Semanas atrás tropecé con una maceta en el departamento de una amiga. Estaba poco iluminado y era la primera vez que visitaba el sitio. No era una maceta grande, aunque sí lo suficiente para hacerme dar con el suelo. Por suerte no se rompió algo más de la casa; sólo un hueso de mi mano. El descuido fue mío, naturalmente, ya que solemos caminar con apenas prevenciones en lugares desconocidos. ¿A qué debemos esta falsa confianza?

El asunto me llevó al doctor y, de ahí, a considerar porqué debemos estar rodeados de naturaleza. Mi madre es devota de las plantas y años atrás me obligaba a regarlas. Pocas veces lo hice y debido a ello morían de manera “inexplicable”. Puedo entender la felicidad que aporta una mascota a un hogar, con sus juegos y conductas inexplicables, no así los beneficios de una enredadera o un cactus gigante en una sala o comedor. Cualquier decorador de interiores me ofrecería diversas explicaciones sobre la integración de espacios, pero lo “verde” sigue su colonización de nuestro espacio interior.

Así, la sustentabilidad se reafirma como la siguiente superstición del mundo moderno. Por supuesto es necesario programar el uso de los recursos naturales, a efecto de que las siguientes generaciones disfruten de lo mínimo necesario. No parece claro, sin embargo, que mandar a instalar un roof garden en un edificio “inteligente” o mascar chicle con clorofila, contribuya a la preservación de la riqueza natural. No obstante, el mercado es capaz de generar los espejismos más potentes y con ello envolver incluso a los más entendidos. Los ilusos de siempre se oponen a la tala de árboles que estorban la vialidad, pero utilizan sin remordimiento las autopistas, cuya construcción generó modificaciones negativas en ecosistemas enteros. Nuestra capacidad para soñar con el beneficio de pequeñeces es monumental. ¿Se reproducen las reservas de petróleo por andar más en bicicleta? No sucede hasta donde tengo noticia. Salgo en ella de manera regular, aunque jamás pensaría que esto ayuda al bienestar del planeta. Uno debe contener las formas del autoromanticismo.

El énfasis en esta vuelta posmoderna a la “naturaleza” sólo nos confirma lo lejos que estamos de ella. Las “áreas verdes” se mantienen como un bastión en medio del caos urbano y la mayoría de ellas pasa al desuso meses después de ser inauguradas. Luego se transforman en una geografía sin dueño para personas sin hogar, drogadictos y demás profesionales del nomadismo. El llamado “rescate” de zonas verdes es otra ilusión de nuestro tiempo, pues las televisiones mejoran en detalle y ahora reproducen la realidad con una precisión que hace llorar los ojos.

Si debe o no haber macetas en una casa es un asunto que habla nuestra relación con la vida actual. Un hecho en apariencia trivial —cualquiera puede adquirirlas en el mercado o en tiendas de autoservicio—, se instala en el centro de nuestra compresión del entorno. Lo deseable es pensar que ofrecen algo a los habitantes de un inmueble, sea aroma a frescura o una experiencia semi-selvática. Mi madre decía que la obligaban a una disciplina de cuidado a la que no tendría acceso de otra forma. Necesitaba una acción repetida para confirmar la circularidad del tiempo y, de paso, que sus actos tenían una repercusión auténtica en el mundo.

No es tarde para confirmar que habitamos un lugar sin reglas claras. El político que parecía respetable de pronto amanece relacionado con actos de corrupción; el sentido de una avenida cambia sin previo aviso; el pastelillo de nuestra preferencia deja de producirse; y, por si no fuera suficiente, ahora debemos beber seis litros de agua al día para vivir durante más años. Según nos descubrimos como especie en construcción permanente, el entorno se vuelve más problemático y elegir termina como un salto al abismo. Las macetas, por su parte, observan impasibles estos cambios desde su lugar. ¿Quién podría renunciar a la consabida imagen de Heráclito y bañarse no sólo dos veces en el mismo río, sino aprovechar para lavar la ropa de la semana?

Dejé morir plantas años atrás y el remordimiento me persigue. Ignoro si daré cuentas de esta omisión involuntaria, o si será pasada por alto como una falta menor. Mi madre me reiteraba que son seres vivos y yo jamás lo puse en duda.