fuera cierto lo que yo decía. Llamó a un individuo con saco negro y rostro seco. Observaban con atención el platillo. El atún, por su parte, se rehusaba a confesar la causa de su tono verduzco. Tania nos observaba en silencio. Uno de ellos hizo traer a otro empleado, al parecer el cocinero. Ya eran tres individuos cavilando sobre la higiene de mi platillo y ninguno me resolvía sobre la conveniencia o no de ingerirlo. Empecé a perder la paciencia. Los increpé con molestia. Uno de ellos, el que llegó al último, más enjuto que flaco y de ascendencia japonesa, refirió con un español apenas aprendido:

—Es el estado de lo vivo, pues el fuego es el elemento. Si se cambia, todo sigue igual.

Así lo dijo. Abrí los ojos conmocionado, y me detuve a paladear cada una de sus palabras. Contuve a Tania, que amenazaba con pelearse con el mesero. Pensó que me habría irritado, pero estábamos en presencia de la manifestación de una verdad esencial. Había sucedido una cascada de accidentes para que aquel japonés dijese esas palabras, en el momento en que lo hizo, que se remontaban al juicio de los presocráticos. Y otros más para que yo lo escuchara. Devoré el atún convencido de que, como decía el párroco, estamos rodeados de sinuosidades que para andarlas exigen una perspectiva más atenta. Nada más terminar, abrí la aplicación de Twitter y publiqué aquellas palabras tal como las había dicho el japonés. Luego de algunos minutos cuatro usuarios le dieron retweet, tres más lo marcaron como favorito, y otro más me escribió en un mensaje directo: “Es que el fuego purifica, mi Luis. No perder la perspectiva”. No le respondí, aunque pensé que también genera humo, y eso lejos de purificar disminuye la cantidad de oxígeno en un entorno. Semanas después cerré la cuenta aunque el párroco ya me seguía, pero nunca dejé de beber anís.

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Twitter: @Luis_Bugarini