Hubo un tiempo en que, al igual que cualquier otra persona, gozaba de las ilusiones de la certeza, ese refugio sagrado e inaccesible. Y no me refiero sólo a las que derivan de caminar por la noche en una calle desierta y no sentir temor; o a las que nacen de imaginar que la familia es un esquema que se ajusta a una línea clásica del tiempo, esto es: mueren los abuelos, luego los padres y después los hijos, que se convierten en padres y, eventualmente, en abuelos. Me refiero a la certeza de que lo que esperamos, suceda.

Ejemplos: damos por hecho que amaneceremos; que al otro día tendremos trabajo; que habrá lechuga y jitomate en el mercado; que el auto encenderá con un giro de la llave. Fundamos la secuencia de la vida a partir de esta comodidad y nadie podría reprochárnoslo. Comencé a sentir miedo por no despertar cuando al amanecer una mañana cualquiera, me informaron que durante la noche hubo una grave fuga de gas. Hubiera bastado una chispa para experimentar una muerte horrible. También cuando me detectaron una falla cardiaca. La vieja seguridad de antaño, en donde nada sucedía o lo poco que sucedía era motivo de felicidad, se desvaneció de pronto. Eso que llaman “amanecer a la aventura de la vida”, no es sino un eufemismo para expresar que cada minuto es una batalla por la sobrevivencia. En cualquier momento podríamos caer fulminados por un padecimiento que desconocíamos, o morir baleados en el fuego cruzado de un asalto bancario. La posibilidad del accidente es tan parte de nosotros como la capacidad de experimentar dolor ante la pérdida. Y, no obstante, aplazamos los pendientes con una gratuidad que asombra. Imaginamos que el hilo de la vida es largo y no se rompe fácil pero el área de urgencias de cualquier hospital, lo mismo que una funeraria, prueban lo contrario.

Estoy lejos de entender siquiera cómo funciona una aspirina y tampoco soy doctor. Pero un día cualquiera se apoderó de mí este miedo, que terminó incontrolable. No hablo de literatura fantástica ni llevo al extremo alguna hipótesis de la metafísica. El recuerdo de la muerte es atribución exclusiva de la sala de velación. Ahí nos humanizamos y recordamos nuestro final: memento mori. Pero fuera sopla el viento y los árboles se agitan. La viveza del mundo termina por cegar al de vista más aguda. “Despedirse de la certeza es una forma de morir”, escribió Pascal. “El proceso es irreversible”, pensé mientras veía cómo una mujer daba el primer sorbo a su café en la ignorancia más absoluta de si habría de terminarlo o no. Aquella taza podría quedar en la orfandad. De igual manera, no intento traer a cuento las viejas ideas del nihilismo o el existencialismo. Ya pasó mucha agua debajo del puente. Vivir estresa, es lo cierto, y hay temperamentos más aptos para sortear los inconvenientes que, de manera intermitente y gratuita, se presentan a diario.

¿Le robaron los espejos a su auto? ¿Su hijo le avisó por la mañana que debía presentar una maqueta de nuestra galaxia? ¿Su hija cumple quince años y todo lo que tiene en el banco son deudas? Hay una sobrepoblación de motivos para alarmarse porque las consecuencias de cualquier hecho podrían deteriorar nuestra calidad de vida o llevarnos a su posibilidad, inclusive. Es una paradoja: vivimos rodeados de horror vacui. La producción cultural ayuda a sobreponerse a esta sensación de caída libre y quizá sea el único modo civilizado de atenuar los efectos de este temor secuencial. Los libros inauguran fisuras para sobrellevar el pasmo de la vida convencional, impuesto por la rutina.

Se extinguió aquel modelo del escritor-aventurero que esboza relatos mientras se enfrenta a fieras en el Sahara, a las que neutraliza a mano limpia. Lo que llaman “profesionalización de la escritura” es una forma de perfilar a un autor con horario fijo, estabilidad financiera y seguridad social para su familia. Es un creador que puede proyectar una obra de largo aliento y respirar en la tranquilidad de una casa en el bosque. Pero la épica del escritor actual se resume en una persecución feroz de becas, estancias y premios. Es la supervivencia del más apto para llenar los formularios a tiempo. ¿Esto encarna alguna forma de la certeza? Imposible saberlo. Nos queda, si acaso, la evidencia de la superproducción actual en cualquier ámbito del arte. Acaso en esa hilera infinita de rostros alcancemos a distinguir alguno familiar y con eso debemos conformarnos.