La presencia fantasmal de los albures me ha obligado a reescribir oraciones que surgen en la página de manera natural. El temor al escarnio o a “ponerse de pechito”, como le llaman, orilla a las personas a cuidar su lenguaje para evitar inflexiones que los coloquen en una situación de vulnerabilidad. El albureado termina como un incapaz, ya que no puede defenderse ante un embate verbal.

El doble sentido es una constante en la vida social en México, no obstante quienes se precien de ignorar o pasar de largo ante las provocaciones. Estoy lejos de considerar que el uso del albur sea un ajedrez mental de carácter cuasinacional. Esta hipersexualización del acto más trivial se vuelve una carga y es necesario colocarse en una geografía en que todo puede ser malinterpretado, ya que el albur implica una violación del otro. Es un escenario en que la introducción del pene se impone como un castigo. Al alburear al otro, entramos en él, luego de vencerlo en ese encuentro verbal. Octavio Paz ya dijo lo necesario sobre el asunto, así que no hace falta volver a lo mismo.

Ahora bien, soy de los que intenta ignorarlo, pues lo asimilo a subrayar cierto carácter ordinario de los individuos. El albur es una vulgaridad y miente quien afirme lo contrario. ¿En qué momento imponerse al otro a través de la violación se transformó en un juego de destreza? Su lugar es una plática de cantina, acaso el sembradío más fértil que le permite crecer y regenerarse a partir de nuevos giros, cada vez más ocultos para el oído no entrenado. Me dirán —me lo han dicho— que es algo muy mexicano, como si esa condición le otorgase cartas credenciales para circular sin pena ni menoscabo.

El asunto carecería de interés si no fuese porque el albur termina por insertarse en la forma de escribir. En mi caso, he tenido que alterar oraciones para evitar una doble lectura. Tres ejemplos al vuelo:

 

Original:

—¿Quieres a Karla?

Se cambió a:

—¿Qué sientes por Karla?

 

Original:

—Te ví de espaldas.

Se cambió a:

—Te ví parcialmente.

 

Original:

—Dame la hora.

Se cambió a:

—¿Qué hora tienes?

 

Si el lector de estas líneas tuvo dificultades para vislumbrar la razón del cambio, acaso sea de los que no se preocupa demasiado por giros gramaticales con una posible doble lectura —o porque lo leyó con distracción. Al igual que ellos, no encuentro motivos para celebrar este uso vedado de figuras retóricas para reírse a costa de los demás. La incidencia del albur en cómo se escribe podría alterar por completo la configuración de una literatura. No es difícil hallar un fenómeno semejante en otras literaturas de habla española y se han dado las más diversas explicaciones al respecto. El fenómeno estaría relacionado con la supuesta “alma nacional”, lo mismo que con las posibilidades del lenguaje y una dosis de ingenio derivado de la picardía.

Quizá sería mejor reírse con el otro a sembrarle un camino de espinas para burlarnos de él. Acaso este uso del albur no sea sino una confesión de mala sangre por parte de quienes lo utilizan con desventaja. El equilibrio de los combatientes debería ser una condición de probidad. De otro modo, equivale a burlarse de un niño a partir de mentiras que se le digan y creerá con su legítima candidez.

Esto por una parte.

Por la otra, el efecto en el registro del lenguaje escrito es determinante. Se pierde libertad en la expresión y finura en el trazo. Escribir se vuelve un ejercicio de caminar entre cobras, sin saber cuándo una de ellas reaccionará al paso y decidirá mordernos. Es un defecto en la escritura perceptible en los jóvenes, que escriben con poca atención a las palabras. Su prioridad es llegar a esa imagen providencial que los ilumine en el camino que inician. Parte de la constelación más triste del albur aparece en el cine de ficheras. Esgrima de lodo en donde es difícil salir entero.

Ya Chaf y Queli demostraron que es posible llevar el albur hasta frecuencias crípticas, próximas al lenguaje de la mística en donde sólo tres o cuatro iniciados tienen copia de las claves maestras. Quizá ese es su lugar: una broma para compartir entre algunos seleccionados y no un deporte nacional para lesionar a cualquier peatón que emite una frase desafortunada y tiene la guardia baja.