Al igual que miles de mexicanos, tramité mi credencial del entonces IFE al cumplir dieciocho años. Lo hice por la consabida obligación de acreditar que yo soy yo ante una infinidad de personas que gestionan los trámites más diversos. También para que mi padre me dejara conducir, ya que es un hombre de ideas fijas. Al cabo de un mes la perdí y no he vuelto a tramitarla. Así que durante casi veinte años me he perdido la “fiesta de la democracia”. No me corresponden ni los brindis ni las crudas.

Mi decisión de no involucrarme en las votaciones es inapelable, pero estoy lejos del integrismo. No me interesa que voten o no voten; que imaginen que “nuestra incipiente democracia” se construye con procesos electorales, a pesar de sus deficiencias; que los postes de las colonias estén plagados de rostros que intentan parecer amigables, a través de una frase mesiánica y de inspiración popular. Recorrí en bicicleta mi colonia y las aledañas en busca de un rostro que me diera el mínimo de confianza. Volví con la certeza de que ni una, ni diez ni treinta personas, podrían ser siquiera el inicio de la solución para la complejidad de lo que vivimos.

He tenido la suerte, además, de no ser llamado para funcionario de casilla. Vecinos míos han asistido y refieren la pureza del conteo. Extraen boleta tras boleta de la urna y cuentan con minuciosidad. Quizá es tarde para decirlo, pero desconfío del proceso electoral. Una lectura al Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales y normatividad asociada termina por sorprender. Ejemplo: “Votar en las elecciones constituye un derecho y una obligación que se ejerce para integrar órganos del Estado de elección popular” (Artículo 4). ¿Es obligación o derecho? Tengo derecho… ¿a ser obligado? Al parecer, Alicia y el Sombrerero ayudaron en la redacción del artículo.

La referida desconfianza deriva de lecturas añejas anarquistas y de que, al final, no me parece un triunfo que la mayoría decida el rumbo del país. La arrolladora numérica se antoja inapelable, como si la acumulación fuese la clave del éxito. La mayoría puede estar equivocada y llevarnos al filo del acantilado. Si no hemos encontrado otra manera de organizar la rotación pacífica del poder, esto no implica que los esfuerzos actuales sean lo mejor que pueda hacerse.

Un día de elecciones es un día perdido, para el mexicano interesado en el proceso electoral. Desde temprano inicia el bombardeo mediático y los reporteros se apostan en las casillas para recoger “opiniones” de los electores. Luego transmiten el “desarrollo” de la jornada electoral para, finalmente, reportar sobre la apertura de urnas y los pronósticos de los triunfadores. Puedes dejar el día entero frente a la pantalla, siguiendo este show de fuerzas políticas. ¿Es necesario este despilfarro de tiempo? Entiendo que quienes tienen intereses directos en que gane uno u otro candidato, pasen el día entero sentados al borde del asiento. Asesores, secretarios particulares, especialistas en medios y demás individuos asociados directa o indirectamente al cambio de fuerzas políticas. Pero el electorado es una pieza más en esta partida de ajedrez, no obstante que le hacen creer que es el tablero.

Nuestra incapacidad para generar líderes deriva en extremos: o aparece un mesías con un discurso redentorista, o los votantes terminan resignándose a la falta de carisma, proyecto definido y experiencia política. Esto es: no hay escapatoria a la orfandad. Por otra parte, la superstición largamente atesorada de que las universidades norteamericanas forman a los cuadros de políticos mexicanos, pervive. Es como si volvieran ungidos con una estrella en la frente con soluciones inoperantes para el modelo nacional, al que fuerzan para incorporar prácticas sin apenas consideración por el asunto agrario o indígena, por ejemplo. Pero de ser think tanks pasaron a ser centros de esparcimiento para socializar y, al volver al país, darse trabajo unos a otros en entidades públicas. Así que las posibilidades de crecimiento en el servicio civil de carrera llegan hasta donde los compromisos lo permitan. El lodo no podría ser más espeso.

Ante este escenario: vestirse, salir a la calle, hacer fila, dejar que te ensucien el dedo y escruten tu identidad, marcar un papel con una “opción”… ¿para llegar al mismo punto? ¿En verdad? Tiempo de definiciones: que vote quien deba hacerlo. Entre tanto, ora pro nobis.