[En el Atelier de letras, esta conversación con Antonio Calera-Grobet, quien recientemente publicó Yendo (Cuadrivio, 2014).]

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—¿Cuál es el germen de Yendo?

El germen de Yendo es el asombro de estar vivos, sin saber por qué necesariamente, por ahora y si es que hay suerte. Si es que lo estamos realmente. Ahora bien, el relato central de Yendo, la historia y voz que lo plantan, no pudiera ser otro, quisiera pensar, dadas las señas de identidad que adquieren los bienes culturales en este mundo tan hermosamente humanista. A saber: la experiencia y sensación de trayecto, cometido en solitario, por un mundo al parecer incólume pero que por dentro ha sido arrasado, devastado. Una caminata a tientas por las ruinas, en la rumia del amor que se intenta retener por sobre todas las perdiciones. Habría que pensar que vivimos rehogados en esa especie de contra-mitología con respecto a la Odisea. No hay periplos ya. Nos pudrimos en la miopía acostumbrada (eso que los más cínicos han asumido con aplomo y entereza, como si se tratase de una medalla al mérito por su sofisticación y glamour: me refiero por supuesto a la procastinación), y los pocos que se atreven a zarpar ya no regresan. Perdemos a nuestros hombres, nuestras mujeres, y si llegamos a algún lado es porque fuimos escupidos por un mar que ya no nos quiso ni como cadáveres. ¿El punto de llegada? Un paraje en el que ya no importan las significaciones, las palabras: una Ítaca incendiada.

 

—¿Cuánto tiempo tardó la escritura y corrección del libro?

Si nos atuviéramos al hecho que en Yendo se publica por primera vez un poema de mi juventud (escrito tras la muerte de mi padre, en 1995), e incluye también poemas escritos incluso en este mismo septiembre de 2014, pudiera parecer que se trata de un libro que lleva 20 años escribiéndose. Ahora bien, con mayor exactitud puede decirse que Yendo es el resultante de un ejercicio autocrítico de clasificación de mi trabajo. De un parque de 60 poemas que agrupé en algún momento, más de 30 murieron por mi propia mano y cerca de 30 han salvado la vida aquí. El grueso del volumen recoge, más que nada, poemas escritos en los últimos 5 años, tiempo en que quizá, puedo decir, se me ha caído un tanto más la cara de vergüenza. A esos poemas les toca batirse con el lector. Quién sabe, tal vez ingresen a esa seguridad imperturbable que brinda la Historia de la Literatura Mexicana, o bien calen en algún cuerpo y se trafiquen por unos cuantos. Por supuesto estaré obligado a cortarme la coleta de las letras si es que con mi obra llega a suceder lo primero.

 

—¿Qué lecturas alimentaron o influenciaron su escritura?

Supongo que el sustrato literario de este libro no es representable por una u otra influencias. La taxonomía de mis lecturas y su apropiación no lo permitiría por su certificado desorden. Y es que debo decir, y lo digo no con incomodidad o molestia sino más bien con cierta melancolía, que llevo ya tiempo sin leer atentamente, como se debe. Si alguna vez pude presumir de ser un lector acaso organizado, estoy a años luz de ponerme aquellos trajes. Leo lo que me prestan, compro libros de novedades para leer hasta que se agolpan en mis muebles. Mis muebles no tienen salvo libros hartos de esperar, a punto del suicidio.

Mi surtidor de influencias varias como los colores de un disco de Newton. Leo, más que nada a jóvenes mexicanos. Mucho. Hombres y mujeres, claro. Vivos. Porque cada vez más leo a autores con los cuales pueda salir a tomar café y caminar. De mi generación o jóvenes baluartes. Me interesa aprender de los jóvenes. Luego en mi querencia lo mismo Milán, Zurita, Rojas, Temperley, Martínez Rivas, Gelman, Deniz, que Depeche Mode, Emmylou Harris, Pink Floyd. Thelonious Monk. Y sí, Pearl Jam. En este momento leo a Verástegui y a Piva y a Arango y a Maquieira, como dije, a través de los ojos los más jóvenes poetas. Tengo muchos amigos poetas. Y los leo con disciplina. Y bueno, siguen Juarroz y Parra ahí mismo, como tantos otros, en el cuarto de mi cabeza en donde los dejé. Paz por cierto que es Paz y lo seguirá siendo le pese a quien le pese, incluido uno mismo. Inteligencia brutal. Por cierto que con Paz estaría bien sucediera lo contrario, que los más jóvenes lo leyeran más con nuestros ojos y menos con el prejuicio. Últimamente me sorprendo viendo por horas la obra de Goya. Mucho. Gráfica diversa. Leo la pintura de Daniel Lezama, un amigo querido, como una novela que echa sal a la herida de la civilización mexicana: nuestros lindos Estados Hundidos Mexicanos. Con él comparto la mantequilla del pop más concentrado de los años ochenta, que es una laguna de agua dulce donde abrevamos como burros cansados. Simplemente porque nos duele. Leo eso: principalmente lo que me duele. Fante. Carver. Leo a Bukowski y sí, a Foster Wallace. Leo a Porchia, a Hemingway y a Chejov ahora, más que hace diez años. Leo mal y en desorden, como se ve. Me habitan siempre y me dejan reblandecido el seso el general de las vanguardias latinoamericanas, los surrealistas. No leo más periódicos. Cancelé todos. Huelen a bilis y chorrean mentiras. Leo manifiestos. Esos tiros de escopeta que son los manifiestos. Las biografías. Por supuesto para saber, más que cómo escribir, cómo vivir. O si se quiere como leer: no libros sino la vida misma. Leo caras. Tengo un bar desde hace diez años y leo caras y manos. Los hombres me han abierto muchos libros de carne y también me han rallado, con saña, todo lo que se llama vida. Todas esas ciertas miradas que se volvieron entrañables, todas con el mismo peso, me han tatuado. O me las he tatuado. Creo que he estado rodeado de gente admirable.

 

—La sonoridad de las oraciones se impone en una cada de las piezas. ¿Es un libro para ser leído en voz alta?

Sí. Bien visto. O mejor dicho, leído. Yo creo que la poesía, para cerrar el círculo de su existencia, Como una condición de posibilidad debe leerse en voz alta, en escenario público. Sucede que me canso de ser hombre sometido a infames lecturas. Decía Octavio Paz (y para algunos él era un excelente ejemplo de ello), que los escritores contemporáneos suelen ser “malos actores de sus propias emociones”. Ya lo creo. Una buena parte de mi generación, y hablo con conocimiento de causa luego de asistir un par de décadas a lecturas, lee de manera, por decir lo mínimo, estropeada, disminuida. Se lee quedo, se lee rápido. Como si se tratase de escritores agazapados. Es tan terrible su lectura hasta dudar que se trate de una obra leída por su propio autor. O que el autor sea capaz incluso se dedique a la escritura misma. Habría que pensar, incluso, en la posibilidad de un autor de decidir no leerse y ser leído por alguien más.

Yo quería cantar, hacer eufonías. Humildemente, torpemente, pero cantar. Es decir, poder leerlo en voz alta, en escenario. Realicé cualquier cantidad de lecturas públicas del material para saber cómo cantarlo. Cerca de 20. Ahora bien, como yo no escribo atento de métricas, pies quebrados, sílabas tónicas en tal o cual sitio del verso, me deje llevar por la candidez más elemental: apoyar la voz del emisor dado con la rima consonante como lazarillo, como bastón, engarzador en el recorrido del texto. Ese acompañamiento de la copla primitiva, ramplona, fue una herramienta que me permitió lo mismo a proveer de cierto halo festivo o lacrimoso al libro, como darle una patina de inteligibilidad a textos que no pudieran serlo. La rima como lastre a relaciones más vagas con el referente. Si existía la posibilidad que la sucesión de imágenes terminara por romper el orden lógico y cometieran la fuga hacia lo vaporoso, quería que por estallamiento de sonido regresara a su sitio. Creo que es posible rastrear tal intención a lo largo del texto: la rima no como brida o rienda de la voz poética, pero sí delineador de la misma. La rima como riel, como la forma en asistencia del fondo para no perder la atención del lector, la tensión de la lectura.

 

—El sesgo celebratorio es inocultable. La vida, el cuerpo, amanecer a un nuevo día. ¿Qué hay de verídico en esta lectura?

Yo escribo y esa escritura es lo que me importa. Lo demás me es prescindible, accesorio. Escribimos y se entiende que al leernos nos vemos a los ojos creyendo en el juego que todos jugamos. O queriendo creer los más escépticos o jugándonos el pellejo por ese juego los más románticos. Si el carácter esquemático de la poesía, es decir, el hecho de que haga parecer nuestra vida en esta realidad concreta como una maqueta o un diorama, un hábitat iluminado en el que la felicidad sea posible (el amor sea posible, la fraternidad humana sea posible), y constituya así uno de los juegos más perversos, maquiavélicos (¿de maquino-bélicos?), inventados por el ser humano, es algo que me es ajeno y fue heredado. Me concentro en jugar. Y por cierto yo soy de los que cree ciegamente en lo que escriben los otros. Ellos citan y yo me voy sin cortapisas. La poesía pudiera ser la más bella de las creaciones y también la sinfonía más perversa, sí, pero uno no elije su artificio. Igual hubiera querido ser cocinero o panadero o torero. Mentiría de otra manera. La veracidad es pues, la honorabilidad con la que uno juega, la honestidad, la lealtad con la que uno acomete el juego, el temple con el que uno lo hace. Esa verdad, en el mejor de los casos, se trasmina al objeto artístico y se convierte en lealtad del lector.

 

—Al leer Yendo se concluye que aún es posible jugar con el lenguaje sin caer en el desparpajo adolescente. ¿Es posible divertirse con la poesía?

Esa es una pregunta que me interesa sobremanera. Hace poco, por coincidencia, conversando con un amigo, me preguntaba si todo estado inestable de la condición normal del ser humano pudiera generar poesía. Yo contesté que no. Por comienzo habría que ver si todos los asumidos como estados inestables de la condición humana son reales o provienen de una banalidad extrema: falsas pérdidas, gritadas por una falsa plañidera, cargada a su vez de falsa humanidad. Sobre todo ahora que la gente se autopropina con malos diagnósticos: piensa que se ahoga en conflictos cuando en realidad lo que sufre son los síntomas de la frustración por no lograr ideales ajenos, inoculados por el capitalismo más voraz. Todos quieren ser bellos, populares, artistas, viajeros y, además, van por el mundo como si fueran eternos.

Tampoco considero que el gran goce estético logrado por una experiencia real de belleza, o bien el majestuoso goce extático por una experiencia mística sublime, sea un privilegio de todos. Hay muchos rusos pero un solo Tarkovsky. Uno solo es Cravan, uno London, una sola es la Deneuve y uno sólo de ellos en este muladar. Puede haber muchos Jiménez pero no habrá muchos José Alfredos. En pocas palabras: no todos fuimos capaces de escribir la Divina Comedia, pero somos muchos los que viajaremos a los círculos del infierno. Ahora bien, habrá que aceptar con humildad, que los verdaderos estados de quiebre de lo humano, no dan tiempo al artificio, exterminan cualquier posibilidad de enunciación: no sólo no generan poesía. No dan vida: son desiertos de anhelo congelado.

Creo, ya perfilado a contestar tu pregunta, en que hay que reír. Por supuesto. Reír. Una acción que pareciera exclusiva de las grandes conciencias, los grandes espíritus. Reírse bien: reírse de uno (hay que empezar por reírse en casa de nuestras propias miserias), y reírse del otro. Reírse del todo. Ese es un acto que resume una gran capacidad de abstracción pero que también requiere de estilo. Hay cerdos que pasan como arte sus pavadas. Y eso no es para reírse sino vomitarse. Porque el arte no se salva con humor pero sí el humor con arte. No todos somos Woody Allen o Groucho Marx. No todos somos Sellers y no todos podemos actuar la Fiesta Inolvidable. La ironía y la sorna son un golpe de costado y no pueden constituir un sistema. De lo contrario no son poesía. No son literatura. Son puro gag. Ocurrencia. Divertirse es suspenderse, no olvidarse. ¿Y hacerlo bien? Sólo los que tienen clase.

 

—Hay momentos de poesía aunque también de prosa llana. ¿Hubo intención de fundir los registros o esta amalgama sucedió de modo natural?

El libro es amasijo del número dos, se trabajó en el “entre” de dos dominios. Ese reto me pareció retador para el escritor, al mismo tiempo que motivante para el lector. Pasa como diario íntimo que se publica, parece haberse creado en el más seco solipsismo pero para su actualización masiva, habla de lo microscópico de la conciencia pero también de lo macroscópico de la cultura, de nuestra nación. Verso y prosa, lirismo que se torna barroquismo en algunos de sus tramos, es un libro de un amateur (en el sentido más puro del término), pero también de un desencantado, taimado, que intenta atisbar, con toda soberbia, lo bello y lo sublime.

 

—El uso del verso libre está siendo reemplazado por otras modalidades de construcción poética. ¿Cuál es tu intención con Yendo?

Desde que comienzo la escritura (y habrá que decir que en el momento de los primeros borradores, sólo en él, insisto, el proceso escritural tiene ese incómoda sensación del fluir psíquico, de automatismo), hasta que termino un poema, lo que cruza a galope o se queda a pastar en mi cabeza, es el ganado de la pulsión, de la magnitud poética. Imagino sensaciones que quiero provocar, nunca en la forma. Lo que sale es la madeja. Yo deshebro mis ideas. Es lo que hago. Y lo demás me queda lejos. Escribo narrativa y quizá por ello es que los poemas se han presentado en esas cajas, un tanto más hospitalarias que las que hospedan el poema tradicional. Tal vez es ambición. Pura ambición la que ensancha.

 

—Algunos poemas contienen crítica social. ¿Aún es tiempo de que el poeta exprese el malestar colectivo?

Si es tiempo o no en el afuera, es cosa que me no puedo detenerme a calibrar. No creo que pueda decirse que el poeta de crítica social sea un trasnochado. Hay quien pudiera pensar que todo esto es ir demasiado franco de cara a la utopía, y que ello siempre pasará una factura (¿fractura?). Lo comprendo. Hablar del bienestar o malestar colectivo parece utópico, y la utopía, por definición, es esa tierra por la que trabajamos nuestra vida entera (recuerdo ese verso de Ernst Jünger: “El morir nos cuesta la vida”), y no veremos nunca darnos un maizal para compartir con la tropa. Con todo, creo firmemente que es por la poesía (en el sentido amplio, de espíritu de creación), que pudiéramos tener lo que llama en francés pied-á-terre, un refugio nada ostentoso para el remanso. Y creo que ahí, los verdaderamente infectados por el virus de las humanidades, sabemos que se requiere de muy poco para ser feliz. Un remanso acaso franciscano, si se me permite el espanto de la comparación. Necesitamos de muy poco: ese pedazo de tierra, una botella de vino, la mujer que amamos y los amigos. Y pan, claro, que partir. Con ello entre los brazos, la sensación de expansión de ese terreno y la poesía en él, es inevitable. Uno se convierte en creador de su propio mundo. Eso y no otra cosa es una Zona Temporalmente Autónoma a decir de Hakim Bey, que podría decretar su eternidad. Ahí los pesos y las medidas son nuestros. Cúpula, cueva, templo invisible de los amantes. En otras palabras, creo que los que hacen poesía con música, pintura, letras, nunca morirán de hambre porque se alimentan de esa sangre. Creo que la frontera única de la poesía es la mentira y entre ellas la deslealtad. Yo creo que uno pudiera trabar amistad con un asesino confeso pero no con un traidor que se presente como pedazo de bambú para labrar una flauta y resulte una culebra, una aguamala.

Sí. Hay poemas míos de crítica social. No soy un “artepurista”. Yo sé que la poesía no va a cambiar el mundo. Eso lo sabemos todos. Pero confío en que te va a cambiar a ti. Al que quiera. Creo en la poesía y su poder parabólico. Yo me he batido en ella y por ella. He repartido con decenas de escritores más de un millón de poemas en mi país, los he editado en libros, soltado en globos, dejado caer desde edificios, leídos en bicicleta, susurrado en el transporte público, dentro de los alimentos, cantados desde una camioneta. Lo hago porque creo en ello. No lo haría si no fuera un creyente. Y me importa lo que una escultura de mierda si algún imbécil considera esto una pasión inútil, una guerrilla creada por mi ego, una contienda de oropel. Esta vida es mía, la de muchos: nos dignifica. A tomar por culo a todos aquellos que adjetivan al otro desde la asepsia de un escritorio de melanina. Yo estoy en esto. Y en esto no cederé. No hay que parar. En esto no se administra. No hay tal mucho amar. No quiero parar.

Y además confío en la sanación de las heridas. Hace poco, con motivo de una entrevista, hablaba de una anécdota. Cuando era un crío, estaba enamorado de una morenita muy linda, que llevaba la cara salpicada de cicatrices de varicela. Ella era bonita pero sus cicatrices la hacían ser aún más bella. Si las cicatrices del cuerpo son esos tatuajes que versan sobre nuestro atribulado tránsito de por la vida, le deseo al lector de Yendo que reconozca en esta lectura cómo se encienden sus más hermosas cicatrices. Las de todos. Las que blande contra nosotros la vida misma. Dicen que si una vasija se truena contra el piso haciéndose añicos, podremos intentar darle forma pero nunca llegará a ser la misma. Eso es quizá lo más bello de pasar por este mundo: que el ser humano sea proteico: que cambie en su paso por la vida, gracias a la poesía que halle en ella. Hay una técnica japonesa para la reparación de cerámica que se ha roto: kintsukuroi. Las junturas se hacen con oro o plata, en el entendido que una pieza debe ser más bella cuando se ha roto.

 

—¿Podrías resumir lo que buscas con Yendo?

Yo voy yendo como tú. No sé a dónde, pero voy. Como puedo, pero voy. ¿Vamos juntos?

 

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Antonio Calera-Grobet nació en la Ciudad de México en 1973. Es autor de ¡Carajo! Personas, animales y cosas en el fin del mundoCerdoGula, Zopencos y de la novela En la cúpula de Globe. Ha sido colaborador de diversos diarios y revistas de circulación nacional. Es editor de Mantarraya Ediciones.

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