Debido al desarrollo histórico de la civilización, en donde conectar rutas terrestres, marítimas o aéreas, ha sido considerado como un logro ya que impulsa intercambios culturales, comerciales y políticos, el acto de unir tiene una connotación positiva casi inapelable. La devoción que tenemos por reunir es milenaria y hunde sus raíces en nuestra forma de sobrevivencia. El alimento se une al fuego y la sed al agua. Así de fácil y así de complicado. La humanidad ha saltado espacios gigantescos de historia con el uso de binomios de variables conocidas o por conocer. Por lo que una persona “desconectada” equivale a un ser que pierde su identidad humana para transformarse en un sujeto existente.

Apenas se vislumbran los alcances de la telefonía móvil, la fibra óptica y las comunicaciones ultrarrápidas. Nos acercamos al punto en que la incomunicación será un privilegio. Ya no hay modo de escabullirse. Es más difícil no tener celular que tener uno cualquiera, ya que todos tienen alguno que les sobra y que además funciona a la perfección, pues sólo lo utilizaron por espacio de unos meses o semanas, incluso. La basura tecnológica se acumula e incluye cualquier forma imaginable de hard-ware, desde volantes para disfrutar un juego de carreras hasta monitores que se han ido adelgazando como las supermodelos. Y esto parece ser sólo la punta del iceberg.

 

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[Sé que estás ahí]

 

Que en otro teléfono sepan si ya leíste un mensaje es una forma de invasión, por ejemplo. Otro navajazo a nuestra precaria forma de disfrutar el ámbito privado del que disfrutamos, eventualmente. Inténtese este ejercicio por la mañana: apague el teléfono, no encienda la televisión, no lea el periódico, no converse con nadie. Antes de las seis de la tarde se habrá perdido las infinitas fotos de mascotas, tragedias del día, abusos de políticos, historias de éxito y compasión y demás residuos que se digieren en un día cualquiera. Si esta forma de microhistoria del género humano tiene algún uso más allá del mero entretenimiento, aún está por resolverse.

Se ha terminado por llevar al plano de lo relevante cualquier aspecto inútil de la vida social. Un amarre de agujetas con un nudo asombroso, o el momento en que el fotógrafo de un boda se tropieza, se viraliza y millones de espectadores son partícipes de este consumo habitual de contenidos irrelevantes. El único individuo que no participa en esta distribución gratuita de sarampiones es aquel que no utiliza las redes sociales, que rehúsa su trato con desconfianza y se resigna a que no hay apenas riqueza en ese deslice permanente de insignificancias.

Ahora bien, si una persona renuncia al trato con los teléfonos inteligentes y sus derivados, no se escapa de ser fotografiado en la calle, el transporte público o un restaurante y terminar como un celebrado meme debido a su apariencia, el gesto que hizo al momento del disparo o, sencillamente, porque ese día se peinó de una forma que recuerda a un personaje célebre. Cruzar el umbral de la puerta es más riesgoso que nunca y nadie se escapa de ser un objetivo en la cámara de un vivillo.

Cortar la comunicación con el entorno implica mirar hacia dentro. Es una enseñanza milenaria que deriva de la mística tradicional y perdura hasta la actualidad. ¿Qué hay en ese quimérico interior? Una pregunta difícil que no admite una respuesta lejos de cualquier koan. Abro el teléfono y encuentro apps que dibujan mandalas y otras más para perfilar tu carta astral. Las sugerencias de aplicaciones para descargar son ilimitadas. Acaso en ese universo de bytes sea posible lograr la comunicación con la realidad trascedente, diluida desde tiempo inmemorial.

 

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[Budismo para tu teléfono]

 

Los avances tecnológicos han logrado acercarnos, si bien no logra nutrir el diálogo, fin último de la comunicación auténtica. “Compartir” es el eufemismo natural para salpicar a los demás con nuestros hallazgos, que se miran desde un observatorio de apatía infinita. Es posible “conectarse” desde el Amazonas, el desierto más remoto o cualquier destino de playa. Los teléfonos tienen GPS, además, así que nuestro paradero es rastreable. Robinson Crusoe será el modelo de alguna generación futura, que hará todo por eliminar a Viernes de la historia.