No es difícil escuchar que el blog ha muerto. Que su forma de interactuar se cosificó debido lo mismo a la masificación que a la falta de calidad en los contenidos. Y si bien así ha sucedido en muchos casos, igualmente hay otros ejemplos que motivan la esperanza. La crítica no puede permitirse la selectividad en su tentativa por hacer circular ideas, perspicacias y hasta posibles paradigmas. Cualquier modo imaginable se asume como legítimo para desarrollar esa conversación pública que implica su ejercicio. El blog permitió que miles de usuarios participasen en un foro público. Miles de voces que antes no tenían acceso a una plataforma de publicación del pensamiento, accedían de manera gratuita y lo hacían sin apenas reparos. Así, el ciberespacio se empezó a poblar con contenidos de baja calidad. La sobrepoblación sofocó las plataformas destinadas a mantener a los blogs. Aun con lo anterior, no sucederá en el corto plazo un descenso en el tráfico de información que sucede a diario en las redes. Por el contrario, es previsible que se fortalezca su presencia en el día a día y se consolide como un filtro de acceso inmediato y gratuito a la información. La escritura de crítica de ser marginal, en principio, puede lograr un sitio de privilegio en la actualidad. La desconfianza inicial en el soporte electrónico pierde peso y ciertos espacios lograr la misma capacidad de convocatoria que cualquier publicación impresa y acaso más, ya que los usuarios-lectores pueden una comunicación inmediata con el productor de la información.

Desacreditar al blog equivale a menospreciar un canal legítimo para manifestar ideas de manera gratuita ya que, como nunca antes en la historia, las herramientas para la publicación de contenidos habían estado tan a mano. El crítico, sea heroico, hedónico o de cualquier otra taxonomía, no es distinto de cualquier otro usuario. Desea intervenir en el contexto a partir de sus intuiciones/investigaciones. Mucho conocimiento que se genera merece ser compartido, lo mismo que libros sin reedición, publicados a precios poco accesibles y otros productos del pensamiento. El arte experimental, por ejemplo, se articula en espacios no oficiales antes de su reconocimiento, de ser el caso. Esta persecución de ecos, latidos y susurros alimentan la cultura de la misma forma que la esperada novela del autor canónico. El mejor crítico no será el más arriesgado, sino el que tenga mayor información al alcance. La red es un espacio ilimitado para la construcción de una identidad crítica. Sus posibilidades son infinitas. No pocos blogs se han vuelto una referencia obligada para tal o cual asunto. De igual forma, individuos sin antecedentes pero con la astucia suficiente lograron posicionarse en lugares antes inaccesibles.

No todo ha sido labor de los blogs y sus respectivos bloggers. También han colaborado las redes sociales y su capacidad para viralizar notas en apenas minutos. Un texto puede circular por todo el mundo de manera muy rápida. El flujo de información ya no se detiene por razones geográficas. La vieja censura es impracticable ya que cualquier persona puede conectarse en un sitio público a través de su teléfono personal. Según se desarrolla la red —porque estamos lejos del producto final—, brillan en el horizonte nuevas posibilidades para lograr una mejor y más fina comunicación. La crítica no puede pasar por alto este desarrollo. De no haber apenas espacios para su publicación, aparecen de pronto sitios para rescatar clásicos de la crítica, reseñas, anotaciones diversas, notas al vuelo y cualquier producto del cajón de sastre que es la crítica en sentido amplio. Esa pedacería puede ayudar a reconstruir una época distante, tal como lo fueron en su momento las notas de prensa de un autor, su epistolario o los diarios que eventualmente habría llevado. Se alteran las formas del pensamiento y con ellas su modo de transmitirlo. El aislacionismo ha tenido antes consecuencias fatales. El ejercicio crítico es más riesgoso que cualquier otra forma de escritura. Las palabras del crítico son dudosas, en principio. Incluso escritores con cierta sofisticación imaginan que el crítico y el escritor son dos entidades separadas. El escritor le habla a las musas; el crítico, por su parte, las busca sin suerte. El provincialismo y el deseo de marcar una diferencia lesionan un entorno cultural, al grado de fomentar segregaciones sin fundamento. El siglo XX fue una prueba de cómo se lograr libros de acento crítico que son, a su vez, edificaciones creativas de primer orden.

Actuar en el mundo implica explorar todas sus posibilidades al alcance. Limitarse a participar o autoexcluirse es eliminar una riqueza que nos es desconocida. El crítico no puede tener miedo. Sin ser un temerario debe plantar los pies con viveza y determinación. Difícil confiar en un crítico que no busque los rincones y las áreas de sombra. Sin perseguir el reflector, es posible caminar por veredas de escasa iluminación si forma parte de una búsqueda específica. Pero no se deben tener recelos de mostrar el rostro: es una condición sine qua non del ejercicio crítico.