[Sobre el acuario de Barcelona y aquí sobre el veracruzano.]

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Cuando salíamos al extranjero encargábamos a Luca. Viajábamos conscientes de que nos extrañaría —y nosotros a él—, pero que estaba en las mejores manos posibles. Por entonces él tenía dos años. Impensable llevarlo a ciudades en las que la caminata es agotadora, y las amenities infantiles de los hoteles muy escasas. Además de que el monto del viaje se incrementaría en un treinta por ciento. O más, incluso, pues lo natural en un niño es que los deseos lo consuman y en cada salida habría que comprarle algún regalito, así fuese mínimo.

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Al acuario de Barcelona llegamos por equivocación. Yo no lo conocía ni había escuchado historias que lo recomendasen. Tania y yo habíamos conocido la ciudad de años atrás, en viajes de mochilazo que cada quien hizo por su parte. De aquel viaje que hice en dos mil tres, sin intuirlo siquiera, se fueron generando libros y memorias. Fueron meses de ajetreo y de la ciudad recordaba la Sagrada Familia, las Ramblas y algunos edificios modernistas. Para esta salida me informé de todo lo que me había faltado visitar y dispuse lo necesario. Es un lugar que se desborda. Pasamos una tarde entera en el Parc Güell, admirados de la tonalidad sepia que adquieren los azulejos. Visitamos incluso la Fundación Antoni Tàpies, que apenas algunos conocen.

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Un jueves llegamos al centro comercial Maremagnum. Ahí comimos un refrigerio y bebimos un café. Descansamos los pies, que ardían después de horas de caminata. A lo lejos se apreciaba el tránsito marítimo, muy pausado. Al puerto llegaban edificios flotantes. Luego perdimos el tiempo en las tiendas, admirados de los precios. Pasadas las horas, en medio de esa errancia, salimos por una puerta y vimos un edificio con un letrero: Aquarium. Recordé la experiencia de Veracruz y le dije a Tania que lo visitáramos. ¿Cuánto podríamos tardarnos? Ella oponía resistencia. Juzgaba que no era prioritario, que faltaba ir al barrio judío, al museo Picasso, a tantos lugares más. Dos días después volaríamos a Nápoles y no había tiempo que perder. Al final, logré convencerla y entramos.

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Al igual que en la visita al acuario de Veracruz, el lugar estaba semivacío. Había apenas algunos visitantes, brincando entre salas. Aquí también la iluminación juega un papel central, y no sólo se extiende a la que tienen los estanques, sino a la de los pasillos que guían a los asistentes. Hay un recorrido lumínico que encamina a los paseantes. Como es natural pensar, ningún acuario es idéntico porque la flora y fauna marítima está ajustada al lugar que se visita. El asombro es constante. Cambian los colores de los organismos, las texturas, la forma de las mandíbulas. Hay un acoplamiento generalizado en la estructura del cuerpo. Como si el mar los obligase a alterar su organismo. Ambos pensamos que Luca se estaba perdiendo de un lugar mágico. Esta nostalgia nos acompañó durante la visita y el resto del viaje. Luego de algunos años de vivir con él, se había vuelto una compañía imprescindible. Formábamos una célula de tres componentes que ya no podían separarse.

Pero estábamos ahí y el objetivo era disfrutar. Seguía intrigado con las posibilidades estéticas del acuario. Relacioné a Damien Hirst y su tiburón: La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo (1991). Esto no era casual. O no lo era, cierto, desde la perspectiva que lo hizo encapsularlo en una pecera con ambos lados de cristal. Y no empotrarlo en una pared, mueble o superficie distinta. El asunto es que cuando se observa la pieza también puede verse al otro individuo que la mira desde el lado opuesto. En una sola imagen puedes observar a un tiburón en formol y a una persona viva, admirada al igual que tú. Una duplicidad que intranquiliza. Dos elementos del mundo natural en un entorno artificial. Recordé la pieza porque en una sala del acuario sucede algo similar. En algunas peceras puedes ver al otro lado, con lo que incorporas distintos aspectos visuales en una sola instantánea. En más de una ocasión, por ejemplo, cruzamos miradas Tania y yo. ¿No veníamos ambos del agua? Y ahora ese elemento, al que refieren como portador de la vida, se interponía entre nosotros. No comparto con ella estas meditaciones y nos limitábamos a observar que el azul del agua es otra ilusión, y que de ahí deriva nuestra complejidad ante las mutaciones de lo que acontece. Pero las sorpresas se suceden sin apenas sentirlo. Pasas de un estanque a otro perplejo ante la amplitud de colores que ofrece la naturaleza. Los corales son otra metáfora para representar las irregularidades que engarzan la vida. Al igual que las formas infinitas de peces que habitan temerosos dentro de las rocas y entre las caricias de las algas.

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Sobresale el “Oceanario”, al que llegas por un túnel transparente que te permite disfrutar un espectacular paseo submarino. Al pasar por debajo de esta vida marina en movimiento, te arrolla la memoria de la Capilla Sixtina, aunque quizá más majestuosa, pues Miguel Ángel fijó los contornos de las pinturas y aquí el movimiento acuático es una danza que concluye en una forma de la delicadeza. Experiencia sobrecogedora, este paseo debajo de ese túnel —que además cuenta con un dispositivo móvil que te hace avanzar, para que no distraigas el paso y puedas terminar en el suelo—, hechiza por igual y las bocas abiertas y los gestos de sorpresa son el común denominador. Difícil reponerse de inmediato luego de este golpe de gigantismo estético. Esto es una inmersión de los sentidos aunque no te mojes. Al vuelo la línea de Cicerón: “toda la naturaleza es artística, porque tiene un camino y un sendero para seguir”.

De inspiración mediterránea, este acuario se asume como una visión inusual del hábitat, y abundan los peces mal encarados. La infraestructura del lugar es impecable y te detienes a imaginar la distorsión óptica que generan los cristales en la imagen real de los organismos. De la molestia, Tania saltó al asombro y permanecía en silencio. Era entendible. Sólo de pronto señalaba algún pez que llamaba a la sorpresa, pero nada la sacaba de su mutismo. El pez luna, el tiburón toro y el jaquetón de Milberto, la dejaron en suspenso.Sin decirlo, ambos experimentamos un estremecimiento interior, motivado lo mismo por la ausencia de Luca que por el espectáculo hipnótico de los estanques. Porque es una oportunidad sin igual para replantearse el camino andado hasta ese momento y hacia dónde se quiere ir.

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En mi caso, a diferencia de la visita al acuario de Veracruz, no me distraje en una sola ocasión con la descripción del hábitat de los peces y demás fauna. Me pareció innecesario. La imaginé como una reescritura que emborronaría el grabado de las imágenes que me habían arrebatado el habla. Muy lejos de la lista de pinturas que reproducen la superficie del océano, o tormentas y olas furiosas, apenas nadie se ha aventurado a retratar las explosiones de color insólito que es posible admirar debajo del océano. La gran ola de Kanagawa de Hokusai, o Noche estrellada sobre el Ródano de Vincent Van Gogh, intentaron perfilar ese contorno de superficie que jamás está quieto. Pero del fondo nada.

Al salir compramos unos recuerdos en la tienda del acuario. Una mantarraya de peluche para Luca y llaveros para los amigos. Al pagar en la caja, pensé: ¿habría visto Jean Siméon Chardin una de estas con vida antes de pintar Bodegón con gato y raya? Porque el arte del retrato y la naturaleza muerta alcanzó con él una altura sublime, pero es exagerado el realismo del animal cuando aparece colgado en el gancho del carnicero con el pecho abierto por la mitad. Intuyo cierta dosis de sadismo. Esta pintura se conserva en el Louvre, y años antes, en otro viaje con Tania, recordé haberle comentado que el gato no debería tener miedo de los ostiones. Era una fobia inusitada. Pero ni ella ni yo nos acordaríamos si lo había dicho o no. O el motivo del comentario, que habría derivado en anécdota.

Sin apenas sentirlo había llegado el crepúsculo. El mediterráneo nos obsequiaba un olor a salitre que refrescaba las últimas horas de la tarde. Soplaba un viento cercano a la perfección. Nos sentamos en una banca. Había comprado una botella de vino seco espumoso, tipo champaña. No fue difícil sacarle el corcho dentro de la mochila. Apenas nos dirigíamos alguna palabra. Sin saber si era legal o no beber vino en la calle, dejé la botella en su bolsa de papel estraza y me la llevé a los labios. Bebí con sed. Las personas andaban en bicicleta o patines. Otros sacaban al perro a olisquear. Se prendieron infinidad de farolas para iluminar aquel corredor bellísimo.

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Terminé de beber la botella y emprendimos la caminata. Se había ido otro día de nuestra estancia en la ciudad. También de nuestra vida. A lo lejos, sonaron algunas sirenas de ambulancias o patrullas. Le dije que la invitaría a cenar paella. Enfilamos hacia el Museo de Historia de Cataluña, y pedimos un lugar en la terraza en uno de los restaurantes adyacentes. Prendieron los calentadores, pues refrescaba. Nos abrazamos.Luego de las entradas reiniciamos una charla que aún continúa.

[Fotos del autor]

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