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Si hemos de creerle a Octavio Paz, la última revolución poética orientada hacia la modernidad, con aliento para retar a las formas huidizas del presente, fue el surrealismo. A todo lo demás lo llamó revival, cuando se dio el tiempo de leerlo. Pastiches, resurrecciones, atisbos, coqueteos: ceniza sin aire, fuegos de artificio. Una petulancia categórica entendible debido a su entusiasmo por la que fue acaso la vertiente más fértil y estructurada —término paradójico, al ser onírica en principio—, de las vanguardias europeas de la primera mitad del siglo XX.

No faltaron otras tendencias poéticas renovadoras en lenguas occidentales, pero quedaron lejos de lograr un temblor del espíritu que cambiara la forma de las herramientas. Ahí está la tradición, estructurada y convincente, pero ya no se sabe qué hacer con ella. Es un link al pasado. Metaescritura de cientos de plumas que deshiladas se leen como un ejercicio de solipsismo y que, engarzadas con amor de madre, expresan una cuerda de hilo grueso para soportar el paso de los años. En el centro del oficio poético late la experimentación y no pocos hallazgos concluyen sorprendentes. Pero esta es otra convención y la rueda ciega del tiempo que logrará una vuelta más de rigor. No está a la vista ese instante que motivará otra vibración en las artes y su modo de articularse, desde la raíz. No se deja de escribir poesía aunque el individualismo y las propuestas sin continuidad o adeptos, sofocan cualquier entusiasmo. Estamos lejos de la era “manifiesto”, pero tampoco destella una radicalidad lateral/emergente/(anote el término que convenga al ánimo), que culmine como un “anti-manifiesto”, “a-manifiesto”, “para-manifiesto” o, en el colmo de la falta de inventiva, “postmanifiesto”. Lo “post” se planta como el nuevo tic para designar aquello que avanza sin saber bien a bien hacia dónde se dirige, si es que tiene pies además y puede caminar. En el escenario, el silencio es la única opción que no tiene cabida. Así, las formas de ruptura están lejos de haberse adaptado al cambio de las circunstancias.

Agustín Fernández Mallo (1967) refiere las características de cierto decir poético, lo bautiza como “postpoesía” —en contraposición a la poesía ortodoxa—, y lo confronta con la manufactura estandarizada de producción poética, aceptada por los circuitos culturales institucionales, que a través de premios, publicaciones o apoyos, solidifican y generan los cimientos de una forma específica del gusto literario. Continúan la tradición y crean otro eslabón en la cadena. Pero en la era de la información, ésta también transforma a la poesía. A partir de una discursividad propia de la ciencia —él es físico de profesión—, llama a la confesión de que toda poesía es experimento, incluso aquella que sigue las métricas del canon. Así, el resultado siempre es incierto, memento de Heisenberg y el principio de incertidumbre. Este es el centro de apoyo para intentar la creación de un “nuevo paradigma”. Unidos a este punto, dos más: (i) “la actividad del poeta será crear mutaciones”, y (ii) la postpoesía “es un método sin método”, y no una doctrina. Nada que no se haya escuchado antes, aunque cuenta con la novedad de utilizar la fotografía de un huevo para ilustrar esta aproximación con un lenguaje propio del saber científico. Petulancia o juego irónico, según se entienda.

No falta la reverencia a los Poemas plagiados (2000) de Esteban Peicovich, escritos a partir de cortar y pegar textos hallados al azar. La postpoesía “no se trata de un remake de las vanguardias”, refiere el autor español, sino de lograr artefactos. Se privilegia el pastiche, la variación o el desvarío, el guiño, la ironía, el collage y cualquier otra estrategia para lograr un objeto verbal —incluido el plagio—, antes que líneas para ser recitadas. O para cometerlo, según sea el caso. El pragmatismo se transfigura en la norma. En el mundo de redes y transferencia de información ultrarrápida, el poeta debe ajustarse a los nuevos tiempos sin desconocer la tradición, aunque sin que ello le implique un sometimiento incuestionado a las normas. El trasplante del lenguaje científico al planteamiento de un posible modelo poético, concluye sorpresivo. Los postpoemas deberán ser heterogéneos e inestables, cualidades inherentes a los objetos físicos. Un libro es una creación que existe y es verificable con los sentidos. De ahí que pueda ser evaluado a partir de leyes físicas. A partir de Giani Vattimo, Deleuze-Guattari (Rizoma, en especial), la teoría de las redes y otras lecturas sobre el hiperrealismo y la “tardoposmodernidad” —de existir el estamento o corresponder al actual tiempo histórico—, confirma que la disolución entre alta y baja culturaestá concluida, lo que abre canales para tejer relaciones insólitas.

En este carrusel de información que no se detiene, el postpoeta debe adoptar elementos del mundo que lo rodea para lograr un objeto en el que, por otro lado, no tiene siquiera que creer. Es el ocaso de la vieja lírica. La voz tenue y confesional o ronca y taumatúrgica de aquel poeta que junta a la tribu para proveerlos de nuevo lenguaje, confiesa su agonía. Estos poemas ya no se fabrican para ser leídos en voz alta, sino para ser experimentados a través de cualquier forma posible. Este ejercicio crítico de Fernández Mallo quizá no sea capaz de producir una nueva poética, pero es significativo para admirarnos de cómo la crítica puede ser un ejercicio de imaginación. Saber a dónde vamos, esto es, proyectar una ruta de viaje, implica averiguar el lugar en el que se encuentra uno y, a partir de ahí, elegir el mejor trayecto. De paso, subraya que la forma híbrida y los cruces inesperados, logrados incluso al azar, pueden ser una estrategia de creación en un entorno literario que ya dijo todo, ha intentado todo y lo que parece nuevo jamás lo es. Esta mirada del postpoeta, aquí dejo sobre la mesa esta idea, puede ser trasplantada al postnarrador, postcrítico o postensayista. Esto implica darle más importancia a la cultura pop, descreer del posible alcance de la obra como acto demiúrgico antes que como una ligereza lúdica y, en último caso, evitar que la forma ortodoxa —que impacta la tranquilidad y aceptación de los círculos literarios canónicos— pueda ser un obstáculo para desenrollar la tentativa del postautor, sin importar la discursividad que elija.

“El poeta se ha quedado atrás”, refiere Fernández Mallo. Un dictamen extensible a las demás disciplinas del oficio literario. A diferencia del arte contemporáneo, más flexible para desplazarse entre lenguajes, la literatura se engarza a la tradición y no la suelta. Antes de crear, el autor succiona de las formas clásicas y deriva su aliento de Homero o Dante, Petrarca o Cervantes. Proclama su libertad con un brazo levantado, pero con el otro la ciñe con fuerza. Es su punto gravitatorio, aunque es un gesto que termina por inmovilizar. No se dice nada sobre las características del “postlector”, aunque lo sugiere. Éste deberá aplaudir al postpoeta o postautor por su arrojo y temeridad y seguir consumiendo información y postproductos. No parece atribuírsele mayor participación. Es la vuelta al solipsismo. Quizá lo novedoso de la propuesta sea el traslape de un modelo científico a un posible paradigma poético-creativo. ¿Los seguidores confirman la solidez de una nueva estética? Sólo a un nivel primario. También es posible gritar en el desierto y que, de pronto, alguien a lo lejos encuentre sentido en los aullidos. El lobo estepario no sólo sabe morder. Para replantear el oficio literario y sus productos hace falta más que buena voluntad, pero en ésta todo se inicia. Un modelo crítico es una ventana al presente. La voz integradora requiere elementos para dibujar una cartografía y detallar una ruta de vuelo. No hay avión que despegue sin pasajeros. La información siempre ha estado ahí, como parte del entorno, pero ahora circula a velocidades pasmosas. Todo puede encontrarse en la red, excepto ideas nuevas para plantear una forma de este tiempo. Para encadenar una visión personal del hecho cultural hace falta tenacidad y arrojo, temeridad y despegue. Pero sólo después de la caída sabremos de qué color es el suelo. Por lo pronto, llevamos retraso y nadie sabe de quién es la culpa.

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