Hace menos de seis años me detectaron un padecimiento inusual: dejé de oler, de manera gradual. Esta anécdota no es el episodio perdido de otra novela de Patrick Süskind. La nariz es un órgano perceptivo y, de pronto, dejó de hacer su tarea. Diera la impresión de que importa poco en el día a día. Nada más falso. Te puede salvar la vida en ciertas ocasiones. Detecté que olía menos porque no percibía ciertos sabores (¡!), para mi sorpresa. Luego me informaron sobre la conexión entre olfato y gusto.

El cuerpo no deja de ser una caja de sorpresas. Los partidarios del mecanicismo se reirían al escuchar este asombro que señala las conexiones secretas del mundo. Algo apenas paradójico si es que se cuenta con la formación mínima en alquimia y mística. A nadie debería extrañar que la nariz pudiera ser el centro del universo. De este o de otro por descubrir. ¿No hemos aprendido nada de los estudios cuánticos? Si la percepción es el motor de nuestra realidad —y no así el lenguaje, como sugirió Wittgestein—, entonces oler es la puerta de no pocas sensaciones y experiencias. Digamos que sería más fácil detectar que la carne se quemó con sólo olerla, lo que nos ahorraría la comprobación efectiva de su exceso de tiempo en la parrilla.

 

LudwigWittgenstein

[Nariz de Wittgestein]

 

Un aspirante a enólogo o barista podría ver truncada su carrera por este padecimiento. Igualmente un florista que se precia de elegir las flores más olorosas para sus clientes, o aquel que vende pescado fresco. Los usos de la nariz son tantos como la imaginación lo permita. “Hiposmia”, me dijo el doctor que se llamaba el padecimiento, mismo que si no me trataba en tiempo derivaría en una “anosmia”. Me preocupó que lo que tenía pudiera transformarse en algo más, de nombre aún más aterrador. Anosmia podría ser un monstruo temible del mar, no distinto a Caribdis. Perseguiría en sueños a quien oliese de manera deficiente. En un folleto de prevención que me obsequiaron en el consultorio se refería que, derivado de la falta de olfato, podría morir en la noche por una fuga de gas. Esto no me preocupó, considerando que si fuese el caso no me enteraría y de hacerlo no me importaría. ¿Qué vale la vida sin oler?

Adopté medidas de inmediato. Al llegar a casa fui directo al baño. Debajo el espejo estaba mi colección de perfumes, que miré con nostalgia. La vida no se detiene si bien los objetos nos observan desde su templanza absorbente. Envidié el garbo de algunas botellas, además de su invariable disposición a ser admirados. Ignoramos cuánto un padecimiento trastornará nuestros hábitos hasta que sucede. Me puse por última vez el que más me gustaba y vacié todos en el excusado. Pensé que tener un olfato deficiente no me excusaría de regarlos en alguna fecha especial, por otra parte. ¿Hay justicia en castigar a los demás de nuestros defectos más inmediatos? Enfermarse, por otra parte, es una forma de ampliar nuestro conocimiento del mundo. Ignoraba que existía la rinología, el síndrome de Meniere y que hay una especialidad pediátrica de la otorrinolaringología. Tanto que se descubre en una charla casual con el especialista que nos atiende.

De la misma forma, acudir al médico nos obliga a hojear revistas que no están a nuestro alcance o que, estándolo, preferimos evitarlas. Encontré reportajes a fondo en publicaciones de moda. No necesitaba oler los contenidos para integrar su sentido, lo cual me pareció fabuloso. Ejemplo: terminé de entender la trágica relación de Aristóteles Onasis con Maria Callas, al igual que la historia de Christina, hija de aquel con Athina Livanos. Entendí que los griegos actuarán las tragedias de rigor.

 

AristotleOnassis

[Nariz de Aristóteles Onasis]

 

El otorrinolaringólogo me hizo saber que mis expectativas de volver a oler con normalidad eran bajas. Rastreando en mi historia personal, al parecer estaba relacionado con algún golpe fuerte que recibí en el rostro. Durante los años de secundaria y preparatoria y aún al inicio de la universidad, me liaba a golpes a la menor provocación. Los motivos eran simples, en su mayoría, y no conviene recordarlos. Por suerte no he perdido la memoria y puedo relatar que perdí en parte el olfato. No me cura aunque me tranquiliza.