Este dos mil quince se cumplieron noventa años del nacimiento de Edward Gorey (1925-2000). La fecha es fácilmente olvidable porque el ilustrador norteamericano, originario de Chicago, Illinois, aún es reconocido sólo por unos cuantos. Fue un temperamento sombrío, de humor ácido y anécdotas que bordean lo macabro y sus vericuetos. Esto le ha valido ser reivindicado por individuos cercanos al rock gótico, si bien su capacidad para utilizar el non-sense como herramienta de creación, sobresale por sí misma.

Días atrás me reencontré con los cuatro volúmenes que reúnen lo mejor de su producción Amphigorey (1972), Amphigorey Too (1975), Amphigorey Also (1983) y Amphigorey Again (2004). Son libros que se leen velozmente, ya que la imagen ayuda en la interpretación de la trama. Es un tipo de escritura que apela a la hondura de mirada. A diferencia de la novela gráfica que pretende lograr contacto inmediato con el lector, a través de los estándares gráficos de la industria norteamericana, Gorey elige la extrañeza como forma de interacción. Muchas historias carecen de sentido desde una perspectiva lógica-causal. Por lo mismo, deben leerse como quien se acerca a un objeto familiar sólo en apariencia. Hay mucha exégesis asociada a la lectura de cualquiera de sus historias. Si bien algunas están escritas para un público infantil, comparten ese destello de las grandes obras como El Principito o Alicia en el país de las maravillas, que no sólo permiten una lectura interpretativa sino que la exigen.

Ahora bien, aquí la diferencia es abismal ya que el soporte verbal es mínimo. Gorey confía en la perspicacia de sus lectores o, de no tenerla, en que es posible el contacto con ellos sin un entendimiento a cabalidad porque acaso no sea necesario. El deseo de comprensión es uno de los males más extendidos de la cultura occidental. La base cientificista convencional expresa que aquello que no puede ser explicado, apenas merece la pena ser conocido o preservado. El arte se opone a esta visión funcionalista, naturalmente. La relectura de los volúmenes que refiero, me confirmaron que las historias que no había entendido cuando las leí, años atrás, no las entendería ni con la experiencia ni con la vejez, por lo que se volvió necesario disfrutarlas como producto de una sensibilidad diferente a la mía, con reglas y modalidades específicas. El arte se disfruta cuando no se espera del suceso un ajuste a expectativas previas. “La rosa es sin porqué”, frase de Angelus Silesius que utilizó Borges para explicar la poesía.

Así que llegué a la conclusión de que el Gorey que más me interesaba era el menos explicable. Justo cuando no estructura su labor a la exigencia de transmitir una historia. Entre más absurdo, menos desechable. El dios de los insectos (1963) (Ver aquí) es un ejemplo sublime. Se ha vuelto anecdótico que su obra inspiró películas de Tim Burton, lo mismo por la parte gráfica que por cierta forma del humor que disfruta de lo macabro y convive con él sin temor. Ejemplos: El extraño mundo de Jack, El cadáver de la novia y otras. Pero los libros se alejan de la trivialización y las complacencias de Hollywood. Aún con su atipicidad, Burton cumple la norma oficial como heterodoxo —sutil paradoja. Gorey, por su parte, se rehúsa a la facilidad y eso lo confinó.

El entorno victoriano subraya la aspiración decimonónica del ilustrador. ¿Qué tuvo aquel siglo que conserva su magnetismo? Estos libros son una fiesta de los sentidos. Uno salta maravillado entre las historias mínimas de cada uno de sus recuadros. Las hay tristes, emotivas, sarcásticas y hasta violentas. El tratamiento de la muerte es epidérmico y constante. A Gorey le preocupaba la muerte. Es una de sus inquietudes más reiteradas, al grado de dibujar niños muertos y no zombies. Los cadáveres se desbordan de sus libros. Padecen enfermedades inexplicables o muertes súbitas. Pero también hay gatos, perros, animales fabulosos e historias que no se resuelven porque habitan el misterio de la vida, que jamás excluye a su némesis, como no podría ser de otra manera.