Es usual que me pregunten al llegar a una reunión con un casco de motociclista en la mano, “si ando en moto”, como si no lo fuera evidente por sí mismo. Esto es raro, al menos, ya que no es usual que alguien cargue un casco como parte de su indumentaria, a la manera de un accesorio. Esa pregunta viene acompañada por un gesto que oscila entre la incredulidad y el asombro, la condena y la sorpresa, como si les hubiera confesado que llegué al sitio ayudado por hélices, propulsores de astronauta o paracaídas, soltado por un avión en el punto exacto.

Años atrás, elegí la motocicleta como medio de transporte porque la ciudad se volvió una selva intransitable. Fue una elección gradual que se volvió permanente. Descubrí que en la ciudad de las marchas, el motociclista es el rey. Mis traslados se hicieron más rápidos, lo cual me devolvió las horas de vida que pasaba a bordo de un vehículo. El asombro de los demás deriva de que es una elección riesgosa —como si vivir no lo fuera—, y no es difícil abusar de las facilidades que ofrece la motocicleta. Este tipo de arbitrariedades son muy visibles entre quienes reparten comida a domicilio, en especial pizzas, que las manejan sin precaución, llevando el motor al límite, la resistencia de los componentes, así como sus capacidades para maniobrar ante una situación inesperada. No obstante, es posible conducirlas con las prevenciones y responsabilidad necesarias, para disminuir al máximo los riesgos. Por supuesto he sufrido incidentes, atribuibles al descuido o mala intención de los conductores de otros vehículos. Ninguno ha sido de consideración, por suerte.

¿En qué momento la ciudad moderna se transformó en un sistema arterial embotado por este colesterol llamado tráfico? Lo deseable es que ciclistas y motociclistas logren un acuerdo de colaboración, ya que persiguen el mismo objetivo: el respeto del automovilista. Las grandes ciudades han entendido la importancia de otras formas de transporte. Beijing, París, Nueva Delhi o Ámsterdam son ejemplos de cómo articular el movimiento intenso de ciudades que no se detienen. No hay edad límite ni sexo específico para subirse a una motocicleta, además.

El riesgo es alto, naturalmente. En especial en la noche o durante los días de lluvia. Puede haber una coladera destapada que no estaba así el día anterior, una mancha de aceite que desestabiliza el rodaje, o un automovilista que se da una vuelta intempestiva. La cultura vial de la Ciudad de México está en expansión permanente. Se aprendió a respetar al Metrobús a costa de la amenaza de ser emitidos al corralón; el pequeño carril sólo para ciclistas se extiende en diversas zonas de la ciudad; el motociclista se sube menos a las banquetas, no obstante el ejemplo de los carteros; el servicio de préstamo de bicicletas gana adeptos y la ciudad y sus habitantes se ajustan a los nuevos tiempos. ¿No es paradójico que esta forma de modernidad implique volver a sentir el feliz cansancio de una caminata?

Pero es necesario admitir que el tránsito de la ciudad no disminuirá a pesar del placebo de moda: los segundos pisos. Nos confiamos a los prodigios de las alturas cuando no hemos logrado integrarnos siquiera horizontalmente. Mismo caso de las nuevas construcciones: gigantescas, hipnóticas e inteligentes —refieren. Ahora bien, el automovilista desconsiderado está lejos de entender que una motocicleta/bicicleta en movimiento le representa un vehículo menos contra el que lidiar, de camino a su destino. Representa espacio libre para ser ocupado por la felicidad oronda de su automóvil de ocho cilindros.

En 2012 se aprobó una modificación de ley en donde las motocicletas pagarían sólo el 50% del peaje carretero, un ajuste necesario de tarifa pues no es equiparable el desgaste que generan frente a los vehículos de cuatro ruedas. Este primer paso hacia esta necesaria civilidad para prologar la armonía vial, anticipa que la Ciudad de México podría estar lista para ajustes de carril lo mismo en avenidas centrales que en las calles de una colonia popular. Será una conquista erigida sobre las muertes de ciclistas y motociclistas que han decidido oponerse a la tiranía del tráfico, el miedo en los semáforos por el secuestro exprés y hasta los limpiaparabrisas, antes el enemigo público número uno, lugar que tomaron los franeleros.