No había regalado la última enciclopedia de la casa por consideración a Borges. Me parecía que esta simpleza de mi parte representaba más homenaje que leer, una y otra vez, sus relatos y ensayos. Pero uno se hace de ideas con los años y no es honesto oponer resistencias. Es una enciclopedia que adquirí a través de un crédito con lo que, en su momento, pude haber adquirido un reloj de buena marca. Después reposaba en los estantes más bajos, ya que nunca se utilizaba. El perro la había orinado más en una ocasión y la persona del aseo le había rociado una sustancia para limpiar los muebles que decoloró el empastado. Un librero de viejo, lejos de pagarme por ella, dijo que podría llevársela “sin costo”. Un día le tomé la palabra y en mi cabeza le pedí disculpas al autor argentino.

Lo cierto es que no volví a necesitarla. Internet se transformó en la Enciclopedia. Si bien no ha reemplazado al libro, con independencia del formato, quedó relegada como un soporte para organizar el conocimiento: eran costosas, imprácticas y ocupaban mucho espacio. La posibilidad que ofrecen los hipervínculos reveló que el saber es un objeto referencial que no puede entenderse de manera aislada. Cada que uno aprende algo, destella una constelación de otros contenidos que se impactan unos a otros. Sería difícil afirmar que nadie utiliza la enciclopedia, por otra parte. Más aún cuando el índice de conectividad es tan bajo en países en desarrollo. Lo cual no considera que el conocimiento es un producto social dinámico y las posibilidades que ofrece la enciclopedia son estáticas. Ahora bien, ¿ha cambiado la historia del Paleolítico o Inglaterra? ¿La fotosíntesis sucede diferente porque la red nos nutre e imágenes sobre la selva del Amazonas? De ninguna manera.

Amanece una forma de relacionarse con el conocimiento que puede hacerse en compañía. La imagen del sabio encerrado en su laboratorio se aleja más y más en el tiempo. Ahora los descubrimientos son masivos y todos podemos ser partícipes de los nuevos hallazgos. Nunca como ahora fue tan fácil entender el universo y la mayoría de sus misterios. ¿Se descubrió otra galaxia o la tumba de alguna civilización de la Antigüedad? Ya podemos ser parte del avance del conocimiento y no hace falta guardar tres mil hojas empastadas en la estantería. Aunque este culto a la inmediatez podría restarnos capacidad de perspectiva, ya que termina por interesar sólo lo que acaba de suceder y los hechos pasados se vuelven archivos para la basura. La historia es generosa en ejemplos sobre las consecuencias de olvidar sus enseñanzas.

Pero quizá no sólo se altera nuestra forma de relacionarnos con el saber, sino incluso nuestra percepción del tiempo. ¿Envejecían antes tan pronto las noticias? Ya es más difícil leer reportaje de fondo, producto de investigación y estudio. La crónica se coloca en el centro de la vitrina por el actual culto al espectador, como una finalidad en sí mismo. Existo porque atestiguo: nacidos para presenciar. La mayoría carece de tiempo para leer notas de largo aliento porque el golpeteo diario sucede con disparos. Entre menos tiempo tome la transmisión de la información, podremos acceder a una mayor cantidad de ella. Un video largo —digamos cinco minutos—, sólo se mira con atención si es la repetición de los mejores momentos de un partido de futbol, o el discurso de un político que termina en un fiasco. El resto son caídas, choques, curiosidades de mascotas, consejos para mejorar la calidad de vida y otras formas de la cronofagia para quien dispone del tiempo necesario.

No parece ocioso replantearse la transmisión del conocimiento, ya que no somos sino otro eslabón generacional. Vendrán los siguientes —ya están aquí— y su manera de entender el mundo se apartará de la que resulta hegemónica en la actualidad y lo fue antes de nosotros. Lo anterior, importa porque esto determina cómo se escribe la historia y cómo se visualiza el futuro. La concepción entera del hombre cabe en la manera de cómo organiza los datos que ha reunido desde su despertar a la conciencia. Es el espejo más fiel que exista y, a la par, una lluvia torrencial que no permite mirar más allá de dos metros.