La historia reciente de mi familia quedó registrada en tres celulares que perdí y de los cuales jamás extraje los archivos. Me recuerdo prometiéndome que imprimiría algunas imágenes aunque todo se perdió y ahora resulta irrecuperable. Es el mismo caso de un incendio que consume los bienes de la casa. Me quedó la ceniza de muchas fotografías entrañables. Quizá estamos confiando de más en las posibilidades de almacenamiento que nos ofrece la tecnología.

Cualquiera me culparía por desidioso ante esa tragedia —que lo es para mí, al menos—, y acaso tendría razón aunque nadie está exento de que su teléfono deje de funcionar por una caída, se moje por accidente o cambie de manos sin derecho. Proyectar planes es una forma de iniciarlos aunque la circunstancia siempre tiene la última palabra. Los viejos álbumes de fotografía resultan imprácticos —ocupan mucho espacio, el pegamento se vuelve amarillo, son pesados para hojear—, pero no aparece haber otro mecanismo más fiable para conservar nuestros recuerdos. Es una microhistoria que parece desechable pero que, una vez que transcurren las décadas, nos explica y da sustento.

El día que el portarretrato nos abandone se habrá terminado la civilización. Nuestra relación con el pasado es primigenia, haya sido buena o mala. Intuimos en nuestros pasos el camino que debemos seguir. Sartre: “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Llegar a la comprensión de ese hacer implica desentrañar el misterio de lo humano. Repasar un álbum de fotografías era el memento mori por excelencia. Siempre brotaba de sus páginas el rostro de algún familiar que se nos adelantó; conocidos de los que ya no tenemos noticia; vecinos que se suicidaron o tuvieron un accidente fatal; tías, hermanas y primas que no lograron rehacer su vida después del ansiado divorcio. Es un microcosmos que explota en todas las direcciones imaginables. Nos leemos en esas pequeñas imágenes porque de ellas, a fin de cuentas, brotamos.

Abundan los tratados sobre la importancia de la imagen en la configuración del mundo contemporáneo, no así su impacto en la vida íntima de los individuos. El selfie se ha impuesto como una forma legítima de interactuar con un dispositivo electrónico, no obstante que Narciso fue condenado por engreído a enamorarse de su propia imagen, reflejada en una fuente.

Quizá las redes sociales son los nuevos álbumes fotográficos. Quien no las usa está sentenciado a la soledad y el ostracismo. Terminarán por ser una forma dictatorial de comunicación pública y privada. Ahora bien, si las fotografías que perdí hubieran estado en una red social, no las habría perdido. Estamos ante un archivo gigantesco que preserva la historia personal de los individuos que interactúan con él. Seremos un folder más en una secuencia infinita de caracteres que se traducen en imágenes, video y otras herramientas al servicio de la reconstrucción del tiempo.

Por diversas razones no he digitalizado las imágenes que se conservan en los álbumes. Lo juzgo un abuso. Equivaldría a colorear las películas de Buster Keaton. Eventualmente, optaremos por respetar el modo original de cómo se registraron ciertos eventos. No es deseable uniformar todo hasta el punto de disolver cualquier diferencia. Los objetos guardan su singularidad a partir de nuestra manera de entenderlos.

La facilidad de imprimir las imágenes que nos convencen es una ventaja. Ya no hay necesidad de imprimir aquellas defectuosas. Al democratizarse, el acto fotográfico se afina y pluraliza. Lo que hace falta es un mecanismo para conservar los archivos sin que un cambio de plataforma o un hecho catastrófico, pueda lesionar nuestra manera de almacenar el pasado. Así, la historia de la tecnología es nuestra historia. Muchas memorias son construcciones a partir de material gráfico preexistente. La boda de mis padres sucedió en blanco y negro y la historia de los primos está registrada con tonos sepia y naranja. Los defectos del revelado podrían tener injerencia en nuestra personalidad.