Luego de aplazarlo más de una ocasión, me decidí a realizar el ejercicio franciscano de sentarme a ver las más de veinte entregas de la saga de James Bond, una tras otra. Ian Fleming debió haber sido partidario del eterno retorno, ya que cada una de las películas es un ciclo cuyos elementos se repiten con una religiosidad que conmueve: (i) la chica guapa de la época; (ii) intriga internacional, filmada en diversos países; (iv) el auto de lujo que hace acciones fabulosas; (v) un “malo” que quiere conquistar al mundo; (vi) coqueteos y sexo casual del Bond en turno; (vii) acción, acción y más acción. Esto es: explosiones, disparos y persecuciones.

Con seguridad pude haber leído más libros en las más de 45 horas que pasé frente a la pantalla. O ver algo menos borroso, como otra película de Xavier Dolan o las que no he visto de Claude Chabrol —que con suerte terminaré, eventualmente. Ya no me detuve en los “extras”, claro. Todas concluyen increíbles y según pasan los años, revelan que los efectos especiales no son los mejores amigos del tiempo. No es difícil aterrizar en la condescendencia y verlas con un beneplácito infantil.

 

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[El Lotus anfibio: tierra y mar.]

 

La secuencia de absurdos serpentea hacia lo fantástico. Un individuo como James Bond, que lo sabe todo y puede resolver cualquier incidente sin apenas despeinarse, está incapacitado para una tarea diferente. ¿Por qué no se ha considerado esta saga parte del cine fantástico? Su lugar en la categoría acción/aventuras es incuestionable. Acaso el único aporte al entretenimiento del espectador, que termina mareado luego de tanta intriga sin fundamento, es sembrar la pregunta de quién ha sido el mejor Bond. A juicio de muchos, Roger Moore ejerció demasiados años el papel, a diferencia de Timothy Dalton, que fue buen Bond y sólo apareció en dos entregas. Misterios de los productores.

Más de uno ha tenido la ingenuidad suficiente como para señalar que la saga es un “reflejo de la geopolítica”, y que podría ayudarnos a entender la historia de la segunda mitad del siglo XX. Nada más falso. La agónica secuencia de dislates deriva en comedia bufa antes que en una representación formal del oficio de espía. Quizá el único aporte sea motivar en el espectador suspiros por la vida de glamour, prosperidad y romance ilícito sin consecuencias, tan lejos de quienes amanecen para buscarse las condiciones mínimas de subsistencia.

 

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[James Bond salta por encima de los cocodrilos.]

 

No volvería a ver las películas. Las hallé poco gratificantes y carentes de sentido. Es posible atestiguar algunos dislates, pero tantas horas seguidas concluyen perturbadoras. Es previsible que la saga continuará de manera infinita. La maquinaria está aceitada y cada entrega sólo necesita los elementos mínimos para ser manufacturada. Idéntico a preparar pizza. ¿Quiénes serán el pepperoni, las anchoas o el queso extra? Aquellos que al momento de la filmación tengan sus bonos más altos y acepten el precio ofrecido, que debe ser mucho. Las bendiciones de aparecer en una saga pueden ser el despunte definitivo o una tumba. Hervé Villechaize, celebrado “malo” de El hombre de la pistola de oro (1974), no pudo remontar el vuelo y terminó como segundón en La isla de la fantasía, serie tristísima donde las haya. Que haya optado por el suicidio a la edad de cincuenta años se explica fácil.

Cada quien es libre de inyectarse su veneno, naturalmente. Yo siento que perdí. Tanto a nivel financiero (compré los sets de las películas “remasterizadas”), como a nivel humano. Diagramar el uso del tiempo es una exigencia inaplazable. ¿Veré la nueva entrega, proyectada para 2015? Lo haré, seguro. No he hallado la clave para aislarme de las ceremonias colectivas. Mi esposa dirá que debemos ir a verla y lo haré. ¿Quién desea dormir fuera del cuarto? La sociedad organizada y ella misma me impondrán la experiencia, al igual que sucede con el semáforo, el anuncio de no fumar en los restaurantes y la prohibición de instalar Windows sin licencia.

 

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[Tan fácil como darle una mordida al cable de acero del teleférico.]

 

Entonces medito qué haría James Bond. Se extinguió la amenaza nuclear, nadie quiere conquistar al mundo (sólo destruirlo), los diamantes aún son caros —¡qué remedio!—, pero hay modo de pagarlos a meses sin intereses para el anillo de boda… El mundo es un mejor lugar para vivir, pareciera. Nos quedan los poderes germinales de la parodia y vuelvo a Mike Myers en la saga de Austin Powers. Risas a boca suelta.