[Una nota sobre dos documentales de la familia Panero.]

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No fue sino hasta que pude ver El desencanto (1976), documental de Jaime Chávarri sobre los Panero—Juan Panero (1908–1937), hermano del primer Leopoldo, Juan Luis (1942), Leopoldo María (1948), José Moisés “Michi” (1951–2004), y su madre, Felicidad Blanc (1913–1990)—, seguido de Después de tantos años (1994), de Ricardo Franco, su continuación natural, que logré desbrozar la maleza que los cubre, ya que trascienden lo literario en España, pues son el terreno de lo no dicho: del afecto o el odio.

Familia de creadores tras una nube de misterio. Lo mismo por la adhesión al fascismo por parte del padre, Leopoldo Panero Torbado (1909-1962), que por la personalidad patológica de Leopoldo María Panero, siempre hay de qué hablar respecto a esta familia, extravagante y hermética.

El hilo de la reflexión parte de la figura de Leopoldo Panero, cuya estatua, puesta en Astorga (León) doce años después de muerto, terminó por institucionalizarlo, tanto en la historia literaria de España como frente a las necesarias reivindicaciones del franquismo. El desencanto es una indagación sobre el padre, que fue muy amigo de Luis Rosales, según refiere la historia familiar, considerado “el hombre del misterio”, según Pedro Laín Entralgo.

Al parecer, un individuo taciturno.

Destacan las secuencias largas—no pocas veces incomprensibles (mal audio, interrupciones espontáneas, escenas al aire libre)—, en que la familia hace tertulia y revela sus lecturas: Camus, Cernuda, Guillén, Eliot, etc. Al fin, los eslabones de una generación entera. La vena lectora y burguesa de Felicidad sirvió para moldearles el carácter y orientar, hasta donde le fue posible, las tentativas literarias de sus hijos.

Ejercicio proustiano a cuatro manos, ya que todo parte de un “me acuerdo” y de ahí brota el anecdotario. Acaso sea la única ocasión en que es posible ver a un Leopoldo María Panero articulado, juvenil, arrebatado por el decir poético, por la vivencia al límite. Excedido, incluso, de rebeldía y vitalismo. Periodo anterior a su peregrinaje por manicomios.

La muerte de “Michi” hizo renacer el interés respecto a su lugar en la tradición literaria española. Estos documentales, que se ven como uno solo—con dieciocho años de diferencia—, abren la puerta al lector que intenta descifrar sus manías y obsesiones, ya que ellos mismos han sembrado su hermenéutica con falsos mitos. Ahora bien: ésta no es la España actual, en donde todo discurso es posible, sino la que padeció la bota de los años negros del franquismo, con sus dolorosos silencios, con sus palabras ahogadas.

Estamos ante una arqueología doble de la ausencia: la falta de Panero padre podría ser la razón del cataclismo que se narra, en primer término. Una muerte que deriva en la ruina de una casa, que ondea e impacta a una familia entera. En Después de tantos años, la protagonista es la ausencia de la madre. Documentales, ambos, a partir de una orfandad que los Panero consignan de modo lateral y desencantado.

Cierta visión autocrítica de los Panero pasa filtrada por la ironía y el humor negro. La historia de España sería un teatro de locura, en donde nadie es responsable de su devenir, accidental o forzado. En sus momentos más bajos, los hijos muerden a la madre, con reproches que pudieran oírse en cualquier familia. El desencanto se estrenó posterior a la muerte de Franco, no olvidemos. “La memoria es lo más cruel del mundo”, concluye Juan Luis.

Dos ejercicios de evocación que se inscriben de lleno en la historia de las letras españolas: un retrato doble de una ruina, salvados todos apenas por la poesía.

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Una nota publicada en Crónica Cultural (2004), de LB, sobre la obra poética de Leopoldo María Panero: http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=129353

Jaime Chávarri sobre El desencanto: Aquí.

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 Twitter: @LBugarini