[Una conversación con Guillermo Fajardo, con motivo de la publicación de su libro Cara o Cruz (Casa Editorial Abismos, 2014)]

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―¿Qué es Cara o Cruz?

Cara o Cruz es, por un lado, un libro de cuentos de terror y, por el otro, un libro de cuentos que permiten otras salidas. Es decir: escribí estos cuentos pensando en las posibilidades que el ser humano tiene de creer o no en ciertos fenómenos que pueden ser o no sobrenaturales. Es decisión del lector admitir una u otra interpretación. De ahí el título del libro: el terror es una apuesta, podemos elegir creer en él o no.

El terror, en un mundo tan apurado por vivir, necesita del reposo y del silencio de cualquier lectura pero también de una clase de asombro que parece que se va perdiendo en el mundo moderno. Los descubrimientos científicos y técnicos interrumpen la imaginación: los descubrimientos son una manera de tachar lo absurdo o lo misterioso. La noche ya no esconde sus secretos porque ya podemos iluminarla. Los mares no son infinitos y sabemos que tocan fondo. Se va volviendo cada vez más difícil apresurar a la imaginación a estremecerse.

El terror, como actualmente lo veo en la literatura, es difícil de componer pero no porque le falten lectores sino porque se va volviendo cada vez más complicado construirlo. Habrá que buscar nuevas vetas. El ser humano le teme a muchísimas cosas. Hay que empezar a construir una nueva forma de jalar esos hilos.

 

―Entonces, ¿por qué elegirlo para crear estas historias?

Bernardo Esquinca tiene razón cuando dice que el terror es un tema a indagar si eres mexicano: las supersticiones y las leyendas forman parte de nosotros. Creo que en México persiste la idea de ciertos territorios inexplorados, la creencia en ciertas leyendas, la tradición pegajosa que no ha conseguido irse del todo. Ahí está un gran depósito para la creación literaria. Creo que yo no escapé a esa tentación de querer crear algo que de alguna forma nos pertenece.

El terror será para los escritores un verdadero desafío puesto que los contenidos misteriosos del mundo se irán vaciando conforme la tecnología avance. Jugar con el terror, amoldarlo a lo que está sucediendo, preguntarse cómo competir contra otras formas de entretenimiento más inmediatas, todo eso supone un gran desafío, no solamente para el terror como género sino para la Literatura.

 

―¿Cómo surge Cara o Cruz? Hasta ahora solamente habías escrito novela. ¿Qué cambió?

Cierto. Creo que hay escritores –y me parece una táctica perfectamente válida- que se sienten cómodos ejerciendo no solamente cierto tipo de género literario sino también recurriendo a cierto tipo de temas. Sin embargo, Cara o Cruz es la necesidad de buscar nuevos caminos: creo que la literatura debe ser una actividad más aérea que terrestre. Es decir, no creo que tengamos que confiar tanto en el árbol que tenemos enfrente –por muy portentoso que parezca- sino animarse a ver el bosque. Decía G.K. Chesterton que uno ve grandes cosas desde el valle pero solo pequeñas cosas desde la cima. Creo que esa cita puede aplicarse a lo que el escritor tiene que hacer: buscar innumerables temas, experimentar diversos géneros. Creo que hay que animarse a crear desde la incomodidad: escribir y salir de nuestra zona de confort puede llevarnos a descubrir nuevas hojas, registros y formas que nos sorprendan, nos apabullen y nos ofrezcan nuevas posibilidades.

 

―¿Tus lecturas van en ese sentido de buscar muchos registros o existe cierto impulso por seguir a determinado canon de escritores?

Me parece que en un principio el escritor joven tiene que hacerse de la mayor cantidad de lecturas posibles, y no solamente para encontrar nuevos espacios de creación dentro de uno –en tus libros está tu huella digital, después de todo- sino para encontrar el escritor que uno quiere llegar a ser. Las lecturas que hago caen en mis manos sin un orden determinado: son caprichos, más que la necesidad de leer ciertos nombres.

No creo que haya proyectos ambiciosos sino ambiciones frustradas. El leer mucho te da un sentido de realidad, de dirección, de viraje y de búsqueda para tratar de mejorarte en cada línea. También te da necesidad: el querer incorporar tu escritura a ciertas medidas de belleza, de buscar afianzar cierto proyecto y confiar en el tuyo.

 

―Hay ciertos guiños del abogado Guillermo Fajardo en el escritor Guillermo Fajardo. Uno de tus cuentos, “El contrato”, es político y el título es abiertamente jurídico. ¿De qué manera influyó el haber estudiado derecho con tu carrera de escritor?

Me parece que el derecho me ayudó a entrar a la literatura por una vía negativa: la aridez de las leyes me permitió verificar el contenido sabroso de la Literatura. El derecho me ayudó a encontrar la disciplina; la literatura, a desarrollar las historias. Creo que la combinación ha resultado provechosa hasta cierto punto. Esta convergencia me ha permitido querer entrarle a otros temas. Me interesa mucho la confluencia que existe entre Literatura y Poder, por ejemplo. Mi primera novela es psicológica, la segunda es una historia de amor, la tercera me gusta creer que es un thriller. Este cuarto libro son cuentos de terror. Creo que los escritores –especialmente los jóvenes- necesitamos tratar de explorar la mayor cantidad de temáticas o asuntos posibles: de esta forma podemos encontrar los más probables para asentarnos más adelante o continuar por la vereda del descubrimiento.

Para mí, no es ningún defecto que el escritor quiera o se proponga opinar sobre temas que no son estrictamente literarios. Si su vocación o su interés se lo exigen, no le veo ningún problema.

 

―¿Por qué contar historias, Guillermo?

Narrar porque alguien tiene que hacerlo. Narrar para no quedarnos callados. Siempre he pensado que la Literatura es un modo de expresar las ausencias de la realidad: es una forma elegante de regañar al mundo y decirle que hay algo que le falta pero también de recordarnos que algo nos falta. Creo que la creación literaria es algo que se te impone. En realidad, nadie te enseña a escribir. Es la profesión autodidacta por excelencia. Te enseñas en silencio, te disciplinas en la oscuridad, te mueves en soledad y sin embargo le debes tanto a tantos. El problema es que la absorción de todo ese material es tan intangible que hasta cierto punto es imposible determinar tus propias influencias: puedes nombrarlas pero no ponderarlas con exactitud. ¿Cuánto te influyó un escritor con su estilo? ¿Un 10%? ¿Cuánto te influyó este otro respecto a cómo crear un personaje? ¿Un 73.24%? Creo que las improntas que llevamos dentro son confusas y muchas veces no son claras ni para el propio escritor.

 

―Además de literatura, ¿hay otras formas de entretenimiento de las que te has hecho cómplice? ¿Te interesa lo visual? ¿Hay eco en tu obra de ello?

Creo que las series televisivas tienen una gran narrativa detrás de ellas. The X-Files no son solamente las andanzas paranormales de Fox Mulder y Dana Scully pero el desarrollo, a lo largo de la serie, de la teoría de la conspiración y de lo escabroso que puede resultar el poder. Horizontalmente The X-Files es una serie de lo sobrenatural; verticalmente es una historia de una serie de obsesiones muy concretas en cada personaje.

The West Wing no es únicamente la representación de lo que sucede en la Casa Blanca sino de cómo transmitimos un legado; de cómo dejamos atrás algo significativo.

True Detective no es la historia de dos detectives buscando a un asesino serial sino una narración sobre el mal, las formas que adopta, las mentes que contamina, los misterios que ocupa.

Creo que de alguna forma les debo algo a las series que veo y que me interesan. Ahí encontré historias que me paralizaron y que me asombraron. E insisto: creo que es necesario para el escritor en formación que se abreve de todo el material que pueda conseguir. No sabemos cómo algo va a determinarnos y en qué medida. Las sorpresas están a la vuelta de la esquina.

El legado que la realidad nos deja como escritores es inconmensurable. Es una figura amorfa que absorbemos como esponjas.

cara o cruz

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