Si alguien planea utilizar la literatura para volverse “famoso” debe regresar al siglo XIX y acaso antes. Atravesamos un crepúsculo en el cual apenas se le reconocen virtudes al “hombre de letras”, incluso si llega a participar en el debate público —atributo casi exclusivo del “intelectual”, aunque no es inusual que coincidan—, y vive confinado a la seguridad de la producción editorial, el consumo y manufactura de novedades y otros proyectos que escasamente inciden en la agenda pública de alto impacto.

Esto quizá deriva de que las masas favorecen el mínimo esfuerzo, la estética sudorosa del cuerpo en movimiento, el concierto ruidoso que sucede entre juegos de artificio, la imagen en diálogo con otros discursos en formatos novedosos, las luces y sombras como una experiencia envolvente 5.1 o 7.1. Los libros son surround o THX sólo para quienes así viven la lectura. El best-seller se vuelve el cuerpo de cristo hasta que la novela se adapta al cine y entonces los personajes se encarnan en un actor reconocido. Cualquier listado de “los más vendidos” en la librería descorazona a quien se propone lograr un libro de fuste. Las ilusiones de la producción reemplazan a la posibilidad de generar preguntas para sugerir respuestas diversas o, en su caso, clarificar preguntas que ostentan esa condición como inapelable.

No es inusual que el intelectual o incluso el hombre de letras sean reconocidos en la calle, en un restaurante, en la oficina postal. Pero difícilmente alguien se acercará a pedirles una firma en su libro —que nadie trae a la mano, por lo demás—, la camiseta o una hoja de papel. Nichos del futbolista y el cantante de banda. La accesibilidad de las redes sociales, por otra parte, permite una consignación inmediata de entusiasmos. Así que la fama del hombre de letras (quizá sería mejor hablar de “renombre”) es parcial, minúscula y hasta chabacana. Las presentaciones de libros se llenan antes de curiosos que de lectores. El atestiguamiento ocular aún es la prueba de proximidad con el santo, que habría de transmitir parte de sus virtudes a los testificantes. Fenómeno verificable en las ferias del libro, en donde las voces en el desierto luchan contra la indiferencia y los “nombres” arrastran a la audiencia, enfebrecida por el autor de moda que hizo la travesía y llegó a este país a presentar un libro que ya no se vende en el suyo.

La fama y/o el renombre dejaron de ser consecuencia del talento. Una campaña de medios es capaz de coronar a un asno, lo mismo que las redes sociales. El video de un escote en Youtube genera millones de visitas, mientras que el mensaje de aceptación del premio Nobel de Medicina en turno es visitado por los interesados o por equivocación. En otro tiempo, por ejemplo, la visita de Charles Dickens a Estados Unidos se volvió un evento de resonancia trasatlántica, lo mismo que la estancia de Stendhal o Lord Byron en Italia. Ahora nadie leería una novela por entregas. Nadie le dedicaría el tiempo necesario. Es preferible llevar consigo el libro de seiscientas páginas, de interlineado amplio y tipografía cursi —algo posible, qué duda cabe— que la posibilidad de que el lector dedique horas a buscar la obra del autor de su preferencia, así se encuentre en el fondo del océano. Pero ostentar es el mensaje y la mesa de novedades es la salvación del lector perezoso, finalmente.

Juan Goytisolo ha manifestado su desconfianza ante el poder del cine y la televisión. A su modo de ver, el novelista de la actualidad escribe para el cine. Aligera la estructura narrativa hasta el punto de la transparencia. Piensa como guionista y escribe como tal. El denominado “redondeo” de la historia que persiguen los editores, no es sino la epifanía con la que debería cerrar la novela, lista para que el lector se imagine reflejado y aplique el hallazgo a su situación personal. Por eso hay libros obesos y faltos de vértices, cansados de las escaleras y otras formas del tránsito. Al leer Makbara o Don Julián se entiende a qué hace referencia Goytisolo. Esto son objetos luminiscentes, que lejos de la autocomplacencia y la plegaria al mercado, engarzan símbolos que derivan hacia un feliz embrollo, lo cual no revela baja calidad en los materiales sino una búsqueda personalísima aunque sin aterrizar en el solipsismo. Son libros que exigen un esfuerzo en una época de laxitud, holgura y leche deslactosada.

La fama del escritor no debiera importarle —su misión es/era escribir—, pero las felicidades que impone la vida literaria, entendida como una secuencia de cocteles para trabajar en el lobbying de la consolidación, orillan al escritor al selfie sin cámara de por medio. La persecución del poder literario, no diferente de cualquier otro, obliga a la relectura de Maquiavelo y nuestros príncipes se abren paso hacia una fama mal entendida, aunque jamás alcanzarán la temperatura que tuvo en otro tiempo.