Ignoro cuántas temporadas completas de Los Simpson he visto, pero al enterarme de que son 26, renuncio a presenciar otro episodio. A la fecha, llegan a 569. Y si cada uno de ellos dura alrededor de veinte minutos, suman la friolera de casi 190 horas de tiempo frente a la pantalla. Más de 7 días de reproducción sin pausas. Una brutalidad contra el espectador en un tiempo de producción televisiva a velocidad luz.

La primera temporada se transmitió entre 1989 y 1990. Yo tenía poco más de diez años y parte de mi día se iba en ver caricaturas. Los Simpson fueron un estallido para una generación entera. Su modo enérgico y descarnado de ironizar el modo de vida norteamericano, proveyó a muchos de una escapada hilarante para meditar sobre la realidad de aquel sueño. Matt Groening y su equipo han hecho todos los malabares posibles para que la serie no pierda vigencia. Modernizan los chistes, incluyen actores contemporáneos y políticos célebres y otras estrategias que no hacen sino expresar el cansancio de la serie. Cualquier episodio de los más recientes revela su falta de inventiva. La exageración y el sarcasmo más corrosivo termina por derretirse a sí mismo. Sucedió lo inesperado: la serie se disolvió a sí misma, literalmente. Se consumió en cada entrega y ya se percibe agónica y desmadejada.

 

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[Stephen Hawking]

 

No es usual que una empresa que crea un objeto que gana reconocimiento, se rehúse a colgar los brazos. En otro ámbito, trayectorias como la de Alfred Hitchcock o Woody Allen, ponen de manifiesto que no es difícil tropezarse con reiteraciones de un modelo hasta que el cuerpo aguante. Por supuesto hay series más largas con un sitio de privilegio en el podio —Doctor Who, Hospital Central, Guiding Light—, pero Los Simpson, que destacó por su crítica al capitalismo, derivó en otro producto para consumir. La serpiente se devoró la cola y terminó devorada por sí misma. Es un espectáculo que no sucede todos los días.

Ahora bien, es inevitable reírse de los chistes. Es una serie de entretenimiento y como tal se disfruta. Parte de su condena, no obstante, es su apuesta por la inmovilidad de sus personajes. Quedaron estandarizados —sutil forma de congelamiento— y nunca crecieron, juegan un rol específico en todos los episodios y, en el mejor de los casos, padecen algún desequilibrio que se olvida en el siguiente episodio. La desmemoria es el santo y seña de la serie. Por lo que ver un episodio es verlos todos. Es una fotografía de cuerpo entero. Groening habrá sentido temor de perder el filo de sus creaciones, pero terminó por sepultarlos. A la manera de una jalea, cuya misión es atrapar al televidente, cada uno de los episodios está pensado para ser una explosión cabal del universo amarillo.

 

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[Benjamin McLane Spock]

 

No obstante, la galaxia Simpson se rehusó a la expansión. Sus estrellas perdieron luz, según pasaron las décadas. Más de un cuarto de siglo al aire se dice fácil. Las aspas de la licuadora de sus creativos y escritores no han parado de girar. No hubo big bang para sus personajes, sino una caminata en círculo que derivó en vértigo. Groening también creó Futurama, la cual jamás gozó el éxito de Los Simpson, si bien sospecho que es un paso superior a sus personajes amarillos. En esa serie los procedimientos de ridiculización se llevan al extremo y un redoble de imaginación perfila planetas, civilizaciones perdidas, viajes espaciales y batallas en lugares remotos. El despliegue ensoñador termina significativo. También aparece la crítica a la comodidad y al culto de la superficialidad, pero con más elementos y un discurso renovado. Imagino que su falta de éxito deriva de su anclaje en la ciencia ficción, de la que no pocos huyen en la consideración de que “eso no es real”, o no ayuda en la “comprensión de la realidad”. Como si una serie “realista” fuese una herramienta de entendimiento y no, como lo es, otro producto de entretenimiento.

En el actual boom de producción televisiva, Los Simpson queda como un modelo grabado en piedra. Un trilobita de un tiempo inmemorial, con cientos de patas congeladas en espera de un arqueólogo con la suficiente curiosidad y tiempo libre.