El formato breve vive una popularidad sin límites. Las redes sociales acercaron a la escritura a miles de individuos quienes la consideraban sólo como una función instrumental y comunicativa. El estallido de ingenios comenzó a detonarse en todas las direcciones imaginables. Quien tiene la facilidad para el ingenio oral, transmutó esta capacidad para verterla en formato escrito. Ahora estos chispazos circulan en las redes sociales y no pocos logran una risa compartida de los miles de testigos. Algunos se vuelven virales y ganan notoriedad al punto que los periódicos terminan por integrarlos a una sección denominada “el meme del día”.

Pero llegamos a una época de excesos. Si bien la lengua —y por lo mismo la literatura—, tiene como uno de sus principios la economía en la expresión, ésta no es un valor agregado en sí mismo. También importa la imagen, sonoridad, ritmo, originalidad y otros aspectos. Se busca afanosamente el “relato más corto”, pero hay instantes que no dejan huella. Echar al mundo una bolsa de canicas no ganará la partida de póker. A los aforistas del pasado les interesaba dejar impronta sobre una verdad fundamental. Revelar en pocas palabras una paradoja que no admite solución debido a su encarnamiento con la naturaleza humana. Ahora, por el contrario, en el actual derrame de lenguaje, se consigna todo lo imaginable en la expectativa de que el lector sea el alquimista capaz de transformar el desperdicio en una obra de arte. La célebre fórmula de “colaboración” entre el autor y el lector ha derivado en un cambio de paradigma: se ametrallan significados a un público indeterminado para que un lector hipotético realice un acto de magia.

La minificción es una de las geografías más cercanas a estos excesos de la comodidad. Se salta de una página a otra, en la interacción con cada una de estas invenciones y, cuando hay suerte, alguna se queda en la memoria. No es difícil hallar chistoretes y eructos camuflados de minificciones, al igual que instantes poéticos, aforismos chabacanos y simplezas alarmantes en autores de mediana sofisticación. Ya no es fácil decir algo diferente, queda claro, no obstante la distancia de los siglos. Todo ya se filtró a través de Heráclito, Parménides, Quevedo o Gracián. Esos tigres de papel —para utilizar la frase del presidente Mao—, se reproducen con una velocidad que aterra. Forman capas de musgo en el árbol de la literatura nacional y no será fácil despegarlos. Por lo regular, se apela a que es un género que se ha practicado antes por autores capitales, lo cual otorgaría cartas credenciales para intentar cualquier fantochada imaginable. Igualmente se utiliza la manida idea respecto a la supuesta “muerte de los grandes relatos”, subrayada por Lyotard, como si esto confirmara la posibilidad de explotar el formato breve y llevarlo hacia una inclemente sobrepoblación. ¿Quién no desea ser considerado un posmoderno?

La transición del fragmento a la brevedad más radical fue imperceptible para la mayoría. Aquí la diferencia es relevante. Es posible edificar un observatorio de palabras (novela, ensayo o poema de largo aliento, por ejemplo) a partir de fragmentos, pero la minificción queda enjaulada en los límites de la imagen que evoca. No puede haber una secuencia en la construcción porque la línea que sigue no es sino otra oportunidad para erigirse en sí misma. Aquí la autonomía es una daga que la atraviesa de punta a punta y la deja en calidad de brocheta. Esto no debe leerse como un prejuicio contra la minificción. Es una prevención para caminar seguro en la selva que nos rodea y amenaza con cubrir el planeta literario. Igualmente, una expresión de cautela respecto de uno de los géneros más complejos de las letras. Monterroso hizo disparos al aire, lo mismo que Torri. Que algo exista en la tradición no lo acredita de manera incuestionable. La historia de una literatura también es una ocasión para atisbar fallos y miopías, falsas certezas y derroche de entusiasmos. Una cualidad perceptible sólo cuando se navegan otras literaturas para sopesar la propia.

He leído minificciones que me convencen, si bien páginas adelante sucede ese desplome que confirma la sutileza inviolable de sus posibilidades. Cuando un autor se imagina más libre que nunca, es cuando debe ajustarse con mayor disciplina a la normativa dictada por los maestros del pasado. O intentar una ruta nueva a partir de sus intuiciones, con todos los riesgos que implica. Decido leer libros de minificciones para rastrear cuándo yerra el autor, o para subrayar la única línea que salva al volumen. Un juego perverso que me permito debido a que son libros breves y de trazo suelto. En una sentada de café se despachan tres o cuatro. Difícil hallar alguno que haga volver los ojos sobre la misma línea. Como juegos artificiales, brotan del cielo y su destello dura segundos. Sin ser un fundamentalista de la narrativa, la novela aún es el reto para probar capacidades de fabular al nivel más hondo. O ensayar con libertad, de manera distendida, así sea sobre cómo desempacar las maletas después de un viaje largo. Así que cada que salgo a la calle, dudo de la supuesta “muerte de los grandes relatos”, porque el espectáculo es basto y descarnado. Sólo falta estirar la mano y hacer un esfuerzo.