A diferencia de otros productos en el mercado —detergentes, pañales o incluso jarabe para la tos—, la industria editorial utiliza frases de escritores para estimular la compra de los libros. Es cierto que a las pastas de dientes y enjuagues bucales le suelen agregar que son “recomendados por los especialistas”, si bien estos nunca son nombrados y, de serlo, apenas serían reconocidos por quienes llegan a la farmacia para comprar un enjuague para la gingivitis, o una pasta blanqueadora para salvarse de una limpieza con el dentista. Estas frases sueltas se imprimen en fajas o cintillas y se colocan al frente del libro, a manera de invitación. El acento de las líneas es declamatorio y enfático, ridículo las más de las veces y falsamente decorativo. Anoto cinco ejemplos recogidos en una librería:

La mejor novela sobre [escriba el tema de su elección] de los últimos años.

Una prosa personal para un asunto de interés público.

El relato que dará vigor a las letras mexicanas actuales.

Una novela negra que recoge el legado de los maestros del género y lo lleva más lejos aún.

La concesión del premio [anote el premio de su preferencia] nos confirma que estamos ante un autor de altos vuelos.

 

A este juego de espejos, el mundo editorial le llama “la crítica ha dicho”, por lo que incluyen ese chisporroteo de boutades y líneas al vuelo escritas por amistad o meras relaciones comerciales con el editor, en “kits de prensa” que se distribuyen vía electrónica o impresa a los actores de la cultura. Ahí inicia el mito. Es lógico suponer que en el mundo de las letras lo que se escribe importa, pero una cintilla puede parir monstruos y sucede con más frecuencia de la que se reconoce. En “la crítica ha dicho” se recoge lo mismo el comentario de un individuo entendido, que ejerce la crítica de manera regular, que el tanteo de un joven que escribe su primera reseña y dispara elogios por su falta de experiencia o por una lectura muy reciente del libro en cuestión.

Debe reconocerse, no obstante, que hay de cintillas a cintillas. Acantilado, por ejemplo, imprimió la declaración de Rainer Maria Rilke sobre Jens Peter Jacobsen al publicar Niels Lyhne. Rilke en las Cartas a un joven poeta: “De todos mis libros, muy pocos me son imprescindibles. En rigor, sólo dos están siempre entre mis cosas, dondequiera que yo me halle. También aquí los tengo conmigo: la Biblia y las obras del poeta danés Jens Peter Jacobsen”. También la opinión de Stefan Zweig, escrita en El legado de Europa: “La primera vez que leí Niels Lyhne me propuse encontrar al autor y hacer lo posible para convertirme en su amigo. Es un libro inolvidable”. Difícil no sentir curiosidad y aún afecto por el poeta danés.

Los premios hacen su parte en esta cadena de supersticiones que se utilizan como ariete para abrir el bolsillo de los lectores. Si tal o cual libro ganó el premio Pulitzer, por ejemplo, —ya no digamos el Nobel—, se instala en el centro de la conversación así se trate de un asunto que interesa a sólo unos cuantos. ¿Alguien recuerda las aportaciones de Ellen Glasgow, Martin Flavin o Edwin O’Connor? No hay juegos artificiales que duren más de tres días. A su modo, las actas de premiación se han vuelto ejercicios de crítica literaria, firmadas de manera colectiva por los integrantes del jurado. Imposible negar que algunos de esos libros merecen atención, pero aquí se discute el acento abrumador y explosivo del texto de la cintilla.

Ahora bien, el medio editorial anglosajón es especialmente estridente con este tipo de textos. Cada semana se publica una obra maestra aplaudida por “la crítica” y digna de ingresar ipso facto a las colecciones reservadas. Una regla no escrita pareciera señalar que a mayor desmesura en esas palabras, menor la urgencia de hojear siquiera el libro. Schopenhauer se jactaba de ignorar libros que no tuvieran al menos cincuenta años de haber sido publicados. Un periodo suficiente que permite distanciarse del objeto y, entonces, fiarse a un estudio crítico o a un prólogo de sustancia. Podemos leer Monja y Casada, Virgen y Mártir o Los bandidos de Río Frío con la certeza de hallarnos ante obras fundamentales de la cultura mexicana. No ignoro que un país sin hábitos de lectura requiere anzuelos filosos, incluso en contra la reputación de quien se preste a redactar ese texto. Y más: ¿por qué alguien aspiraría a enfrentarse a la cultura del refinamiento, cuando se nada mejor de muertito en un océano de chispas multicolor?

Los libros de las “editoriales de prestigio” terminan en cajones de saldos como si fueran publicados por cualquier otra. Es una exhibición de atrocidades porque confirma que se carece de un público fuera de los egresados en humanidades. Y el mundo es basto. Dos minutos en el programa de Loret de Mola podría ser la vitrina capaz de generar algún interés en los lectores, pero no es así: estamos más solos que nunca. El desdén de los lectores no distingue blanco y negro. Entonces los libros dormitan entre feria en feria, en espera de que aparezca un lector curioso que pague el monto a descuento que piden por el libro (a precio de producción o incluso menos), mismo que incluye la frase oracular impresa en la cintilla.