[Conversación con Héctor Iván González sobre El temple deslumbrante: Antología de textos no narrativos de Daniel Sada.]

*

 —¿Por qué reunir algunos textos periodísticos de Daniel Sada?

Esta pregunta me da la oportunidad de compartir la razón del libro. Cuando falleció Daniel Sada a muchos nos quedó la impresión de que quedaba una obra trunca de forma prematura. A muchos jóvenes autores nos interesaba cada vez más su trabajo, así que sentíamos que la muerte nos arrebataba a un autor que aún tenía mucho por dar. Al enterarme de que durante los años noventa había tenido una columna, “El buscavidas”, y además tenía textos dispersos, su viuda, Adriana Jiménez, y yo mismo, nos dedicamos a rescatar lo que nos parecía que conservaba un nivel de calidad al que Daniel nos había acostumbrado en sus libros. El Temple deslumbrante surgió de esa necesidad de rescate y de la curiosidad de conocer más del criterio literario del autor de Casi nunca.

 

—¿El libro reúne la totalidad de sus textos periodísticos?

No. Poco a poco nos dimos cuenta de que podíamos hacer una selección para decantar lo mejor —a nuestro criterio— de lo que había publicado. Recientemente, obras como las de Cortázar o Borges han sido transgredidas al ser publicados textos que a sus autores no les hubiera gustado recuperar. El idioma de los argentinos, por ejemplo, era un libro del que Borges se quería olvidar. De tal suerte, Adriana y yo discutimos acerca de qué preservar y qué dejar fuera. En El Temple… van a encontrar una antología con un sentido que va desde el Sada erudito, pasando por el reflexivo, hasta llegar al más jocoso y desenfadado.

 

—¿Hay un Sada periodista y otro narrador? ¿Es posible entenderlos como entidades separadas?

Creo que no. Daniel Sada estaba muy al tanto de la literatura contemporánea, le interesaban Gadda, Lodge, DeLillo, Yuri Herrera, Vila-Matas o Fante. Sabía muy bien qué se estaba escribiendo, y eso le permitía tener una visión muy vasta. Digamos que estaba a caballo entre los clásicos y la actualidad. Creo que esto le daba una astucia literaria que se refleja en lo que hacía, El lenguaje del juego, Casi nunca o Ese modo que colma son libros sumamente vigentes; ya sea respecto a las situaciones que se viven con el narco, el tratamiento con el erotismo o las vanguardias literarias. En un texto de El Temple… hace un diagnóstico de la situación del cuento y de la crónica, con lo cual demuestra el dominio que tenía de los temas y el estado de la cuestión. Al hablar con él, uno percibía que gozaba de una sensibilidad especial para sintetizar todo lo que leía. Por lo mismo, no me sorprende que fuera el narrador que fue.

 

—Da la impresión de que Sada no sintió gran afecto por el periodismo. ¿Es correcta esta apreciación?

Lo que pasa es que mucho tiempo hizo periodismo para vivir, y creo que le costaba regresar a ese estilo de escritura. A él lo que le gustaba era la literatura imaginativa, el tratamiento de los personajes y el ejercicio de la escritura como género artístico. Para los que nos gusta disfrutar de formas inusitadas de la escritura, Sada es un ejemplo de la forma de la exploración. Siempre abría posibilidades en el lenguaje, cosas que uno ni siquiera se imaginaba, y lo hacía desde nuestro tiempo. Quiero decir que lograba hacer de la escritura algo más que el simple trayecto hacia un desenlace o conclusión de la historia. Esto se percibe en cada uno de sus textos, sin duda. De hecho, creo que los lectores en general se fijan más en la forma de lo que creen. A veces se subestima al lector, pero estoy convencido que incluso el lector que apenas comienza también tiene valoraciones estéticas, aunque no las sepa explicar o definir.

 

—Sada es uno de los narradores más significativos de la segunda mitad del siglo XX, ¿lo están leyendo los jóvenes?

Puedo decir que sí, aunque es difícil arrogarse la capacidad de saber a quiénes leen los chavos que están merodeando los veinte años —quienes para mí son los que gozan de este mote. Hace poco me encontré algunos epígrafes de Sada en un libro que ganó un concurso de cuento. También pienso que hay interés porque he presentado El Temple… y la antología que hice para Tierra Adentro, La escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada, donde colaboraron varios escritores que ya empiezan a trascender como Luis Jorge Boone, Antonio Ramos Revillas o Nicolás Cabral, y en ambos casos se acercan estudiantes de letras, escritores en ciernes e incluso lectores que quieren entrarle a una literatura de la que han oído recomendaciones o críticas positivas. Eso me da muchísimo gusto, porque cuando uno lee buenas cosas quiere que otros también las lean. Al menos así me pasa a mí.

 

—¿Hay condiciones para dedicarse a la investigación literaria sin apoyo institucional?

Yo creo que sí, siempre y cuando se trate de ser disciplinado y riguroso. Hace dos años obtuve la beca del Fonca para trabajar una novela, mientras la escribía tenía que leer más cosas, de las cuales hice reseñas, ensayos o entrevisté a algunos autores. Al final del periodo, no sólo escribí la novela sino que terminé un ensayo largo y confeccioné un libro de ensayos reunidos que publicará Casa Editorial Abismos, Menos constante que el vieno. Tuve un ‘colchón’ para ponerme a recabar los textos de Sada y hacer esta selección con Adriana Jiménez. Normalmente, el tema económico se pone de soslayo, pero creo que es algo real, leer y escribir en un país donde la cultura no es una prioridad se vuelve una labor con incentivos en contra. Afortunadamente, la editorial Posdata apoyó el proyecto y fueron muy generosos a lo largo de la edición del libro y aun posteriormente; realmente les estoy muy agradecido. Finalmente, tener en las manos un libro de mi maestro Daniel Sada es una satisfacción indescriptible.

 

—¿A Sada le interesó crear “escuela”?

Sada hizo escuela con sus talleres, ahí están Jaime Mesa, Isaí Moreno, Omar Nieto, Geney Beltrán, Marcela Sánchez Mota y una gran lista de autores. Sin embargo, su escuela iba en función del oficio más que de un estilo literario. Daniel Sada tiene un estilo que lo identifica de inmediato, no se lo puede repetir, a menos que se quiera vivir a su sombra. Incluso podía bromear consigo mismo, en El lenguaje del juego hay guiños a Casi nunca, en algunos momentos finje que va a repetirse y pone una frase tan puntual que uno entiende la sugerencia: Creías que iba a hacer lo mismo, ¡pues no! Su taller tuvo varias etapas y numerosos éxitos, creo que también terminará siendo una referencia en la historia de la literatura en México.

 

—¿Es Daniel Sada menos leído que reverenciado?

Es muy buena esta pregunta. Creo que el mundo de la literatura, compuesto por escritores y lectores, es muy superficial y a menudo se habla “de oídas” de algunos autores y de algunos libros. Hay gente que habla con desparpajo de periodos completos de la literatura o de libros que merecen un poco más de tiempo para poder aquilatar su valía. El criterio literario a veces está escaso y esto se nota en la tendencia a evitar la discusión seria o a la formación de clanes de una sola voz. Me pasa seguido leer un texto que podría haber sido escrito por tres o cuatro académicos o críticos que opinan exactamente lo mismo. En este contexto, ¿cómo saber quién lee realmente a consciencia y quién solamente echa una ojeada? Quién admira o reverencia legítimamente y quién lo hace porque es la tónica del medio. Aún así, creo que Sada más que reverenciado fue envidiado y esto hizo que su reconocimiento fuera tardío. Hay clanes, todos los conocemos, en que entre ellos se presentan, prologan, dan premios o se ponderan; me refiero a gente joven y no tan joven. Daniel Sada estuvo alejado de los grupos de escritores, escritores-funcionarios o escritores-bestsellers. Lo cual, no sé qué tanto le pesaba a él. Sin embargo, creo que esta distancia de la república de las letras le permitió leer y escribir más, que es lo que realmente vale la pena.

 

—Finalmente, ¿cuál es, a tu juicio, la parte más significativa de su obra?

Realmente es una pregunta muy difícil. Me tocó escribir un prólogo, “El Heliogábalo lingüístico”, para el libro que antes mencioné, trabajé el prólogo de El Temple…, he pergeñado otras muchas páginas acerca de su obra y aún creo que podría seguirlo leyendo y descubriendo cosas en su obra. Tiene muchos aspectos, como el desenfado, las innovaciones gramaticales, las sonoridades que imprimió a la prosa, algunos personajes entrañables y muchos ambientes que logró como nadie. El vacío del desierto, por ejemplo, es una de sus mayores aportaciones. Y, aún así, al leerlo como defeño que soy creo que me pierdo de cosas que los lectores del norte pueden aquilatar mejor. Por ejemplo, cuando hablo con amigos como Luis Jorge Boone o Vicente Alfonso me descubren aspectos que yo no conocía que, por desconocer esos climas o esos silencios, de pronto se escapan en la primera lectura. Por eso creo que Daniel Sada es un clásico que todavía tiene muchas cosas que aportar a la literatura.

 *