Mentiría si digo que no extraño los jabones. Son un objeto nostálgico de una infancia que se aleja. Ignoro el número de veces que me regañaron por no lavarme las manos, pero imagino que fueron demasiadas. La ironía de la historia implica que ahora sea yo quien imparta regaños idénticos. No crees que todo se repite sino hasta que sucede frente a tus ojos. Así entiendes muchas verdades de la filosofía.

A paso lento andamos hacia la era coloidal, que privilegia el gel y sus derivados para contener ese universo invisible de gérmenes que nos acechan. Nunca como ahora un estado de la materia puede salvarnos de tantos peligros. Por supuesto viví aquellos días apocalípticos motivados por la influenza aunque fui de los temerarios que, lejos de amilanarse, salió a las calles para buscar el escándalo y acaso la conversación ocasional de algún individuo al que tampoco le importara infectarse.

El mundo cambia a una velocidad pasmosa. Apenas logramos adaptarnos a un cambio y ya suceden diez más. Perdemos flexibilidad con el paso de los años. Igualmente confianza en la pertinencia de cada innovación, si no resulta evidente. Ahora debemos lavarnos las manos si estamos enfermos o si no deseamos estarlo. El primer estornudo es un llamado a la necesidad de un gel anti-bacterial. Hay en las tiendas, bancos, restaurantes, centros comerciales, oficinas públicas y privadas y hasta cuando pagas con tarjeta de crédito en un drive-through. Si esto representa un beneficio social o si, por el contrario, expresa una paranoia social exponenciada, es un asunto que aún espera el análisis de los expertos.

 

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[Placebo coloidal para toda ocasión]

 

El síntoma es claro: somos expertos en las soluciones a corto plazo que no solucionan nada. Ahí sigue el desempleo, el asunto indígena, el precio del dólar, las cifras de muertos y desaparecidos por obra del narcotráfico, la desidia… Nos lavamos las manos a la menor provocación y con una asiduidad enfermiza. La trama conspiracionista de que una galaxia de gérmenes nos acecha parece ser cierta. Los patólogos confirman una cifra escandalosa de bacterias y otros organismos que pueden alojarse en nuestro cuerpo. A la manera de las ballenas, las rémoras viajan a nuestro lado y diversos moluscos se incrustan sin pedir permiso. Huellas de vivir, erosiones de la circunstancia.

La nostalgia del jabón no te abandona. Había una celebración en abrir el empaque para estrenarlos. También perdemos la espuma que generaban. Las burbujas eran una confirmación de limpieza, si bien son otra ilusión generada por la química. Hay jabones que no las producen y no lavarán menos que cualquier otro, seguramente. Estamos en un mundo de burbujas, qué duda cabe. Todo se reserva y aspira a la condición de isla. La era de la hipercomunicación nos aisla hasta límites impensados. Cada quien anda en su mundo, feliz de haber encontrado la piedra filosofal que dará sentido a su vida. Las maneras de evadirse resultan infinitas. Ejemplo: esta meditación sobre los jabones.

 

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[Bauman: el problema del agua]

 

El pragmatismo actual doblega hasta las rodillas más endurecidas por la artritis. A Zygmunt Bauman le ha preocupado la liquidez y no desde un punto de vista financiero. Modernidad líquida hace referencia a un sujeto que debe adaptarse a condiciones de vida móviles de manera permanente y además enfrentar sus consecuencias, si bien no habla de la importancia del agua en los días que vienen. Su análisis del capitalismo actual se desdobla hasta lograr una irreconocible figura de origami. Si Bauman se lava las manos con gel antes de impartir clase no es un dato que habrá de figurar en la biografía autorizada que se publique, eventualmente. El análisis filosófico que intenta orbita alrededor de la abstracción y no se detiene en aspectos considerados terrenales.

Una modificación de prácticas está lejos de ser una trivialidad. En esas inflexiones es posible detectar hacia dónde se mueve el género humano. Basta abrir los ojos y, de manera previa, tallarlos con energía por si alguien estaba semidormido. Una prevención imposible de realizar con las manos sucias.