[De la serie “Atelier de letras”, esta plática con Bernardo Esquinca, quien recién publicó Demonia (2011) en editorial Almadía].

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—¿Por qué escribir sobre terror cuando nuestra literatura apenas tiene algunas plumas que lo procuran?

Lo interesante del género de terror en México, es que no es el resultado de una moda, como actualmente ocurre con la narconovela, que es demasiado coyuntural. Con dicho género sucede un curioso fenómeno: hay pocos escritores interesados en explorarlo, pero tiene lectores fieles y constantes. En lo particular, más allá de decirte que abrazo el terror porque me obsesiona, creo que es un territorio muy propicio a indagar si eres mexicano: somos una atractiva mezcla de religión y superstición, vivimos rodeados de leyendas sobrenaturales y nuestra relación con la muerte es peculiar. Lo que me sorprende en realidad es que haya tan pocos colegas entusiasmados al respecto, pero se puede entender, pues los escritores mexicanos suelen ser solemnes y pretenciosos y tienen prejuicios sobre los mal llamados “subgéneros”.

—Entiendo. Me confieso como lector de esos “subgeneros”. Crecí leyendo ciencia ficción, fantasía y terror. Sé de tu entusiasmo por J.G. Ballard y otros. ¿Qué tanto esas lecturas permearon en la construcción de tu proyecto literario?

J.G. Ballard es un autor fundamental para mí. Lo primero que leí de él fue Crash, y desde el prólogo me quedó claro que nunca había leído algo parecido. Siempre estuvo adelantado a su época, en las páginas de esa novela se anticipa la muerte de la princesa Diana, entre otras cosas. Quedó etiquetado como autor de Ciencia Ficción, pero como bien dijo Rodrigo Fresán, Ballard dejó de ser un escritor de CF para convertirse en el mejor cronista de nuestros días, como sucede con las novelas que escribió hacia el final de su vida, entre las que se encuentran las estupendas Noches de cocaína, Super-Cannes y Milenio negro. Lo que más me impactó de su literatura fue la manera de abordar las perversiones humanas sin ningún complejo, y su exploración del mundo interior de los personajes, la manera en que la psique termina alterando el exterior. Como él mismo dijo, a medida que avanzamos hacia un paisaje cada vez más psicótico, las enfermedades mentales son una adaptación darwiniana a lo que vendrá… Belleza roja, la novela que me publicó el Fondo de Cultura Económica en el 2005, es un homenaje a Ballard a partir de la nota roja y la modificación corporal.

—Por otro lado, al leerte, imagino que el cine tiene un lugar privilegiado en tu narrativa. ¿Es cierta esta percepción, o soy yo el que ya lee con perspectiva cinematográfica?

Sin duda el cine ha sido una influencia importante en mi obra. Sobre todo las películas de David Lynch, quien me enseñó que los misterios no deben resolverse del todo. Sin embargo, en mis libros más recientes, concretamente en los de cuentos (me refiero a Demonia y al que trabajo actualmente) me parece que esa influencia se ha ido desvaneciendo, pues hay una clara intención de explorar las formas narrativas del relato desde la literatura. Por ejemplo, el cuento que da título a Demonia, es un relato-ensayo sobre la posesión satánica y sus múltiples interpretaciones.

—¿Y cuál ha sido la recepción en general de tu obra con tus lectores? No pocos te ubicamos como un autor que está llamado a sorprendernos.

Stephen King utiliza un término para referirse a los lectores de calidad: “constant reader”. Es decir, no aquellos que te leen ocasionalmente sino ese grupo que se va formando con los años y que son los que conocen tus libros mejor que tú. Lo que te puedo decir es que estoy en un punto en el que comienzo a encontrar este tipo de lectores. Empiezo a reconocer sus rostros en las presentaciones, se me acercan con uno o varios de mis libros, o me contactan por Facebook. Demonia se reditó muy rápido. Hace poco mi tocayo “Bef” [Bernardo Fernández] me contó que se encontró con un lector mío en Argentina. Quizá para otros esto no represente gran cosa, pero para un escritor como yo, que no tiene agente literario ni ha publicado fuera de México, es algo muy estimulante.

—La televisión ha dejado de ser un síntoma de descomposición social y ahora transmiten series con una narrativa envidiable. Pienso en Game of Thrones o en Boardwalk Empire. Además de ser cinéfilo, ¿te interesa lo que sucede en la televisión, pensando en términos narrativos?

Sin duda. Aunque no soy muy constante: se me olvida el día que pasan y tampoco tengo el temperamento de comprarme los DVD’s y pasarme 700 horas seguidas poniéndome al corriente. Te doy un ejemplo: apenas ahora estoy viendo la quinta y última temporada de la magnífica Six Feet Under, luego de que pasaron ¡8 años! de que vi la cuarta temporada. Eso sí, vi religiosamente todos los lunes durante seis años Lost, y ahora que terminó hay un gran vacío en mi vida. Soy muy fan de Fringe (en Demonia hay un homenaje a los “Observers” de la serie) y True Blood, y me parece una tragedia que hayan cancelado Carnivale en su segunda temporada. Y Twin Peaks, bueno, es la Madre de Todas las Series, es la que abrió camino y permitió este Renacimiento televisivo que vivimos hoy en día. La TV está haciendo lo que el cine dejó de hacer: contar buenas historias, con estupendos actores. ¿Quién iba a decir que Steve Buscemi o James Gandolfiniotrora eternos segundones—, iban a convertirse en estrellas fuera de la pantalla grande?

—He visto que algunos narradores se acercan a la nota roja como una potencial fuente de historias. Un fenómeno que no sólo sucede en México. ¿Cuál es el interés de un narrador frente a ese mundo de barbarie?

Para mí, la nota roja es una manera de aproximarme a las pulsiones humanas más oscuras, además de un surtidor de historias increíbles, donde la premisa de “la realidad siempre supera a la ficción” alcanza su paradigma. Ernesto Sábato decía que, tras leer las mentiras de los políticos en los periódicos, uno se topa con la verdad en las páginas policiales. Cuando tienes cierto tiempo siguiendo este tipo de publicaciones, te das cuenta que lo que más aparece ahí no son asesinos metódicos y calculadores, sino gente común y corriente bajo presiones tremendas o en un mal día. Es un testimonio social importante, y cuando está en manos de genios como el fotógrafo Enrique Metinides, puede alcanzar el grado de arte. Ahora, se necesita estómago para estar en contacto permanente con esa clase de material. Yo intenté llevar un diario de nota roja en el 2009: recortaba una noticia que me llamaba la atención, la pegaba en un cuaderno y a un lado escribía una reflexión. La idea era hacerlo durante al menos un año, pero sólo aguanté siete meses. No dejo de ser un turista en el tema…

Supongo por hallarse tan a la mano, guardo un interés especial por la violencia. En particular sobre ciertas formas, como la que encarna el asesino serial. Sigo pensando que hace falta la gran novela mexicana sobre el asunto, aunque sea importado. ¿Tienes algún interés especial sobre tales individuos?

Me interesan en general las anomalías, las pulsiones siniestras del alma humana, y por lo tanto, los asesinos seriales entran en ese espectro. Pero debo decirte que no me obsesionan particularmente. En mi novela La octava plaga aparece la “asesina de los moteles”, una asesina serial que mata a sus víctimas durante el coito, pero fue un pretexto para explorar lo que en realidad me interesaba: la transformación de los seres humanos en insectos. Es decir, indagar la mente del asesino no es una de mis prioridades; tampoco ahondar en la psique de los locos consumados. Me parece más interesante el hombre común que está al borde de la monstruosidad. Concuerdo contigo que hacen falta más novelas mexicanas al respecto, y hay asesinos notables en los anales de la nota roja en nuestro país. Barry Gifford hizo la de Adolfo de Jesús Constanzo y Sara Aldrete, la famosa “Perdita Durango”, pero es una versión muy libre. Por su parte, Andrés Ríos Molina escribió un ensayo magnífico sobre el caso de Goyo Cárdenas, Memorias de un loco anormal, publicado por Debate. Un libro ampliamente recomendable.

Y en general, Bernardo, ¿cómo trabajas tus textos? ¿Crecen en páginas escritas a mano, o ves una estructura y te sientas directo a la máquina? ¿Cómo nace aquello que leemos?

Por lo general, escribo directamente en la computadora. Nunca tomo notas: soy muy supersticioso al respecto. Repaso todo en mi cabeza hasta que siento que es el momento de sentarme ante el escritorio. Cuando un texto requiere investigación, subrayo los libros o las copias en cuestión, y los tengo a la mano. Pero notas, jamás. Lo mismo con los futuros libros que se me ocurren; hago ejercicios de memoria para que no se me olviden hasta que llega el momento de escribirlos. Por otra parte, no soy de los que planea con exactitud la trama; parto de ideas básicas, porque estoy convencido que escribir es lo mismo que meterse en una caverna con una antorcha. Me parece que los relatos demasiado calculados carecen de espontaneidad. Si el escritor es el primero en sorprenderse con lo que escribe, es probable que a los lectores les pase lo mismo.

Bernardo, vivimos el imperio de la novela, que se vende a granel y es la apuesta de las grandes editoriales. ¿Cuál es la problemática de mercado que enfrenta el cuentista contemporáneo? ¿Es una carencia sólo mexicana o en general de la lengua española?

Tengo una teoría de por qué sucede este fenómeno en México: desde mediados de los años noventa vivimos la invasión de las editoriales transnacionales españolas, y como en España no hay tradición de cuentistas, los consorcios inocularon aquí la idea de que el relato no vende. Y, lo peor de todo, es que muchos colegas se lo creyeron. Pero nada más falso. En México y en Latinoamérica en general hay una gran tradición de cuentistas, y los lectores buscan el género. Editoriales independientes como Almadía y Ficticia han derrumbado ese mito absurdo. Ahora, ciertamente, en el mercado internacional impera la novela, y como muchos escritores mexicanos buscan a toda costa la internacionalización, sólo se concentran en ese género. Si pretendes eso, definitivamente el cuento es el camino más largo y difícil. En mi caso, hago cuentos porque disfruto enormemente hacerlos. Para mí la literatura es más una cuestión de gozo que de mercado.

Sé que tienes cuenta de Facebookincluso estamos conectados, pero no te encuentro en Twitter. ¿Qué opinas de las redes sociales? ¿Aportan algo a la escritura? ¿Guardas alguna desconfianza ante ellas?

Soy, básicamente, un hombre de las cavernas. Me costó mucho decidirme a entrar a Facebook, y no me he animado con Twitter. Sé que ahora existe algo llamado “twitteratura”. Imagino que tiene su chiste contar una historia en 140 caracteres, pero yo necesito un poco más de espacio, cada vez más, de hecho. El cuento más reciente que escribí tiene 16 cuartillas. No desconfío de las redes sociales, ni las critico, simplemente, no es lo mío. Colegas que respeto están muy metidos en ellas. Así que, como suele decirse, “cada quien su veneno”.

[Foto proporcionada por BE]

Una recomendación de lectura de uno de sus libros: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102475

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