Llevaba una vida aburrida y deseaba ponerme en peligro de muerte. No morir, eso es distinto. Esta tentativa iría orientada a llegar hasta la frontera apenas distinguible entre la celebración plena de la vida y ese vislumbre del minuto final. Es un instante que arroja los dados lo mismo sobre el presente, que sobre ese futuro posible y acaso distinto. Ignoro qué liberó este deseo llano, pero una vez aparecido resultó insalvable.

La intención era llegar hasta ese punto y volver lo más íntegro posible, y acaso ileso. El cine es un muestrario singular de formas de morir aunque todas resultan falsas. Es una máquina de ilusiones, al final. Un vecino me recordó el caso de Brandon Lee, claro, pero aquel accidente cruzó la frontera que yo no deseaba traspasar. Puesto así esto se antoja un disparate. Lo comprobé cuando apenas hallé algunos libros en la biblioteca sobre el hecho de morir. Los volúmenes se repartían en los siguientes rubros: (i) supera la ausencia —si murió algún familiar—, (ii) abandona tu idea de morir —si eres un suicida potencial—, (iii) estadísticas sobre el suicidio y, al final, (ii) infinidad de obras sobre los daños sociales que produce un suicidio. No fue posible hallar libros sobre la frontera entre ambas condiciones: estar vivo o muerto. O porqué alguien desea explorar ese lindero. Esto fue un hallazgo. No encontrar bibliografía sobre el fenómeno fue tentación suficiente para intentar una aproximación a este deseo. Acaso estaba ante el descubrimiento de una patología inédita y, a la par, yo era el único portador de ese desequilibrio. Nadie se resiste a la singularidad. Anoté lo siguiente en un cuaderno: “imaginamos natural el paso entre la vida y la muerte y podríamos estar en un error. La vereda intermedia es un dibujo que nadie ha visto”. Y seguí con otras reflexiones. Me puse en contacto con un especialista en tanatología que entendió lo que buscaba. De manera profusa me dijo que ese estado era parecido a hallarse en “coma”, esa suspensión entre el hecho orgánico que no cesa y la ausencia de un yo que se reafirme. Es un mapa sin nombres de lugares. No me pareció tan evidente y se lo dije. Luego de un café me invitó a conocer algunos pacientes en una clínica cercana.

—Es imposible detallar el nivel de actividad cerebral en la mayoría de ellos, aunque es innegable su desconexión de la realidad colectiva —dijo.

Entre sala y sala entendí que eso no era lo que buscaba, pues la mayoría de aquellas personas no habían llegado a ese estado por voluntad propia. Habían sido accidentes, la edad, enfermedades crónicas, las traiciones melindrosas de la circunstancia. Le agradecí, de cualquier modo. Salí a caminar, perturbado. En la calle todos eligen la vida, con sus piruetas y andar presuroso. Los rostros de hartazgo se transmutan con la risa ocasional de una broma, un beso o la caricia de un ser querido. Me sentí frente a un territorio ignoto y sin brújula, un finisterre del conocimiento. Entendí que lo que no es útil a la naturaleza humana no se estudia. Que nuestro “avance” es un andar entre espejos de pragmatismo que ignora los dobleces de la condición humana y la ponen en entredicho.

Subí al auto y me fumé el último cigarrillo antes de encender el motor. La tarde se despedía. Aquel hospital estaba en lo alto de una colina, lejos de la ciudad, desde donde podía observarse el movimiento de nuestra labor incansable. Los destellos finales de un sol de abril iluminaban el cielo, dándole un matiz rojizo. Si el mapeo de fronteras había terminado —que es una exploración de límites—, entonces el hombre camina hacia la extinción, me dije. Encendí el auto y aceleré afiebrado. El vehículo me llevaría a ese punto de fricción entre la normalidad y el sentido último de nuestros alcances. Olvidé toda noción de civilidad y no me detenía en los semáforos. Sólo éramos el auto y yo, la máquina y su dueño, el medio y el ¿fin? Las luces de la ciudad sembraban mi visión con destellos, cometas y ecos de luces remotas. La licuadora de la percepción aceleró las aspas. En mi cabeza las formas perdieron sus límites precisos, arbitrarios y comodinos, para fundirse en una masa irreconocible de sustancia primigenia. La insólita mezcla de compuestos que persiguieron los alquimistas a bordo de un compacto japonés. En el punto más alto de la visión cerré los ojos sin bajar la velocidad. Fue un segundo nacimiento y recordé la línea de Charles Baudelaire: “el ojo interior lo transforma todo”. Una mirada que ahora me observaba con insistencia, al igual que Dios, pues esa es la única geografía que atiende y yo había llegado hasta ahí.

Al llegar a casa cené con normalidad. Había cumplido mi objetivo. Tania había preparado espagueti con alcaparras. Aún había una porción en la cacerola y lo comí con entusiasmo. Cuando llegué ya estaba dormida. Me terminé la pasta y bebí dos copas del vino que estaba en el refrigerador. Luego encendí la televisión y sintonicé un programa sobre la historia del imperio japonés. Perdí el hilo entre tanto emperador, dinastía y cabecilla militar, y me quedé dormido en la sala. No pasó mucho antes de que el estómago se me revolviera. Me despertó el sonido repetido de un chisporroteo interior. Algo burbujeaba dentro de mí. Alquimia gástrica capaz de alterar la percepción. Esto me hacía dar vueltas en el sillón de un lado a otro, cual animal a punto del sacrificio. Vomité repetidamente y la desazón me lanzó hacia la paranoia. Del malestar salté a la fiebre y, de ahí, a las alucinaciones, todas con forma de caída libre. El precipicio era inmenso. Creí morir tantas veces como respiraba. Las formas se diluían frente a mis ojos, el futuro se mezclaba con los demás tiempos. Esto es cierto: vislumbré la línea de mi vida en un segundo. La antesala de la muerte, que le llaman. Mi última certeza, antes de perder el conocimiento, fue llegar a un jardín de simetrías sorprendentes, con un trazo versallesco, y al fondo un estante ordenado y pulcrísimo con los libros que había atesorado a lo largo de una vida. También con aquellos que había adquirido sólo en sueños. Esto fue todo y luego la obscuridad.

Desperté de ese tiempo sin tiempo con un empujón de Tania. Era hora de llevar al niño a la escuela, y a ella al trabajo. Una labor ingrata que no había logrado evadir dadas las circunstancias. Ahí seguía la realidad colectiva. Me alisté con penurias, en medio de la debilidad intolerable que llevaba a cuestas. Incluso pude peinarme. En el trayecto a la escuela me pidió que no probara el espagueti de la cacerola porque las alcaparras estaban echadas a perder. La etiqueta decía que habían caducado en 1999, año crepuscular y hasta fatídico. Le prometí que no lo haría y la despedí con un beso. Calles más adelante abrí la ventana para lanzar a la banqueta los últimos trozos de aquel espagueti alucinógeno. Comprobé que la ruta hacia esa frontera también puede ser gastronómica.