Una biblioteca viva experimenta movimientos migratorios, lo mismo si es un proyecto personal de lectura o si da servicio a una colectividad. La estantería que permanece idéntica a sí misma está muerta. El polvo que se le acumula confirma su inmovilidad y la huella triste del paso del tiempo sin contacto humano.

El lector es un curioso y será triste el día en que no descubra a un autor, una obra o una anécdota que lo maraville. En mi caso, tuve una primera etapa acumuladora de libros, en la que todo me parecía digno de análisis y lectura, lo que me llenó la casa de mamotretos y objetos impresos de escaso valor. Tardé años en deshacerme de ellos, pues imaginaba que algún día podría utilizarlos o que llegaría a descubrir en sus páginas algún aspecto que no había visualizado en otras. Nunca sucedió, así que emprendí un primer holocausto de libros que no merecían permanecer en la casa. Además, me parecía necesario ponerlos a circular, pues otro lector podía descubrir en ellos algo que yo no tuve a la vista.

De ese ejercicio quedó un primer sedimento de obras con las que dialogo de manera reiterada. Grecia, Roma, poesía francesa y mexicana, novela en lengua inglesa y otras obras cuya singularidad las ha conservado en mi poder. Alrededor de estos libros orbita la cantidad de novedades que me obsequian las editoriales y otros autores. No todos sobreviven al paso del tiempo. La falta de espacio me ha vuelto la sangre helada y lo mismo pueden salir los libros de Federico Campbell que las memorias de Miguel Mihura, poemarios de Álvaro Mutis o las novelas de Fernando Vallejo. Juan Goytisolo escribió: “sólo leo libros que espero releer más adelante” y tengo la intención de llegar a ese punto.

No obstante, he notado cómo se me acumulan libros de autores cuya obra no tenía pensado leer en un primer momento, y la circunstancia o el azar determinan algo distinto. Es el caso de Pablo d’Ors, nieto de Eugenio, que se me cruzó con la Biografía del silencio y cuyas novelas apenas han sido leídas con esmero. Una tras otra las he visitado con la convicción de leer a un raro que se esconde tras la cortina, incluso al ser publicado por una editorial de alto impacto. Otro caso es el de Brian Aldiss, autor de ciencia ficción, del que conocía sólo Invernáculo y cuya novelística me parece obligatoria no sólo para quienes frecuentan el género, sino también para quienes desean olvidarse de los moldes que afectan su capacidad para fabular. Libro a libro, estos dos autores y otros más, se hacen espacio en el estante y reclaman ser leídos con mejor atención.

En otra vertiente, autores que leí con frenesí se despiden a paso lento de la estantería. Tuve una de las colecciones más completas de J.G. Ballard, del que perdí el interés a fecha reciente y me quedé con los títulos imprescindibles. Ray Bradbury tiene libros muy visitables y cháchara al por mayor, lo mismo que Asimov. Entregué al librero de viejo las obras que reuní de Robert Ludlum y las cinco ediciones que tenía de La Celestina (tener la mejor me parece suficiente). También me deshice de muchos libros publicados individualmente para quedarme con los volúmenes de obra reunida. Confío en que las bibliotecas hagan una mejor labor de acopio y cuidado que lo poco que puede hacer un lector reiterado.

Así que la biblioteca que ahora tengo en nada se parece a la que tuve hace tres años. Sé lo que tengo, lo que he regalado, lo que he despreciado y lo que se agarra con fidelidad al limitado espacio de una casa habitación acondicionada en parte como biblioteca. El propio Cervantes no ignora la felicidad de ordenar/desordenar una biblioteca y en el capítulo VI de El Quijote, Alonso Quijano y el cura Pedro Pérez hacen un balance de las obras al alcance, entre ellas el Palmerín de Inglaterra. El resultado es un ejercicio oral de crítica literaria sobre las virtudes y fallas de los principales libros de caballería andante.

Que una limpieza de estantes figure en la principal obra literaria de la lengua española, confirma que no deben dejarse crecer como la maleza, pues los efectos son nocivos a la razón, al bolsillo (llegan a comprarse libros repetidos) y a la posibilidad de volver a ellos como un ejercicio libérrimo de curiosidad.