Antes leía los periódicos, de principio a fin. Era mi ejercicio matutino. Tenía la impresión de que me permitía conocer el estado del mundo. El resultado: sentía coraje, impotencia y frustración. Todo mezclado por una licuadora perversa que nunca detiene las aspas. Ahí terminamos: apiñados y batidos. Nadie se salva. El ataque es masivo y la televisión hace su parte. La historia de la vida pública en México es una secuencia de embelesos. Ante los actos más viles; los reiterados ultrajes a la ética más elemental y hasta la propia ley; las filmaciones de hechos ridículos e injustificables… no sucede nada. Las películas de Luis Estrada son un acumulado de este detritus, llevado a la máxima ironía. Imposible salir del cine con una actitud gozosa. ¿Quién aprieta las tuercas del mecanismo? Lo natural es sentir indignación, claro. Luego salir a las calles, gritar consignas, pasear por la plaza y disfrutar el ingenio popular, puesto al servicio de la ridiculización.

Una tarde me pregunté: ¿para qué sirve la indignación? ¿Ayuda a vivir? ¿Nos cura la gripa? ¿Paga las cuentas o lleva a los hijos a la escuela? ¿Pagaremos menos predial por estar indignados? ¿No subirá el costo de la gasolina? Las redes sociales son una enciclopedia de la rabia. Muy justificado. Que un individuo utilice un helicóptero como taxi es motivo para ofenderse. Lo mismo que sancionen a los partidos políticos y éstos paguen las multas con el dinero que reciben para la campaña. El espectáculo del sinsentido es permanente y no hay modo de evadirlo. En su punto más alto, la indignación ayuda a generar iniciativas ciudadanas, capaces de intentar un modelo de gestión distinto. No mejor: apenas diferente. No obstante, padecer la indignación enferma el alma. Este batidillo ya estaba cuando llegamos y seguirá cuando ya no estemos. Esto no es conformismo ni una defensa del estatus quo. Es un reconocimiento puntual de que no hay condiciones para un estremecimiento social, ni tampoco ha sucedido un hecho que genere tanta irritación en la ciudadanía que termine por desbordarse.

El espectáculo actual envenena el espíritu, es necesario reconocerlo. No pasa una semana sin un sobresalto. Las causas de la apatía son variadas. Internet ha logrado comunicar más a las personas aunque también les inyecta la sensación de ser partícipes de la Historia por estar informadas, o por grabar una detención policial con un teléfono. La desmemoria es más veloz que nunca y la ley coadyuva para diluir posibles responsabilidades. Al final, se quedan los hechos y nadie puede decir lo que sucedió. México, pueblo mitológico, prefiere las versiones tergiversadas a una verdad monolítica, impuesta por un poder central. La historia reciente del país es una secuencia de “casos abiertos”. Jamás hay soluciones ni pronunciamientos cabales, sino “informes”, “avances”, “reportes”. La distorsión del lenguaje público es un asunto de higiene social, se ha dicho tanto. Indignación es uno de esos términos próximos a agotarse. Una sociedad indignada ayuda poco a la construcción de un país con mejores prácticas. Se ha vuelto otra modalidad de testimoniar la ruina de un país.

¿Necesitamos más indignados? ¿Ayuda esta política del revanchismo y el rencor social? Construir una iniciativa ciudadana o redefinir otra forma de la izquierda no es un reto menor. El espectáculo actual nos deja ceniza en las manos. A los líderes se les emborrona el rostro y sólo quedan en medio de la plaza ciudadanos con ideas y capacidad para hacer propuestas de interés. Si aún piensa capitalizarse la indignación, los esfuerzos deberán ir dirigidos a la edificación de una discursividad incluyente, que derive en una integración de fuerzas capaz de contener las formas clásicas del abuso. Por mi parte, ya no me indigno. Procuro utilizar el tiempo que tengo en mis lecturas pendientes. Tampoco leo comentarios en esos muros de los lamentos que son Facebook y Twitter, o pido la “renuncia” del funcionario en el sartén. Vendrá otro igual o peor. Somos una perpetua fábrica del desaliño.