Vivir implica aceptar una secuencia de desidias y una de las más tristes es levantar el árbol de navidad. La resaca de diciembre es larga y puede durar tres meses. Despertamos del todo cuando llega abril y hay que presentar la declaración ante la hacienda pública. Supongo que la nostalgia asociada al árbol tiene que ver con que representa el fin de un ciclo y el inicio de otro. Cuando eres niño esto es más claro pues, según creces, los días se vuelven idénticos y sólo de pronto hay alguna felicidad esparcida en el año, capaz de romper la monotonía. Levantar los adornos navideños es unas de las primeras victorias del nuevo ciclo, lo mismo porque nos obliga a guardar cada uno de ellos con el debido cuidado para el año siguiente, que por acondicionar la forma general del ecosistema de la organización familiar.

He sido testigo de la instalación del árbol, pero ya no colaboro. Lo imagino remoto —no obstante estar en un lugar estratégico—, además de que me obliga a acomodar los libros que han esperado lectura a lo largo del año. Las torres de pendientes están en crecimiento continuo, como si al llegar más alto lograsen su derecho a ser leídos. Todos fuimos testigos de las ingeniosas modalidades de armar un árbol de navidad con libros, a través de las redes sociales. Uno se pregunta: ¿cuánto habría leído la persona que instaló de árbol, de haber declinado la tentación de ser novedoso en el acto consagratorio de la navidad? Muchos años no lo pusimos en casa, pero la infancia tiene otras necesidades y aquí ya llegó un pequeño.

 

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Por extraño que parezca, asocio el mes de diciembre a realizar actividades al aire libre. Puedo disponer de algunos días fuera del trabajo, que utilizo para salir a caminar en zonas boscosas. No deja de ser lamentable el holocausto al que son sometidos los pinares, serruchados sin piedad para complacer el capricho de la hora. Es irremediable preguntarse si una casa necesita un árbol de navidad por espacio de ¿dos meses? Y no es un asunto únicamente de sustentabilidad, sino de organización de los desperdicios. Esos mismos árboles, que dieron tanta felicidad a los pequeños, luego son arrojados sin piedad a la basura, que además cobra por llevárselos, luego de amarrarlos con una dureza perturbadora.

No consta en alguna página de Cuento de Navidad que Scrooge imprecara directamente contra el uso de los árboles, aunque se oponía a cualquier expresión que motivara la felicidad. Epicuro lo conocería alarmado, incrédulo de su avaricia de bienestar. Es improbable que las navidades futuras prevean un mejor uso para los árboles, una vez que son desechados. No todos los horrores del mundo posmoderno circulan en las redes sociales. Algunos de ellos hemos dejado de verlos, como si no estuvieran o fuesen de escasa importancia. ¿Habrá posibilidad de tener en el futuro un árbol de navidad-holograma? Que se esfume con un golpe de botón. El mensaje que entregó R2-D2 a la princesa Leia nos da la certeza de que así será.

 

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No me pierdo el ritual del hacimiento en las plazas comerciales, además de colaborar en adquirir objetos que no necesito ni deseo. Este confinamiento sería menos si no pusieran un árbol de navidad gigantesco a medio paso. Todos respirarían mejor y con suerte comprarían más, ya que los beneficios de la oxigenación son incontables. Algo que no ignora cualquier maestro de spinning o, como es mi caso, un individuo que disfruta el aire libre y sólo tiene algunos días de diciembre para disfrutarlo. Quizá la única opción viable sería tener un árbol pequeño de navidad para el escritorio, a manera de las banderas minúsculas de los foros internacionales. Este árbol podría guardarse cómodamente en un cajón bajo llave, hasta el año siguiente. Los niños serían felices al comprobar que es de su tamaño, lo que serviría para enseñarles que la monumentalidad sobra si el cambio, en verdad, es interior.

Pero vendrá otra navidad para hacernos entender que si bien somos seres cíclicos, hace falta más que una indigestión continuada y botellas de vino espumoso para lograr un cambio de circunstancia. Aquí el punto es el árbol.