Nunca fui asiduo a los hoteles de paso porque la casa siempre estaba muy sola, si bien no tenía jacuzzi. La experiencia del hotel de paso no se borra de la memoria. Nada más abrir la puerta sucede una magia, aún si se es un asiduo. ¿Habrán cambiado la decoración, el color de las paredes, el piso del baño, los espejos? Son lugares en mutación permanente y su razón de ser implica generar un sobresalto de los sentidos. Empecé a frecuentarlos porque mi acompañante se rehusaba a la posibilidad de que se presentase un familiar de improvisto, y todo terminase en un caos por vestirse lo antes posible. Otra épica que se esfuma, como tantos detalles cuya riqueza sólo se aprecia conforme pasa el tiempo. En los hoteles de paso suceden las confesiones más escabrosas, se traman deslealtades y se consagra a la lubricidad como un fin preponderante. Es tan poco lo que ofrece el juego erótico que es necesario llenar el tiempo que resta con alcohol, chistes sobre los demás, cuchicheos y todo el aserrín que no es posible liberar en un otro entorno controlado. Las liberalidades del cuerpo acontecen y hasta generan hilaridad. Son muros de ojos mudos, por suerte. Ofrecen una cápsula en la que preservarse, así sea por el tiempo que dure la inmersión. Dentro de la cual hay poco oxígeno y termina por agotarse. Luego viene la asfixia o el consuelo de la televisión por cable, antes no tan común.

television [Olvidar al otro]

Un hotel regular ofrece una experiencia ordinaria, incluso si se viaja con pareja. No hay misterio ni la sensación del acto ilícito. Las atenciones de las personas, iniciando por la recepcionista, diluyen cualquier sensación de romper una regla. Acudir a un hotel, por tanto, implica confirmar la civilidad de los hombres. Que alguien te reciba en su casa, así sea por dinero, es la marca insoslayable de que dejamos atrás el salvajismo y brutalidad de la conquista de un territorio indomable. No olvidar que el Viejo Oeste sucede en el siglo XIX. Bastaba con tener el armamento necesario y hombres sin escrúpulos a tu disposición, para llegar a un sitio y declararlo de tu propiedad, hoteles de paso incluidos. En un pueblo remoto volver a la ley del más fuerte, parece más fácil. El psicoanálisis diría que acudir a un hotel de paso implica volver al vientre de la mujer, lo cual admite un sentido literal y metafórico. Es un sitio húmedo, cálido y a ratos esboza una vereda hacia aquella inconsciencia del lapso previo al nacimiento. Si hubiera memoria en los lugares acaso no sería tan agradable asistir a ellos. ¿Cuántos pleitos, gritos e incordias habrán presenciado esas paredes? Esos cuartos son un escenario descarnado de la vivencia humana. El sexo nos animaliza hasta el punto de perder los estribos a la menor provocación, sin contar que ahí se bebe, usualmente, lo que desteje inhibiciones y otros frenos psíquicos. Es una desnudez por partida doble. Pero vivimos rodeados por los hoteles de paso. Subrayan una urgencia que no puede ser ignorada. No hay una edad máxima para encerrarse a disfrutar aquella soledad ficticia. Mueren unos y surgen otros con una decoración más atractiva. El entorno se vuelve significativo en una experiencia que es interior. Las cavidades de la práctica sexual no dejan de ampliarse o reducirse, a la manera de arterias después de una comida copiosa.

hoteles-sabanas [Sospechosa blancura]

Imposible no sospechar de la olorosa perfección cuando abrimos la puerta del cuarto. Los productos de limpieza son capaces de generar ilusiones profesionales. Son los magos no reconocidos del gremio. ¿Qué habrá sucedido en ese mismo colchón quince minutos antes? Se sabe que el catorce de febrero es un día extremo para que los enamorados acudan a un hotel de paso. Los hacen esperar, les miden el tiempo, baja la calidad de la atención, exploran el rostro de la dama con morbo al entrar al sitio. El uso de estos hoteles revela más de lo que se pretende ocultar, basta con ejercer una mirada atenta. Las prácticas amorosas no varían en lo sustancial, pero sí las maneras de resignificar los beneficios o daños que producen.