Aquella tarde de septiembre me citaron en el SAT. Enviaron una notificación a mi domicilio señalando el día y la hora en que debía presentarme. Me “invitaban” a regularizar mi situación fiscal. Pensé que era el momento idóneo para aclarar por qué no había presentado declaración fiscal en los tres años anteriores, además de otros asuntos menores. Había llovido con una intensidad inusual y llegué al edificio escurriendo, pues aunque traía sombrilla, el viento terminó por doblar los soportes y la dejó inservible. Subí a uno de esos elevadores en donde hay un individuo sentado en una silla, que te pregunta a qué piso vas y oprime el botón correspondiente. Subieron otros individuos, por lo que casi nos deteníamos en cada piso. Tránsito cansino de respiraciones ajenas y entrecortadas. Aquella persona, al verme, dijo:

—Arreció la lluvia, joven.

Fue una afirmación irritante, que oscilaba entre la burla y la confirmación de un evento meteorológico. Me pareció demasiado. Quise arrancarme la cabellera. Iba tarde a la cita. Había llegado en metro y volvería en él, con el retraso natural que genera la lluvia. La sensación de traer los calcetines húmedos era insoportable, además. Le devolví un gesto amable, si bien no dije nada. El empleado SAT me extendió una escandalosa cifra a pagar, aunque me darían plazos. Unas horas son suficientes para que un hombre pierda la cordura. Al salir de la oficina, me juré no decir una sola palabra en el trayecto del elevador a un desconocido.

 

High Rise East Harnwell Elevator

[Hallar el punto ausente]

 

El espacio cerrado del elevador genera una incómoda cápsula de relación interpersonal forzosa. Más aún si sólo son dos personas las que hacen el viaje hacia arriba o hacia abajo. Las miradas flotan en el espacio y el breve lapso de un trayecto se estira. Es otro juego del tiempo. Es posible escuchar la respiración del otro, el jadeo por las prisas, una llamada por teléfono… El entorno habitual de cortesía se interrumpe cuando hay un espejo, que pareciera obligar a los viajantes a mirarse a los ojos, arreglarse la corbata, la mascada o la altura del escote. El espejo neutraliza la incomodad porque desplaza la atención del sujeto que viaja. Entre tanto, el otro puede extraviar la mirada en el teléfono aunque no necesite nada de él. Estos se han vuelto un amuleto para los intersticios en que no es posible realizar algo concreto. El teléfono es el instrumento ideal para aparentar que se hace algo cuando no se hace nada, en realidad. Es el simulador llevado a su máxima perfección.

Un viaje en elevador es una prueba de estrés. ¿Se cruzarán las miradas? ¿Escucharemos alguna indiscreción de alguien que no conocemos? ¿Alcanzaremos a oler el perfume de la mujer que se subió y desborda vanidad y coquetería? ¿Y si fueran varias, podríamos distinguir qué fragancia pertenece a cada una de ellas? El observador minucioso tiene una oportunidad sin igual al momento de abordar un elevador. Lo regular es un “buenos días/buenas tardes” para dejar constancia de que el otro existe y además es percibido por los sentidos. De ahí se salta a los comentarios sobre el tráfico, el alza de la gasolina o el precio del dólar. Son conversaciones estandarizadas que ahuyentan los silencios incómodos a través de los cuales es posible escuchar el ruido que emiten los cilindros de luz blanca. Un sonido espectral, mezcla de avance tecnológico y hospital de película de terror.

 

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[¿A qué piso va?]

 

Esta permanente invención para vestir un espacio cerrado, es otro motivo para el estrés. Ahora logro permanecer hierático, incluso si alguien me dice “hola”. Prefiero pasar por majadero a tener que repetir alguna argucia para interactuar con una persona a la que no volveré a ver. Es válida la aspiración de autopreservarse para evitar el dispendio, el uso exagerado de palabras que intentan generar empatía y que, en realidad, sólo generan sospecha. (¿Por qué me habló esta persona? ¿Qué quiere de mí?) Tampoco toso, carraspeo, miro el reloj/teléfono, me ajusto los lentes o intento cualquier otra forma de evasión. El nudo de la corbata ya no me preocupa. Así que mantengo la vista al frente, retador y temerario, y en ese horizonte imaginario, obstruido por dos puertas de acero mate, entreveo el momento feliz de volver a casa, abrir el libro que tengo pendiente o acariciar los muros que me vieron salir desde temprano, testigos mudos de mi deambular por los mismos lugares. Guardo las palabras que pude dicho en el elevador para charlar conmigo mismo, entre sueños. Me despojo de las que escuché, de manera casual, y se pegan a uno sin quererlo y nos impregnan la ropa. La palabrería ocupa espacio y lo ideal es viajar lo más ligero posible. Ahí seguirá el SAT.